La detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, conocido como el “rey de los troles”, vuelve a poner bajo la lupa uno de los métodos más peligrosos de la nueva derecha y la ultraderecha latinoamericana: fabricar apoyo popular mediante bots, perfiles falsos, troles y campañas de desinformación. Cerimedo, vinculado con proyectos políticos como los de Milei y Bolsonaro, reconoció haber utilizado estas herramientas. Hoy está investigado por su presunta participación como autor intelectual de un ataque armado contra su pareja embarazada.
Costa Rica no es ajena a esas operaciones. Alberto Vargas, creador del personaje Piero Calandrelli, declaró ante la Asamblea Legislativa que fue contratado como “sicario político” para atacar periodistas, medios, diputados y personas críticas del gobierno de Rodrigo Chaves. Afirmó que existía una red coordinada desde el entorno de Casa Presidencial y señaló a Joselyn Chacón, Pilar Cisneros, Mayuli Ortega, Vicky Corrales y otros operadores. No todas sus acusaciones fueron judicialmente comprobadas, pero sí hubo pagos admitidos, transferencias, conversaciones y comparecencias legislativas.
Joselyn Chacón reconoció haberle pagado mediante la cuenta de su chofer, aunque sostuvo que el dinero era para divulgar una campaña de vacunación. Vargas afirmó que le pagaban para mejorar la imagen de la entonces ministra y atacar a periodistas y adversarios. También aseguró que Pilar Cisneros le pidió ayudar a levantar la imagen de Chacón; Cisneros lo negó.
En cuanto a una conocida operadora política, queda una pregunta pendiente. Durante la campaña, un informante me envió la fotografía de una mujer sentada en el salón VIP del aeropuerto Juan Santamaría y aseguró que viajaba a Miami a buscar financiamiento de sectores vinculados con MAGA y para el PPSO. ¿Sería ella? ¿Con quién se reunió? ¿Para quién gestionaba esos recursos? Son preguntas, no afirmaciones, pero merecen una respuesta pública.
Quienes permanecemos en las redes sociales vimos también la aparición masiva de perfiles aparentemente provenientes de Asia del Este, interviniendo en favor del oficialismo y atacando a sus críticos durante las campañas de Chaves y Fernández. Ya afinamos el “trolímetro”: reconocemos cuándo activan cuentas para repetir consignas, inundar comentarios, agredir personas o desviar la atención justo cuando surge un tema delicado para el Gobierno. Que los detectemos no significa que hayan dejado de ser peligrosos.
Estas operaciones se aprovechan de personas defraudadas por un sistema que las mantiene en la pobreza, la desigualdad y la exclusión. El fascismo toma ese dolor verdadero, inventa culpables fáciles y ofrece mentiras simples como solución. No porque esas personas sean incapaces de pensar, sino porque existen mercenarios políticos dedicados profesionalmente a manipular su enojo, sus necesidades y sus esperanzas.
No debemos normalizar el uso de bots y troles. No son una travesura digital ni una forma moderna de hacer campaña. Sirven para engañar electores, destruir reputaciones, silenciar periodistas, fabricar mayorías inexistentes y abrirles el camino a grupos que, una vez en el poder, pueden desvalijar un país mientras una multitud artificial aplaude desde cuentas falsas.

