Apuntes, rayones y manchas de mi vida

por Stella Chinchilla Mora

Dicen que el Dueño del Monte no murió nunca.

Eso lo dicen las personas viejas, las que todavía saben leer el cielo antes de que caiga un aguacero, las que distinguen el canto de un yigüirro del de un zanate, las que no se meten a un río sin pedir permiso ni cortan un árbol solo porque sí.

También dicen que, hace muchos años, cuando todavía había más monte que carretera y más animales que rótulos de “se vende”, el Dueño del Monte fue un cazador.

No un cazador pobre que necesitaba llevar comida a la casa. No. Era de esos que mataban por lucirse, por rajar de macho, por contar después en la cantina cuántos venados había matado. Mataba lapas, saínos, tepezcuintles, conejos de monte, pavones, lo que se le atravesara. Si un animal quedaba herido, no siempre volvía a buscarlo. Si una cría se quedaba sola, no le importaba. Él creía que el monte era de quien tuviera rifle, perro y puntería.

Hasta que un día el monte se cansó de él.

Nadie sabe bien qué le pasó. Hay quienes dicen que se perdió tres días en una montaña de Talamanca. Otros aseguran que se le apareció un jaguar bajo un aguacero y lo miró sin rugir, como si lo estuviera juzgando. Una señora de Bagaces decía que cayó por un barranco y, cuando despertó, tenía encima una danta lamiéndole la frente. En Monteverde cuentan que fue el pájaro campana quien le habló, con una voz tan clara que nunca tuvo duda de que no se lo había imaginado:

—Usted mata porque no ha aprendido a escuchar.

Lo cierto es que volvió distinto.

No volvió limpio ni peinado, porque nadie vive años enteros entre bosque tropical húmedo y sale como para foto de la cédula. El cabello se le volvió largo, grueso, enmarañado. En las montañas de Sarapiquí le crecían pequeños hongos entre las hebras, como sombrillitas blancas. En Talamanca se le pegaban orquídeas diminutas y musgo en la barba. En los bosques nubosos de Monteverde andaba cubierto de neblina, tan quieto a veces que los pájaros se le paraban encima de los hombros.

Pero no era cochino. Era monte.

En Guanacaste, donde el verano abre la tierra y el viento mueve los guanacastes como si fueran gigantes adormilados, se le veía con la piel dorada por el polvo, una soga vieja al hombro y sombrero de ala ancha. Allí parecía un sabanero antiguo, de esos que conocen los nombres de todos los caminos y saben dónde se esconde el agua cuando el verano se pone terco.

En Osa se le veía más oscuro, con lianas enredadas en los brazos y pequeñas ranitas verdes dormidas en la palma de la mano. En Tortuguero caminaba despacio por la orilla de los canales, sin hacer olas, acompañado por los manatíes. Ellos eran amigos suyos desde hacía mucho tiempo.

—Los humanos creen que son dueños de todo porque hacen ruido —le dijo una vez un manatí viejo, sacando apenas el hocico del agua—. Pero vea qué raro: entre más ruido hacen, menos oyen.

El Dueño del Monte se quedó callado. Desde que había vuelto al bosque, había aprendido a escuchar.

Escuchaba a las tortugas marinas de Limón cuando salían de noche, cansadas y valientes, a dejar sus huevos en la arena. Escuchaba a las tortugas de Ostional, que llegaban por miles como una respiración profunda del planeta. Escuchaba a los monos congo avisar que venía una tormenta. Escuchaba a las culebras, incluso a las más temidas, porque sabía que el miedo no convierte a nadie en enemigo.

Y escuchaba, sobre todo, a los jaguares.

Un día, cerca de Corcovado, encontró a uno sentado en una piedra, mirando el río. Era grande, viejo y tenía una cicatriz en la cara.

—¿Qué le pasa? —preguntó el Dueño del Monte.

El jaguar no respondió de inmediato. Miró las ramas, miró el agua, miró la sombra de los árboles.

—Deciles a los humanos que dejen de usar mi nombre.

—¿Cómo así?

—Para vender carros, camisetas, campañas, negocios, licor, poder. Me ponen en banderas, en gorras, en anuncios. Dicen que son jaguares, pero no cuidan el bosque donde vivo ni los ríos donde tomo agua. Algunos ni siquiera pueden ver un animal sin querer convertirlo en mercancía.

El Dueño del Monte bajó la cabeza.

—¿Y qué querés que les diga?

El jaguar lo miró fijo.

—Que un jaguar no es una marca. Un jaguar es un bosque entero caminando.

Desde entonces, el Dueño del Monte repite esas palabras donde puede. A veces se las susurra a alguien que camina solo por un sendero. A veces las deja en sueños. A veces las grita tan duro que los vidrios de las oficinas tiemblan.

Porque el Dueño del Monte ya no cuida el bosque solo.

Antes, cuando la gente tumbaba un árbol, pocos preguntaban por qué. Si un río olía raro, había quien decía que así era el progreso. Si una empresa llegaba con mapas, máquinas y discursos, muchos se quedaban callados porque creían que no había nada que hacer.

Pero eso fue cambiando.

Ahora hay personas que caminan con el monte en la cabeza y con el teléfono en la mano, grabando, denunciando, preguntando quién dio el permiso, dónde está el estudio, por qué cortaron, por qué rellenaron, por qué desviaron el agua.

El Dueño del Monte ha visto a JuanBa Caminando subir cuestas, meterse por caminos de barro, señalar lo que otros quieren que nadie vea. Lo ha visto caminar sin rifle, pero con algo que a veces asusta más que un arma: una cámara encendida y una pregunta bien hecha.

También ha visto a Álvaro Sagot abrir expedientes, leer leyes, buscar artículos, presentar recursos y explicar que la naturaleza no puede defenderse sola cuando quienes tienen poder la tratan como finca de remate.

Ha visto a Fabián Pacheco. Ha estado tan cerca de Guadalupe Urbina que ella no lo ha notado. Visita mucho a Luisa Bejarano Montezuma, indígena ngäbe, y a tantas personas que nadie conoce fuera de su comunidad: mujeres que cuidan nacientes, biólogos que cuentan aves, abogados que presentan denuncias, estudiantes que limpian playas, diputadas y diputados que preguntan en la Asamblea, periodistas que no se tragan cualquier cuento, guardaparques que caminan horas bajo la lluvia, científicos que advierten lo que viene, maestras que enseñan a sus estudiantes que un río no es un basurero ni un bosque una simple bodega de madera.

Y ha visto a los pueblos indígenas defender sus territorios en Talamanca, en Térraba, en Cabagra, en Salitre, en China Kichá, en Guatuso, en los territorios chorotegas y en tantas regiones donde la tierra no es un negocio sino una familia antigua.

El Dueño del Monte los mira de lejos, sin que lo vean.

A veces se emociona tanto que se le salen lágrimas. En el bosque húmedo esas lágrimas se confunden con la lluvia. En Guanacaste se secan rápido, antes de caer al suelo.

Pero también ha visto el dolor.

Ha visto gente desesperada porque les contaminan un río, porque les matan peces, porque les enferman la tierra, porque presentan denuncias y nadie responde. Ha visto comunidades enteras cansadas de esperar.

Por eso no olvida aquella historia de Guacimal.

La historia de un muchacho que sintió que el río que amaba estaba siendo destruido y que, tomado por la rabia, cruzó un límite que nunca debió cruzar. Dos hombres murieron y el dolor se extendió por todas partes, como una mancha negra en el agua.

El Dueño del Monte lloró esa noche.

Lloró por el río. Lloró por las familias. Lloró por el muchacho. Lloró porque entendía la furia de alguien que ve cómo destruyen lo que ama, pero sabía que ninguna defensa de la naturaleza puede convertirse en permiso para matar.

Al amanecer, el Dueño del Monte se sentó a la orilla del río y habló con los peces.

—La rabia sirve para despertar —dijo—, pero no para decidir sola.

Un pez guapote saltó una vez y desapareció.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó una niña que estaba cerca y que, aunque no lo veía, sí podía escucharlo.

El Dueño del Monte miró el agua.

—Nos organizamos. Denunciamos. Acompañamos. Estudiamos. Protestamos. Grabamos. Escribimos. Vamos a los tribunales. Vamos a las comunidades. Cuidamos a quien denuncia. Hacemos que los poderosos sepan que no están solos con sus máquinas ni con sus permisos.

La niña se quedó pensando.

—¿Y si no hacen caso?

El Dueño del Monte sonrió apenas.

—Entonces hacemos más ruido que sus motosierras.

No era una amenaza. Era una promesa.

El Dueño del Monte conoce de leyes, aunque nadie se lo imagine. Aprendió que hay leyes ambientales, recursos de amparo, denuncias penales, instituciones, municipalidades, tribunales, tratados, universidades, grupos comunales. Aprendió que la justicia puede ser lenta, pero que la resignación siempre trabaja más rápido a favor de quienes destruyen.

Por eso protege a los guardaparques.

A los de Corcovado, que caminan donde el barro se quiere tragar las botas. A los de Tortuguero, que salen de noche cuando las tortugas llegan. A los de Santa Rosa, que conocen el olor del humo antes de que aparezca el incendio. A los de Cahuita, que cuidan arrecifes y playas. A los de Braulio Carrillo, que viven entre lluvia, neblina y caminos donde una persona puede desaparecer sin dejar rastro.

El Dueño del Monte cree que uno de ellos es su tataranieto.

No está seguro. Hace muchos años, antes de convertirse en guardián, tuvo una familia. No recuerda todos los nombres, pero a veces ve a un guardaparque joven, de botas gastadas y ojos atentos, y siente algo en el pecho.

Entonces lo sigue de lejos.

Lo ha seguido por Palo Verde, por Barra Honda, por Rincón de la Vieja, por Tapantí, por La Amistad. Lo ha visto recoger basura, advertir a turistas imprudentes, ayudar animales heridos, conversar con niños, apagar fogatas mal hechas.

El Dueño del Monte todavía no se atreve a acercarse.

Quiere saber primero si su descendencia salió buena.

Y hasta ahora, dice, va por buen camino.

También viaja fuera de Costa Rica, aunque no tiene pasaporte. Nunca ha necesitado uno. El bosque no entiende de sellos migratorios ni de puestos fronterizos. Los jaguares cruzan. Las lapas cruzan. Las tortugas cruzan. Los ríos cruzan. El viento no se detiene a enseñar documentos.

Pero en Nicaragua, cerca de la Reserva Indio Maíz, a veces lo persiguen por indocumentado.

Un guardia una vez le gritó desde lejos:

—¡Alto! ¿De dónde viene?

El Dueño del Monte siguió caminando.

—Vengo de donde nace el agua —respondió.

—¡¿Y para dónde va?!

—Para donde todavía queda bosque.

El guardia no entendió.

Nadie que vive pegado a una frontera entiende de inmediato que la naturaleza no reconoce las líneas que dibujaron los gobiernos. Los animales migran porque tienen derecho a buscar agua, alimento, pareja, refugio, vida. Las personas también deberían poder hacerlo sin ser tratadas como delito por querer sobrevivir.

El Dueño del Monte piensa mucho en eso.

Piensa que las fronteras sirven para ordenar mapas, pero no deberían servir para negar humanidad. Piensa que un jaguar no sabe si está en Costa Rica o Nicaragua, ni le importa. Piensa que una tortuga no le pide visa al mar. Piensa que quizá los humanos deberían aprender de los animales antes de seguir creyéndose superiores.

Últimamente anda inquieto.

Los manatíes le contaron que el agua viene cansada. Las tortugas dijeron que las playas tienen demasiada luz y demasiado plástico. El pájaro campana dejó de cantar una tarde entera, y eso nunca es buena señal.

El jaguar de la cicatriz lo buscó otra vez.

—Es hora —le dijo.

—¿Hora de qué?

—De ir al norte.

El Dueño del Monte no preguntó más. Sabía a qué se refería.

Guardó en el pelo un poco de musgo de Talamanca, una semilla de guanacaste, arena de Ostional, una pluma caída de un pájaro palo, una piedrita del río de Guacimal y una hoja grande de la selva de Osa.

Luego caminó hacia el norte.

Cruzó ríos, potreros, calles, puentes, fincas, parques nacionales y pueblos donde la gente todavía se detiene a mirar si un árbol está floreando.

Dicen que lo vieron pasar por Upala. Que alguien lo vio cerca de Los Chiles, con un grupo de lapas volando encima. Que en Cutris una señora escuchó un grito largo, tan fuerte que los perros se metieron debajo de las camas.

Otros aseguran que no era él.

Que era el viento.

Que era un espanto.

Que era cualquier cosa.

Pero en los caminos de la Zona Norte, donde la tierra guarda oro y heridas, donde los ríos bajan con memoria, donde hay quienes quieren sacar riqueza y quienes quieren salvar lo que todavía se puede salvar, ya empezó a circular la noticia.

El Dueño del Monte anda cerca.

No viene con rifle.

No viene a matar a nadie.

Viene con sus amigos: las tortugas, los manatíes, los jaguares, las culebras, los murciélagos, los pájaros, los árboles viejos, los ríos que todavía no se rinden y todas las personas que aprendieron que defender la naturaleza no es un capricho.

Es defender la vida.

Y por eso, cuando alguien pregunte de quién es el monte, alguien debería responder:

—No es de una empresa.
—No es de un gobierno.
—No es de quien tenga más plata, más maquinaria o más guardaespaldas.
—No es de quien haga circo con bombetas.

El monte es de quienes lo cuidan.

Y dicen que el Dueño del Monte se le ha visto caminando hacia la Zona Norte.

Hacia Crucitas.

Y espera que ustedes caminen con él.


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