
Y fue en los días de una luna menguante, cuando el Reino de Costa Zafiro, aún atrapado entre las garras del Guarismo, despertó con las trompetas de una nueva proclama: la Ley de los Condenados de Costa Zafiro, también conocida en los pasillos del Altar de los Expedientes como la Ley de Extradición del Rapé.
Dicha ley, urdida en los corredores del Parlamento de los Suspiros, no nació del deseo de justicia sino del susurro impaciente de los sabuesos del norte, los Cazadores del Norte, quienes exigieron a gritos y en sobres lacrados que los narcomensajeros del polvo blanco fueran devueltos como corderos goteando oro ensangrentado. Pero ¡ay! los primeros intentos de que la ley cayera fracasaron estrepitosamente. Los traficantes, creyéndose tritones del Pacífico, osaron ofrecer migajas de tesoro a los escribanos del Reino, como si la patria de los volcanes y las calandrias fuera tierra barata.
¿Creéis, oh dioses de la marea narcótica, que vuestra mezquindad seduce al poder del pergamino? Entre cielo y tierra no hay narcorapé que se esconda.
Y así fue como la ley fue aprobada en el Parlamento de los Suspiros. Y aquí reitero, por si no ha quedado claro: quisieron venderla en secreto, la ley de extradición, para no ser aprobada. Quería mucho oro algún que otro parlamentario, pero los Cárteles les ofrecieron unas pocas monedas. Y así fue como, al fin, fue aprobada. Porque el Reino no resistía más el hedor del encubrimiento. La Justa Sala del Cuarto, la Torre del Tribunal y hasta los Inquisidores Reales del Dominio Inútil Secreto callaron como estatuas de sal, mientras la orden llegaba: los fugitivos del polvo deben ser apresados.
Y entonces, uno de los resentidos Pericos Loros hizo lobby para ser electo como presidente de la Mesa de la Investigación del Rapé y la Seguridad del Parlamento de los Suspiros. Aquí no entendíamos el porqué de tanta urgencia en liderar esa mesa.
Y justo en ese instante, como en un acto de comedia mal escrita, los sabuesos de la Orden Inmaculada Judicial, los Sabuesos del Tribunal, anunciaron dos capturas de fábula: el llamado Farenheit, embajador del fuego blanco en las aduanas del silencio, me perdonaréis palabra tan de baja ralea, yo como dama no debo decirla, pero como cronista no puedo saltar a la verdad, y su escudero Culo de Ratón, tan rastrero que hasta los topos lo confundían con uno de los suyos.
Ambos fueron hallados en la costa del tráfico, donde se reunían con mercaderes. Mas la captura no es el fin, sino el principio de una tempestad que apenas se asoma por los cerros. Pues los nombres que faltan, los ausentes de la lista, tiemblan en sus mansiones mientras alistan los carruajes hacia la Villa del Exilio o hacia los brazos de los sabuesos.
Al borde de un pergamino que huele a vendetta, auguro que más caerán si siguen cortejando la impunidad con las viandas del Guaro. Porque la Ley ya no finge dormir. Porque el Reino ya no calla. Y porque todo narcorapé, por muy perfumado que sea, termina expuesto bajo la luz del juicio.
Que se sepa: el oro puede comprar silencio, pero no olvido.
Y aquí es donde hoy, precisamente hoy, nos informan los cronistas de La Nueva Voz, esos dos personajes despedidos de La Voz de la Nobleza Descontenta por osar exhibir el esmullo del Rey, que el presidente de la mesa contra el rapé del Parlamento, ese personaje tan caricaturesco llamado Jilguero Turco, se reunió hace pocos días con la esposa del togado vinculado al tráfico de rapé, también defensor de Farenheit. Y ahora es cuando entendemos por qué quería ser el presidente de esa mesa: se le escaparon los cofres por la venta de la ley de extradición, y todos empezaron a temblar. Tenían que poner en ese puesto al Turco, que con su imagen de plebeyo torpe, pero exitoso, no levantaría sospechas de ser parte del entramado del trasiego del veneno.
Pero como les decía, no hay nada oculto entre Cumbiyara y Tlacali. En el medio está Costa Zafiro, y aquí todo se sabe, y estamos por descubrir la peor de las fetideces de estas costas verdes.
Tiemblan en Monte Urán, lloran en las mazmorras, huyen hacia Puerto Ácido, toman carruajes alados que los lleven bien lejos, cruzan fronteras hacia Canal y hacia Pinolagua. Espero que el miedo les dure y no regresen. O que extraditen a todos los de la Corte Real que han sido cómplices o cabeza de esta violencia desmedida en Costa Zafiro. Que más parecemos un Rubí sanguinolento que un Zafiro azulado.
Aquí quiero dejarles claro que la ida de Farenheit al Norte no será pronta. Tiene varios juicios pendientes en esta noble tierra, y supongo que querrá declararse culpable para cumplir en el trópico las condenas y no en una mazmorra del Reino Naranja del Norte.
Y si Farenheit se declara culpable, el Carbón que no es Diamante se verá en serios problemas. Y como dice mi amiga norteña, pero no foca, el culpable del quiebre de la Casa de los Pericos Loros será Carbón, por insistir en seguir vigente.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Desde el balcón con el catalejo, esperando el canto de los yigüirros.
Anexo I — Fragmento del Informe Apócrifo de La Nueva Voz
Transcripción parcial del pergamino de los cronistas exiliados, sellado con tinta de hormiga roja y entregado en la madrugada del VI de Julio del presente año zafiresco:
“En fecha no precisada, pero reciente, fue avistado el parlamentario conocido en la plaza como Jilguero Turco en compañía de la Dama del Velo Caro, esposa del togado defensor de Farenheit. La reunión, sostenida en un salón discreto, habría versado sobre acuerdos de silencio y nombramientos estratégicos en la Mesa contra el Rapé. La misma Dama habría dicho que ‘el Turco debía estar ahí para limpiar las huellas de los que aún respiran polvo’. Se sospecha que esta movida fue el precio de su ascenso al sillón de la Mesa Investigadora. Documentos y testigos del suceso han huido ya hacia el Reino del Norte o se encuentran refugiados en monasterios de Las Flores.”
El mismo documento consigna una lista aún no revelada de nuevos nombres bajo escrutinio, entre ellos:
Un senador del Manglar.
Una Marquesa del Gasto Cálculo.
Un Vizconde del Coqueteo.
Y un magistrado aún en funciones en la Justa Sala del Cuarto.
Todo apunta a una red de protección construida entre bufones del algoritmo, defensores del Rey y comerciantes de datos dorados.
Que este anexo sirva como lámpara encendida sobre las sombras que aún se pasean por los corredores del Guarismo.
