Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Cada año llega el 8 de marzo y aparece la misma confusión: flores, descuentos, promociones, cenas “para consentir a la mujer”, y muchas tarjetas de felicitación. Como si se tratara de un día romántico, una especie de versión morada del Día de la Madre. No lo es. Nunca lo ha sido.

El 8 de marzo no se celebra. Se conmemora.

Se recuerda a las mujeres que murieron exigiendo condiciones de trabajo dignas. Se recuerda a quienes fueron reprimidas por reclamar derechos que hoy parecen obvios pero que costaron sangre, cárcel y persecución. Se recuerda a generaciones de mujeres que se enfrentaron a sistemas políticos, económicos y culturales que las querían obedientes, calladas y agradecidas.

Por eso el gesto de regalar flores o invitar a cenar “por ser mujer” no solo es superficial. Es un sinsentido histórico. Reduce una jornada de memoria política a un gesto decorativo que tranquiliza conciencias y evita hablar de lo esencial: la desigualdad, la violencia, la exclusión, el desprecio que todavía atraviesa la vida de millones de mujeres.

Y Costa Rica no es una excepción.

Vivimos bajo un gobierno que ha hecho de la misoginia una práctica pública, misogenea escribiría la DIS [sarcasmo]. Un gobierno donde el irrespeto hacia las mujeres no es un accidente sino un patrón. Basta observar el tono, las burlas, las descalificaciones, la forma en que el poder se ejerce desde la tribuna pública. Recordemos cuando Chaves pidió que le regalaran una niña y la devolvía cuando fuera grande. Cuando un país normaliza ese lenguaje y esas actitudes desde la cúspide del poder político, lo que está en juego no es solo la cortesía. Está en juego la dignidad de las mujeres en la vida pública.

Por eso el 8 de marzo sigue siendo necesario.

No es un día para felicitar. Es un día para recordar que los derechos se defienden o se pierden. Es un día para ocupar las calles y decir que la igualdad no es un favor ni una concesión. Es una obligación democrática.

Este domingo, el deber de toda mujer que pueda hacerlo es marchar. Marchar por las que estuvieron antes. Marchar por las asesinadas. Marchar por las que hoy siguen enfrentando violencia, precariedad o silencio. Marchar por las niñas que merecen crecer en un país donde su voz valga lo mismo que la de cualquier hombre.

La historia del movimiento de mujeres nunca se escribió desde la comodidad. Siempre se escribió desde la resistencia.

Este año, por circunstancias personales relacionadas con mi seguridad, no podré acompañarlas físicamente en la marcha. Extrañaré mi balcón para las mejores fotos desde la tumbacocos de Luis Salas. Esta vez no será posible.

Pero mi convicción sigue intacta.

Las acompaño a la distancia.

Stella Chinchilla Mora

PD: Ni sumisas ni calladas, no sean como la ministra Paula Bogantes o la presidenta ejecutiva del INAMU Yerlin Zúñiga.


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