Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Acabo de salir de una reunión. Para no comprometer a nadie, porque sé que hay miedo, cansancio y desánimo, comparto solamente un resumen de lo que hablamos.

Analizamos la progresión del populismo y del neofascismo en Costa Rica y en el mundo. Hablamos de sus instrumentos, de la polarización, la posverdad, la violencia simbólica, la tecnocracia y la captura de las instituciones. Pero, sobre todo, hablamos de cómo responder colectivamente para defender la democracia.

El populismo aparece como una herramienta emocional, sin una ideología fija, capaz de apropiarse de frustraciones reales y convertirlas en obediencia política. No necesita resolver los problemas de la gente. Le basta con identificar el enojo, dirigirlo contra un enemigo y presentarse como la única voz capaz de hablar en nombre del pueblo.

La posverdad cumple otra función. No busca demostrar, sino instalar una sensación de verdad mediante mentiras, exageraciones y medias verdades. Se repiten acusaciones generales contra supuestas élites corruptas, instituciones inútiles o sectores privilegiados, hasta convertirlas en verdades absolutas. El objetivo no es convencer mediante argumentos, sino movilizar emociones, resentimientos y temores.

La polarización reduce el mundo a dos bandos. Amigo o enemigo. Patriota o traidor. Pueblo o élite. Quien discrepa deja de ser una persona con otra opinión y se convierte en una amenaza que debe ser silenciada, expulsada o destruida.

En ese terreno crece la violencia simbólica. Los insultos, las campañas de odio, la humillación pública, las amenazas, los montajes y la persecución en redes se convierten en parte de la vida cotidiana. No siempre hay golpes, pero sí hay daño. Se normaliza la agresión política y se prepara el terreno para violencias mayores.

También hablamos de xenofobia, no solo entendida como rechazo a las personas extranjeras, sino como desprecio hacia quien piensa distinto, vive distinto o pertenece a otro grupo social. Este fenómeno no es exclusivo de Costa Rica. Lo vemos avanzar en Francia, Italia, Alemania, Estados Unidos y muchos otros países, con discursos que prometen orden mientras destruyen derechos.

Los movimientos neofascistas no necesariamente llegan al poder mediante golpes de Estado. Utilizan elecciones, partidos políticos, mayorías legislativas y mecanismos aparentemente democráticos. Una vez instalados, buscan controlar nombramientos, debilitar tribunales, someter instituciones fiscalizadoras y convertir la administración pública en una herramienta de obediencia.

Por eso hablamos del riesgo de una autocracia electoral. Se sigue votando, pero las condiciones dejan de ser realmente democráticas. Se manipulan las reglas, se captura la institucionalidad, se concentra el poder y se reduce la capacidad de control ciudadano.

En Costa Rica existen señales que debemos observar con mucha atención. Se habló de la concentración de fiscales y miembros de mesa en determinados cantones, de denuncias por financiamiento irregular y del peso creciente de narcoeconomías en algunas regiones. También de la lentitud de la burocracia, que muchas veces permite que los hechos se consoliden antes de que las instituciones reaccionen.

Otro tema central fue la tecnología. Los algoritmos ya no se utilizan únicamente para vender productos. Sirven para identificar miedos, frustraciones, prejuicios y deseos. Permiten segmentar a la población y enviar mensajes distintos a cada grupo, incluso a cada persona.

Se mencionaron herramientas como Palantir y el papel de consultores internacionales especializados en manipulación de audiencias. Las campañas modernas contratan matemáticos, físicos, analistas de datos y especialistas en comportamiento. La tecnocracia se convierte así en un nuevo centro de poder, capaz de diseñar el caos y administrar emocionalmente a la sociedad.

Frente a esto, no basta con tener buenos argumentos. Tampoco basta con denunciar. Es necesario comprender las nuevas formas de manipulación, aprender a comunicar de otra manera y construir causas que movilicen afectos democráticos.

Hablamos de la necesidad de una unidad popular amplia. Una articulación que incluya a la izquierda, a la socialdemocracia, a la democracia social cristiana, al sindicalismo, a los movimientos sociales, a las organizaciones comunitarias, a las redes ciudadanas, a los medios independientes y a todas las personas que comprendan que la democracia está en peligro.

No se trata de borrar diferencias ni de fingir que pensamos igual. Se trata de reconocer que hay momentos históricos en los que las diferencias deben convivir dentro de una defensa común.

También hablamos de mirar desde ahora hacia las elecciones municipales de 2028. Los procesos autoritarios se construyen desde los territorios, desde los gobiernos locales, desde las redes clientelares y desde el control de las comunidades. No podemos esperar a que llegue la próxima emergencia electoral para comenzar a organizarnos.

A esto es a lo que le tienen miedo.

Le tienen miedo a la organización.

Le tienen miedo a que volvamos a encontrarnos.

Le tienen miedo a que dejemos de sentirnos solas y solos.

Le tienen miedo a que descubramos que el miedo también se combate colectivamente.

En la reunión recordamos el fenómeno de los Comités Patrióticos que surgieron durante la lucha contra el Tratado de Libre Comercio. Aquellos espacios reunieron a personas muy distintas alrededor de una causa común. Fueron lugares de educación política, discusión, movilización y defensa del país.

Hablamos de reconstruirlos.

Quizás con otro nombre.

Quizás con el mismo.

Organicémonos bajo una sola bandera, si logramos construirla. O sin bandera, si las banderas nos separan. Lo importante es encontrarnos alrededor de lo que hoy nos une: la defensa de la democracia, de los derechos, de las instituciones públicas y de la dignidad de nuestro pueblo.

No tenemos que comenzar con grandes estructuras ni con organizaciones nacionales. Empecemos por grupos pequeños. Por las personas de confianza. Por quienes viven en el mismo barrio, trabajan en el mismo lugar o comparten las mismas preocupaciones.

Cinco personas pueden comenzar.

Tres personas pueden comenzar.

Incluso dos personas pueden comenzar a encontrarse, conversar y reconstruir la confianza.

Empecemos por ahí.

Por reunirnos.

Por escucharnos.

Por reconocernos.

Por dejar de creer que estamos solas y solos.

Hoy, como antes, necesitamos organizarnos desde los barrios, las comunidades, los centros de trabajo, las universidades, los sindicatos y los espacios culturales. Necesitamos volver a vernos las caras, compartir información, educarnos políticamente y construir redes de solidaridad y protección.

El fascismo avanza aprovechando el aislamiento, el cansancio, el miedo y la desesperanza. Nos quiere encerradas y encerrados, desconfiando de todo el mundo, convencidos de que nada puede cambiar.

Por eso organizarse es, en sí mismo, un acto democrático.

Esto que escribo lo hago convencida de que es la única forma de derrotar al fascismo. Es la única forma de recuperar los derechos que nos han arrebatado, defender los que todavía conservamos y exigir un alto a la corrupción política.

También estoy convencida de que escribirlo y promoverlo me traerá aún más problemas.

Sé que organizar, convocar y denunciar incomoda a quienes quieren una ciudadanía callada, temerosa y obediente. Sé que quienes se benefician del aislamiento y del silencio no van a celebrar que volvamos a reunirnos.

Pero callar tampoco nos protege.

El miedo no puede seguir decidiendo por nosotras y nosotros.

No hace falta que pensemos igual en todo.

No hace falta que tengamos la misma bandera.

No hace falta esperar a que alguien nos convoque desde arriba.

Empecemos abajo.

Empecemos cerca.

Empecemos con pocas personas.

Organicémonos bajo una sola bandera, o sin bandera.

Pero organicémonos.

Ahora, como antes, unidas y unidos contra el fascismo que avanza y que ya nos malgobierna.

Organicémonos.


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