Defender la libertad de prensa no se debe de hacer hoy, en su día, se debe de hacer siempre, cada vez que la censura le caiga encima a cualquier medio. Es una condición básica para que una sociedad respire sin permiso. Cuando se limita, se distorsiona o se castiga, lo que se erosiona no es solo a un medio, sino la posibilidad misma de que la ciudadanía conozca, cuestione y decida.
La reciente cancelación de visas a directivos de La Nación abre un terreno nuevo. No porque ese medio sea intocable ni porque su historia esté libre de cuestionamientos, sino porque la medida, en su forma y contexto, huele más a mensaje político que a procedimiento transparente. Y cuando los Estados utilizan herramientas migratorias con opacidad, lo que queda es una señal: el poder puede intervenir, castigar o presionar sin dar explicaciones completas.
Yo estoy clara que así como es la embajada gringa la que le da el visto bueno a quien dirija la DIS, así es el director de la DIS el que pide a la embajada gringa el retiro de las visas. Hay una línea evidente.
Ahora bien, conviene no caer en amnesias selectivas. La Nación fue durante años un actor político con línea editorial clara, alineada con intereses económicos y decisiones que afectaron profundamente al país. Jugó un rol activo en momentos como el debate del TLC, promoviendo visiones que excluían, estigmatizaban o simplificaban a quienes pensaban distinto. No fue un espectador inocente del poder, fue parte de su engranaje. Y eso no lo olvidamos.
Pero una cosa no cancela la otra. Que un medio haya ejercido poder no lo convierte en blanco legítimo de medidas opacas. Que haya tenido sesgos no justifica que hoy se le aplique una sanción sin claridad pública. La coherencia democrática exige algo más difícil: defender derechos incluso de quienes antes no los defendieron para otros.
También hay que mirar el presente con lupa. Los llamados medios oficialistas, son toscos, burdos, mal intencionados, arrodillados, siguen reproduciendo lógicas similares: alineamientos políticos, defensa de agendas de poder, resistencia a enfoques que amplíen derechos de minorías. Cambian las estéticas, no necesariamente las estructuras. Y en ese espejo, la discusión no es quién es peor, sino cómo evitar que la prensa, en cualquiera de sus versiones, vuelva a convertirse en instrumento y no en contrapoder.
Este momento mezcla historia, revancha, geopolítica y oportunismo. Porque permite a algunos celebrar lo que antes denunciaban y a otros victimizarse sin revisar su propio pasado. Y en medio de ese ruido, el principio se pierde.
La libertad de prensa no es selectiva. No depende de simpatías ideológicas ni de afinidades personales. Es un derecho que se defiende completo o se pierde por partes. Y cuando se pierde por partes, nadie sabe cuál será la siguiente.
Se puede y se debe criticar a los medios, señalar sus sesgos, exigirles rigor, memoria y responsabilidad. Esa crítica es parte de la libertad. Así lo hicimos con La Nación y lo pagó luego del TLC. Pero otra cosa es normalizar acciones que, sin transparencia ni debido proceso visible, terminan pareciéndose más a mecanismos de presión que a decisiones justificadas.
A mí no me gusta la represión, ni disfrazada de trámite administrativo ni envuelta en discursos diplomáticos. Mucho menos cuando toca a medios de comunicación, sean del lado que sean. Pero tampoco renuncio a la crítica. Defender la libertad de prensa implica precisamente eso: proteger el derecho a existir, a informar y también a ser cuestionados. Sin miedo, sin favores y sin excepciones.

