Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Hay escenas que revelan la naturaleza de un poder mejor que cualquier discurso. El miércoles 4 de marzo, en Casa Presidencial, ocurrió una de ellas. Mientras la ministra Paula Bogantes intentaba explicar ante la prensa la reacción del Ejecutivo frente a un fallo de la Sala Constitucional sobre la subasta de frecuencias, dijo una frase que en cualquier democracia habría pasado desapercibida. Señaló que el gobierno era respetuoso de los distintos poderes de la República. No terminó la idea. El presidente Rodrigo Chaves la interrumpió. No fue una aclaración. Fue una corrección pública. Un regaño.

La escena fue breve, pero el gesto fue claro. El presidente no solo desautorizó a su ministra frente a las cámaras. Aprovechó el momento para reafirmar jerarquía. Dijo que afirmar que el gobierno respetaba a la Sala era una falta de respeto hacia él. A la Sala, explicó, hay que obedecerla, pero no necesariamente respetarla. Y cerró el episodio con una frase que pretendía sonar ligera, casi jocosa, pero que en realidad condensó toda la escena. “Ve, ya me sacó la dulzura de carácter”.

No fue una conversación entre jerarcas. Fue una humillación pública.

Ese tipo de gesto no surge de la nada. La forma en que una persona ejerce el poder revela algo profundo de su relación con la autoridad y con quienes lo rodean. En psicología política se conoce bien ese comportamiento. Hay liderazgos que buscan construir legitimidad a partir de la competencia, del diálogo o del ejemplo. Otros, en cambio, necesitan demostrar dominio constantemente. El dominio no se expresa solo en decisiones. Se expresa en pequeños rituales de subordinación pública. Interrumpir, corregir, ridiculizar, poner en evidencia al otro frente a una audiencia. Es una forma de marcar territorio.

La humillación pública funciona entonces como una señal. No está dirigida únicamente a la persona humillada. Está dirigida a todos los demás. Es un mensaje disciplinario. Es la manera en que el líder deja claro que la jerarquía no se discute.

Quienes recurren con frecuencia a ese mecanismo suelen compartir un rasgo común. Confunden autoridad con control personal. Necesitan reafirmar su posición continuamente porque perciben cualquier matiz o autonomía como una amenaza. En esos liderazgos, la discrepancia se vuelve intolerable, la espontaneidad incomoda y la autoridad de los otros se percibe como un desafío. Por eso la corrección no ocurre en privado. Ocurre frente al público. La audiencia es parte esencial del acto.

No es la primera vez que el presidente actúa así. Ha desautorizado a colaboradores en público, ha ridiculizado a adversarios políticos, ha tratado con desprecio a periodistas y ha convertido las conferencias de prensa en un escenario donde el regaño y la burla sustituyen al debate. Incluso la Sala Constitucional ha condenado al Estado por expresiones ofensivas contra periodistas pronunciadas desde la tribuna presidencial. Cuando un comportamiento se repite tantas veces deja de ser un error. Se vuelve un estilo.

El problema de ese estilo no es solo estético. No es únicamente una cuestión de modales. Tiene consecuencias políticas profundas. Cuando el poder se ejerce a través de la humillación pública, la administración deja de funcionar como un equipo de gobierno y se transforma en una estructura de obediencia. Los subordinados aprenden rápidamente que lo importante no es tener criterio propio sino evitar el próximo regaño. El miedo reemplaza al juicio.

Pero la escena del miércoles también deja otra pregunta inevitable. No para el presidente, cuyo comportamiento ya es conocido. La pregunta es para la ministra.

Los cargos públicos son pasajeros. La dignidad no debería serlo. Aceptar una humillación pública sin marcar un límite tiene un precio simbólico. En ese momento el cargo pierde parte de su autoridad. La persona que lo ocupa deja de representar una institución y empieza a representar una subordinación.

Un salario, por alto que sea, nunca ha sido suficiente para justificar la renuncia a la dignidad. Esa es una de las reglas no escritas de la vida pública. La historia política está llena de personas que entendieron que el poder es temporal y que la forma en que uno lo ejerce o lo soporta es lo que permanece.

Lo que ocurrió ese miércoles fue, en apariencia, un episodio menor. Un intercambio incómodo en una conferencia de prensa. Pero a veces los momentos pequeños revelan las cosas más grandes. Revelan la relación de una persona con el poder. Revelan la cultura política de un gobierno. Revelan hasta dónde están dispuestos a llegar quienes lo rodean para permanecer dentro de él.

Y en esa escena quedó flotando una pregunta incómoda para el país.

¿Cuánto vale la dignidad cuando el precio es un salario?


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