Apuntes, rayones y manchas de mi vida

En los corredores fétidos de la Corte del Guaro, donde los ecos repiten más de lo que callan, ya no cabe duda: el Reino Guarista se ha partido en dos mitades. Lo veremos después del sábado próximo, será una fractura elegante, de bisturí cortesano y anestesia, pero dejará a la vista las vísceras de la ambición.

Por un lado, está La Ura de la Risita, aún envuelta en el halo protector del trono del Guaro y cargando sobre sus hombros los escombros de los “logros” proclamados en tribunas de prensa que huelen a propaganda. Por el otro, con serrucho en mano y lengua lista, se sienta Pillina I, la Corneta de la Corte, que ya no disimula el deseo de heredar el poder del Guarismo. Por gracia de Dios, Pillina jamás podrá portar la corona real: no nació en el Reino de Costa Zafiro, y la Carta de los Cimientos lo prohíbe.

Y esa imposibilidad ha abierto el camino a los forcejeos internos: el Rey Guarito I ya decidió que su sucesora será La Ura de la Risita, y Pillina ha sido forzada a proclamarlo ante el vulgo el día XII, como si fuera propia su voluntad. Pero debajo de la mesa, la Corneta afila su hoja y le serrucha el piso a La Ura con todo el arte cortesano de la traición diplomática. No puede ser reina, pero sí puede entorpecer el ascenso de la elegida. Y eso está haciendo, paso a paso, con susurros perfumados de lealtad, que en el fondo son cuchillos bajo la seda.

Los cronistas del Tambor de la Corte y del Clarín Presidencial apenas se atreven a narrar el cisma, pero el vulgo ya lo murmura en los cafetales y en las ferias: la Corte está dividida, y no por el pan del vulgo, sino por el banquete de la Corte.

Se cuenta en Guasapelandia que hay alguien más, un nuevo pero viejo trol del pergamino movedizo, otrora crítico del trono, hoy mudo por arte de plata. No es que haya olvidado los pecados del Rey; es que le vendieron el silencio. Y no a cualquier postor, sino a la facción del serrucho, la misma que arma intrigas y se enreda en alianzas oscuras mientras finge unidad. Ya no expulsa verbo: hoy sólo guarda monedas.

La Corneta, mientras tanto, convoca al Guarismo en un hotel de difícil acceso público, donde la democracia entra apenas por una rendija, y ni los fantasmas del pueblo caben por allí. Nada de plazas del pueblo, nada de Cultura ni Democracia: si algo hay que contener, que sea lejos de las cámaras y del vulgo decepcionado. El Holiday del Encierro, hotel de salones estrechos, fue el elegido para esta convención de cortesanas y cortesanos, donde los seguidores no abundan y el entusiasmo no cabe. Porque si se hubiera hecho en el Hotel del Reino, el Costa Zafiro de las Democracias, habría que contar también con los rostros largos de los excluidos, los que no saldrán favorecidos en la repartición. Ya no se atreven a usar carruajes estatales ni a movilizar a sus plebeyos con monedas públicas. Les asusta su propia sombra, y les incomoda el eco de los que aún creen en el Guaro original. El Parque Mora y Zán, no es un lugar adecuado para el encuentro de plebeyos, el miedo que no abandona a la Corte es que sean tan pocos, o tan enojados que se note, y en ese parque se disimularía, y un gran salón ha sido sustituido por la discreción estratégica de un pequeño encierro con aire frío.

Y lo que se aproxima es peor que una sucesión impuesta: se viene la carnicería por las candidaturas al Parlamento de los Suspiros. Ya se oyen las mechas jaladas, los codos rotos, los gritos de troles y plebeyos, o entre cortesanos que juran que el Reino los necesita. La Ura de la Risita, acostumbrada a imponer por sonrisa lo que no logra por mérito, ya jalonea puestos con uñas maquilladas y codazos de terciopelo teñido en ambición. A cualquiera que ose insinuar que no merece escoger su séquito, le devuelve un manotazo envuelto en estadísticas OPOrtunistas.

Y por allí anda también el Pedigüeño del Sinpe, poniéndose cara de querube apaleado y diciendo, con su voz melosa de limosna, que “el pueblo lo aclama”, aunque nadie lo haya escuchado fuera del grupo de bufones algorítmicos que le celebran los gestos, como si el aplauso pagado se tradujera en votos.

Son tantas las focas diputables, los cortesanos de aspiración súbita, los patriotas de selfie y currículo escaso, que aquello será una matazón de egos sin precedentes. Pero, claro está, hay orcos, troles y lacayos que ya tienen su puesto asegurado. No por mérito, sino por obediencia y servicio al Guaro.

En este Reino, donde hasta los bufones tienen padrino, lo único que abunda es el cálculo. Y la división ya no es rumor de convento: es fractura silenciosa, sostenida apenas por la escenografía de unidad. Por ahora, Guarito I observa desde la torre de su ego, entretenido con las peleas de sus damas mientras la corona resbala entre los dedos, como jabón mojado en manos borrachas de poder. Pero hasta el más borracho sabe que cuando dos cortesanas se disputan el poder, no les basta con que una opte por la corona pero sin poder, y la otra tenga el poder pero sin la corona. En tal discordia, la Corte entera tiembla, y el Reino se resquebraja bajo la carcajada muda del oportunismo.


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