Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Atar cabos es lo que he aprendido, una información por aquí, otra por allá, y entonces se entiende que lo que está pasando ya no es casualidad.

No es solo el ataque a una jueza. No es solo el señalamiento desde el poder. Es algo más grande, más sostenido, que viene creciendo y que ya se siente en distintos espacios.

En los últimos meses, distintas personas, colectivos y voces críticas han pasado por situaciones similares. Seguimientos, vigilancia, intentos de meter todo en el mismo saco, de vincular causas sociales con agendas peligrosas, de instalar sospechas donde antes había debate. No hace falta que lo digan de frente para que se entienda hacia dónde apunta todo.

Se está construyendo una idea simple y peligrosa que pensar distinto ya no es una diferencia legítima, sino una amenaza.

Ahí empiezan a aparecer nombres, organizaciones, movimientos. Sindicatos como ANEP, grupos de solidaridad con Palestina, espacios vinculados al cese de la guerra, a peticiones de paz, gente como Yolanda Bertozzi, Yohana Obando, Oscar Campos, Célimo Guido, UPA Nacional, el Frente Amplio, Sofía Guillén, Rocío Alfaro, Ariel Robles, diputadas de otras fracciones, incluso quienes estamos comunicando desde el movimiento social. Todo mezclado, todo revuelto, como si fuera lo mismo, cuando no lo es. Son grupos consolidados, conocidos públicamente, y personas con trayectoria y reconocidos por sus luchas.

Porque al meter en una misma narrativa a actores tan distintos se simplifica el enemigo y se vuelve más fácil señalar, justificar seguimientos y lograr que la gente termine aceptando lo que en otro momento le habría parecido un abuso.

Llama la atención, por decirlo suave, que una mujer como Yolanda Bertozzi, con una vida pública conocida, pueda siquiera aparecer en ese tipo de relatos. No es solo absurdo, es un indicador de hasta dónde se le han zafado los tornillos al poder político que gobierna.

Y hay algo más que empieza a preocupar de fondo.

El reciente discurso sobre declarar grupos de Medio Oriente como terroristas no se queda solo en política exterior. Tiene efectos internos. Abre la puerta a que cualquier persona o colectivo que tenga posiciones críticas, vínculos académicos, solidaridad internacional o simplemente una voz incómoda, pueda ser colocado en esa misma categoría, aunque sea de forma insinuada.

Cuando se empieza a jugar con esa etiqueta, el terreno cambia y deja de tratarse solo de desacreditar para entrar en la criminalización.

Y pensando mal, que en este momento es una forma de cuidarse, esa etiqueta puede escalar a escenarios mucho más delicados. Acusaciones, procesos, incluso intentos de involucrar figuras internacionales como el terrorismo, con todo lo que eso implica.

En un gobierno que ha mostrado rasgos de confrontación constante y personalización del conflicto, no es descabellado temer que se use ese tipo de herramientas para castigar a quienes incomodan.

Estamos hablando de personas que comunican, que defienden derechos, que piensan distinto. Nada más. Y sin embargo, el riesgo empieza a construirse alrededor de eso.

En paralelo, hay un elemento que ya no se puede obviar. Sabemos que hay infiltraciones de la DIS. Sabemos que hay espacios donde se está entrando, observando, recogiendo información. Grupos organizados, movimientos sociales, espacios feministas que históricamente han funcionado desde la confianza, hoy cargan con una duda que antes no estaba.

Eso cambia la forma en que se habla, en que se organiza, en que se decide. No es paranoia, es lectura de contexto.

Y cuando además empiezan a aparecer escenas demasiado convenientes, demasiado alineadas con el discurso oficial, la ingenuidad deja de ser opción. Lo que pasó con las paredes del Melico no se sostiene como espontáneo. Hay indicios de que fue provocado y utilizado casi de inmediato, con presencia rápida de autoridades y cámaras listas.

Todo esto ocurre en un país más violento, más polarizado y dispuesto a creer que hay enemigos internos por todos lados. En ese ambiente, señalar personas concretas desde el poder no se queda en el plano político. Empieza a tener consecuencias reales.

Y las mujeres estamos en el centro de ese golpe. Se nos expone, se nos desacredita, se nos intenta reducir, y cuando eso no alcanza, se escala. Lo que le pasó a la jueza Carballo no es un accidente en medio de la nada, es parte de ese mismo clima.

A quienes están en movimientos sociales, en luchas internacionales, en organizaciones comunitarias, a quienes incomodan desde lo que dicen o desde lo que hacen, ya les están mandando el mensaje.

Y aun así, no han logrado lo que quieren.

Así que sí. Seguimos sin miedo.


Descubre más desde Bitácora de Stella

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Posted in