Ayer no detuvieron terroristas, no detuvieron criminales, no detuvieron corruptos saqueando instituciones. Detuvieron a personas jóvenes por protestar, por portar una bandera incómoda para quienes hoy administran el espectáculo del poder.
Queda claro que el gobierno anterior y el entrante son exactamente la misma línea política. No cambió el tono, no cambió el discurso agresivo contra quien piensa distinto. Ayer Laura Fernández gritó igual que Rodrigo Chaves, con el mismo estilo de confrontación permanente, la misma construcción del enemigo interno y la misma lógica de intolerancia hacia la disidencia. Porque sí se permitieron otras banderas extranjeras dentro del acto oficial. Había símbolos de Israel, hasta francotiradores israelíes, había símbolos de Estados Unidos y nadie los consideró una amenaza. Pero la bandera palestina sí incomodó al poder. Esa fue la que activó policías, detenciones y tribunales. Y eso retrata con absoluta claridad qué tipo de democracia pretenden construir: una donde algunas opiniones son toleradas y otras castigadas públicamente.
Y eso debería asustarnos profundamente.
Porque cuando un Estado decide cuáles expresiones políticas son aceptables y cuáles deben reprimirse, deja de proteger derechos y empieza a administrar obediencias.
Nos hundimos como sociedad si no entendemos algo básico: los derechos humanos no existen únicamente para quienes piensan igual que nosotros. El derecho a protestar no se defiende solo cuando la causa nos gusta. Se defiende precisamente cuando la opinión es incómoda, distinta o incluso contraria a la nuestra. Ahí es donde se mide la madurez democrática de un país.
La incultura política que vivimos es brutal. Gente celebrando detenciones sin preguntarse qué pasará cuando la próxima persona perseguida sea alguien de su propio sector. Personas incapaces de comprender que el derecho ajeno también protege el propio. Y, mientras tanto, seguimos cayendo en una espiral de odio, fanatismo y represión disfrazada de orden.
Mi solidaridad absoluta con las tres personas detenidas, con quienes protestaron y con quienes salieron a defenderlas. También con las personas honestas dentro del Poder Judicial que todavía entienden que los derechos fundamentales no pueden depender del capricho político ni del ánimo represivo de un gobierno.
Porque vienen tiempos duros. Muy duros.
Hago un llamado a la gente honrada de este país, incluso a quienes no comparten ideologías ni causas políticas entre sí, pero todavía conservan algo esencial: la capacidad de entender que existen otras personas, otras voces y otras formas de pensar que también tienen derecho a existir y expresarse sin miedo.
Si permitimos que normalicen la represión hoy, mañana será demasiado tarde para indignarnos.
Y no nos engañemos: Costa Rica ya se hunde en el autoritarismo. Nos estamos hundiendo juntas y juntos.
Imagen, aclarar que es inteligencia artificial, porque los chavelos todo se lo creen.

