Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Fabián Silva, reconocido fanático chavista, parece haberse quedado atrapado en la Guerra Fría. Escucharlo hablar de “comunistas criollos”, “lavado de cerebro” y universidades tomadas por el comunismo es como oír un casete viejo de los años ochenta rebobinado una y otra vez para sembrar miedo en una sociedad que tiene problemas mucho más reales y urgentes.

En Costa Rica nunca ha gobernado el comunismo. Tampoco el socialismo. Aquí lo que ha gobernado históricamente ha sido una mezcla de liberales, socialdemócratas, neoliberales y conservadores, con distintos matices, pero jamás una revolución comunista ni un modelo socialista de Estado. Decirle “comunismo” al PAC, o meter en el mismo saco al Frente Amplio, a la Universidad de Costa Rica y a cualquier persona crítica del oficialismo, no es análisis político: es propaganda ideológica de baja calidad.

Y además es una propaganda profundamente retrógrada.

Porque mientras Silva habla de “comunistoides enquistados”, esa izquierda a la que tanto demoniza ha sido precisamente la que históricamente ha peleado por los derechos laborales, las garantías sociales, la educación pública, la Caja, las jornadas dignas, el acceso a universidades públicas y la defensa de sectores vulnerables. Muchas de las conquistas sociales que hoy disfrutan incluso quienes odian al “comunismo” nacieron gracias a luchas sindicales, estudiantiles y sociales que en su momento también fueron acusadas de “rojas”, “subversivas” o “enemigas del país”.

Ese discurso de que las universidades públicas “lavan cerebros” tampoco es nuevo. Es el viejo resentimiento antiintelectual reciclado para TikTok y Facebook. Porque claro, cuando una universidad enseña pensamiento crítico, historia política, derechos humanos o cuestionamiento al poder, inmediatamente algunos sectores gritan “adoctrinamiento”. Curiosamente, adoctrinamiento no les parece repetir propaganda oficialista mañana, tarde y noche desde micrófonos afines al poder.

Resulta irónico además que hablen tanto de libertad, mientras buscan desacreditar cualquier pensamiento distinto al suyo. Para ellos, disentir es ser comunista. Defender derechos laborales es comunismo. Criticar al gobierno es comunismo. Defender universidades públicas es comunismo. Ya solo les falta acusar de marxista al gallo pinto.

El problema de estos discursos no es solo el ridículo histórico. Es que construyen enemigos internos para dividir al país. Se alimentan del miedo y de la rabia, no del debate serio. Y eso termina degradando la conversación democrática hasta convertirla en un concurso de etiquetas, insultos y teorías conspirativas.

Costa Rica tiene problemas reales: desigualdad, corrupción, narcotráfico, violencia, deterioro institucional, precarización laboral. Pero hay quienes prefieren seguir peleando una Guerra Fría imaginaria porque les resulta más fácil inventar fantasmas comunistas que discutir soluciones concretas.

Y mientras tanto, los mismos sectores que gritan contra el “comunismo” guardan silencio cuando se golpean derechos laborales, cuando se precariza el empleo o cuando se concentra el poder político y mediático. Ahí ya no hablan de libertad. Ahí más bien aplauden.


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