Señora Laura Fernández
Costa Rica se encuentra en uno de esos momentos en los que el poder cambia de manos pero las preguntas permanecen. No son preguntas pequeñas. Son preguntas sobre el tipo de país que queremos ser y, sobre todo, sobre la forma en que quienes gobiernan entienden el poder.
Le escribo con la franqueza que exige este tiempo.
Gobernar no es dominar. Gobernar tampoco es humillar. Mucho menos gobernar desde el disenso permanente, desde la burla o desde la agresión como método político. En los últimos años el país ha tenido que acostumbrarse a un estilo de poder que normaliza la violencia verbal, la descalificación y el espectáculo del regaño público. Esa práctica no fortalece a una democracia. La degrada.
Quisiéramos pensar que esa etapa puede terminar.
Podríamos intentar entender a Rodrigo Chaves. No justificarlo, pero intentar comprender el origen de ciertas conductas. Después de casi cuatro décadas viviendo fuera del país, tal vez imaginó que Costa Rica seguía detenida en las mismas costumbres con las que fue educado. Un país donde los piropos no solicitados todavía se celebraban, donde las bromas sexistas pasaban como ingenio, donde se podía decir a una niña que le regalara a su hermana y que luego se la devolverían cuando fuera grande. Tal vez creyó que la cultura política y social del país no había cambiado.
Pero Costa Rica cambió.
En estas décadas avanzamos en derechos, en conciencia social, en sensibilidad frente a la violencia machista. Hoy sabemos que un piropo no pedido no es halago. Es invasión. Hoy sabemos que las mujeres no están en la vida pública para soportar bromas, insinuaciones o humillaciones disfrazadas de espontaneidad.
Por eso quisiéramos pensar que usted, señora presidenta electa, sí lo entiende.
Quisiéramos pensar que para usted esas cosas no son normales. Que no forman parte del estilo de liderazgo que quiere ejercer. Que, siendo usted mujer, comprende mejor lo que significa vivir en un país donde muchas mujeres enfrentan violencia cotidiana en sus hogares, en sus trabajos y también en la política.
No le oculto que esa esperanza convive con una duda.
Durante estos años usted formó parte de un gobierno donde la violencia verbal y la descalificación hacia mujeres y adversarios políticos se volvieron frecuentes. Fue señalada como la heredera política del presidente Chaves, su candidata, su delfina. Y mientras todo eso ocurría, el país observaba escenas que a muchas personas nos produjeron vergüenza, como el reciente regaño público a la ministra Paula Bogantes frente a todo el país.
Quisiéramos pensar que a usted también le incomodó.
Quisiéramos pensar que no se acostumbró a ese estilo.
Quisiéramos pensar que, cuando le toque a usted ejercer el poder, no veremos a una presidenta que agacha la cabeza frente al mismo hombre que hoy gobierna. Que no veremos a una presidenta que reciba órdenes frente a las cámaras y fuera de ellas. Que no veremos a una presidenta convertida en ejecutora de mandados políticos, ni en instrumento para perseguir o montar operaciones contra funcionarios del sistema judicial.
Quisiéramos pensar que usted no permitirá que nadie la mangonee.
Que será usted quien nombre a las personas que integren su gabinete. Que será usted quien defina el rumbo del país. Que será usted quien honre las deudas históricas del Estado con instituciones fundamentales como la Caja Costarricense de Seguro Social.
Quisiéramos pensar que, si alguna vez alguien intenta corregirla o reprenderla públicamente, usted responderá con serenidad, con inteligencia y con dignidad. No desde la confrontación, sino desde la autoridad que corresponde a una mujer que ejerce la Presidencia de la República.
Costa Rica necesita eso.
No necesita otra administración gobernando desde el enojo, desde el desprecio o desde la teatralidad del poder. Necesita liderazgo sereno, respeto institucional y un país que vuelva a reconocerse en la convivencia democrática.
Señora presidenta electa, de usted esperamos mucho.
Así somos algunas personas en este país.
Soñadoras.
A veces incluso ilusas.
Pero la democracia también se sostiene de esa ilusión: la de creer que quien llega al poder puede decidir ejercerlo mejor que quienes lo precedieron.
PD: Quizás estoy en mi periodo de ingenuidad…
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