Apuntes, rayones y manchas de mi vida

En los albores del tiempo moderno del Reino de Costa Zafiro, cuando aún el incienso de Jamaica era fumado con el candor de las primeras revueltas estudiantiles y el Altar de los Expedientes apenas despertaba del letargo republicano, el espectro del veneno blanco comenzó a reptar por las venas del trópico. Corría la década de los Setenta del siglo pasado y ya entonces el viento traía rumores de sobornos ocultos en carabelas diplomáticas y maletines que olían a oro sucio.

Luego Danober, Rey de la nobleza verdosa, de ese momento, fue señalado por haber recibido monedas de Jimmy Casey, mercader del norte y traficante de polvo. Las lenguas del Parlamento ya advertían: entre cielo y tierra no hay secreto que perdure cuando el poder huele a rapé.

El infame Vesco, corsario del fraude global, encontró refugio entre palmeras del Reino, acariciado por inmunidades otorgadas desde la Corte. Se paseaba como noble, rodeado de escoltas y halagos, mientras tejía negocios con ministros y banqueros. Su estadía no fue meramente turística: su oro manchó togas y escrituras. Fue en la época de los violines y los confites.

El tiempo avanzó y con él la podredumbre. En los Ochenta, la geografía del Reino se transformó en un tablero de ajedrez para los alfiles del polvo andino. Los carruajes alados clandestinos, más de dos centenares de pistas, surcaban los cielos de Pampa, mientras la CIA y los Contras danzaban en bodas macabras con los barones del polvo. El general Noriejo, títere ebrio del Imperio del Norte, hizo de Canal un nido desde donde se tejieron las redes que alcanzaron al mismísimo Lucho del Whisky, aquel rey pequeño y regordete, quien según relatos selló pacto de silencio con Don Escobino de Medellinia. La promesa era clara: dejar pasar la carga por el puerto de Cítrico a cambio de monedas suficientes para llenar el cofre de campaña.

Y no olvidemos a Leónel el Villano, artífice del lavado fino, el que tejía sociedades de papel entre el Valle y Cítrico. Sus empresas fantasmas pintaban fachadas de progreso, pero detrás se escondía el paso discreto del polvo, del rapé y del veneno digital. Su nombre aparecía en listas grises, luego negras, y aún así su risa adornaba fiestas de notables.

Años después, Osratias, la Gárgola Mayor del Pacto Cooperativo, reconocería haber recibido oro disfrazado de donación marina: veinte mil monedas en perlas salobres, con aroma a mariscos y cocaína, ofrendadas por Ocean Hunter, empresa fachada que traficaba peces y polvos a la vez. Fue también durante su ascenso que Ricardo el León del Lodo, patriarca del narco tico, se encargó de importar chalecos y propaganda proselitista, como si las telas pudiesen ocultar el hedor de su fortuna. El dinero ya no venía solo del extranjero: brotaba del corazón mismo del Reino.

Las siguientes décadas no trajeron purificación, sino sofisticación. El lavado de monedas adquirió formas elegantes: moteles de paso con nombres de dioses, casinos disfrazados de templos del azar, fincas que escondían más que ganado. La Mesa del Narco en el Parlamento de los Suspiros redactó crónicas que hablaban de alcaldes con anillos de polvo y diputados que, en lugar de servir al pueblo, servían copas con el clan del nopal. Ya para entonces, los Sabuesos del Tribunal, los Inquisidores Reales y los Bufones del Algoritmo eran parte de la narrativa cotidiana.

Y llegó el nuevo milenio con sus promesas de transparencia y computadoras. Pero fue también la época en que las cuentas de Bayamo, el Cofre del Canal de los Tributos Opacos, se inflaron con monedas foráneas, y los Círculos de los Monjes del Acomodamiento recibieron tributos del lavado en paraísos fiscales. Waked, el lavador elegante, ungió tanto a Pachi, el rey del dicho, como al descendiente de los Pericos Loro. El Reino, sin ejército pero con sobornos, se hizo vulnerable.

Mas no todo fue silencio. La prensa, el Semanario de los Eruditos Rebeldes, el Heraldo de la Oposición, el Cronista de la Crayola, alzó la voz. La sociedad civil encendió antorchas. La década de los Veintes trajo consigo la ley de extradición y con ella la caída del primero de muchos: Farenheit Metrópoli Constrictor, La Boa, el Narco-Magistombo, traidor togado que, según canta la DEA, ofrecía rutas seguras a cambio de lingotes. El Rey Guarito I celebró su captura como si hubiese derrotado a un dragón, olvidando que sus propios bufones y troles habían danzado con narcos locales en otros tiempos. Y quizás el mismo Rey danza con los cárteles del rapé.

Hoy el Reino se balancea entre la justicia y la ruina. La cifra de muertos asciende como incienso quemado. Los escáneres portuarios brillan en la costa como antorchas tardías, y los edictos de extradición buscan purgar la podredumbre que anidó por décadas en la entraña del poder. Mas no basta con leyes ni con látigos; el alma del Reino deberá despertar de su letargo, pues el rapé no solo mata cuerpos, sino también repúblicas.

Que esta crónica sirva de testimonio: el polvo blanco no cayó del cielo, fue sembrado por manos ambiciosas, regado con oro sucio y cosechado por políticos sin honor. Si los tribunales y las urnas no se blindan con verdad, serán los sicarios quienes decidan el futuro del Reino de Costa Zafiro.

Y no se vale vivir del pasado. Que si bien los Pericos Loro, algunos de sus líderes y vasallos, fueron culpables de tráfico de rapé e incienso de Jamaica, hoy las focas con traje de jaguar no se quedan atrás. Lo que urge es acabar con el veneno, no con andar repitiendo lo que los troles del algoritmo les pide que repitan. Es hoy que hay que arrancar el mal que nos envenena. Es hoy que hay que tener criticidad contra quienes, bajo mentiras y manipulaciones, permiten que nos hundamos más en el pantano de la corrupción.

Con ceniza en los labios y tinta en el pecho,

Lady Susurros, Voz de las Campanas Indignadas del Reino

Triste, pero con la certeza de que leyendo el pasado en las cartas, o el futuro en tazas de té, no se soluciona nada. Es con nuestras acciones que podremos vencer a las sombras.


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