Audionarración:
No puede desconocerse, lector atento, que toda corte, por más disciplinada que se proclame, termina por depender menos de sus edictos que de aquello que se dice en voz baja, de los gestos que no figuran en actas, y de ciertas palabras que, sin aspirar a verdad ni a escándalo, logran sin embargo instalarse como una presencia persistente, incómoda y difícil de desalojar.
Entre tales presencias, parecería justo mencionar a una dama cuya existencia no ha sido jamás confirmada ni desmentida por autoridad alguna, y cuyo nombre, cuando se lo pronuncia, suele hacerlo en forma de susurro. Algunos la llaman Madamú, otros prefieren referirse a ella como Madame Murmures, no tanto por elección literaria cuanto por la imposibilidad de fijar un solo título para quien no ocupa asiento, no reclama dignidad, ni solicita audiencia, y aun así es leída con la atención que solo se concede a aquello que podría resultar peligroso si se ignora.
Es menester señalar que esta señora no escribe para instruir, ni para corregir, ni para salvar. Su pluma no busca convencer ni absolver, y mucho menos juzgar. Se diría, más bien, que su arte consiste en ordenar el murmullo, en disponer con cortesía extrema aquello que ya circula, en ofrecer forma a rumores que otros preferirían dejar dispersos, y en conferir al silencio la dignidad de un documento no firmado.
Llegan a su mesa, por caminos que no conviene detallar, confidencias de salón, chismes de pasillo, observaciones dichas con abanico en mano, y también esos silencios prolongados que solo se producen cuando algo ha sido decidido sin necesidad de pronunciarlo. Madamú los recibe con la misma amabilidad con que los devuelve al papel, sin confirmar su veracidad, sin refutarlos, dejando siempre en manos del lector la incómoda tarea de discernir cuánto hay de exageración y cuánto de hábito en lo que se le ofrece.
Conviene recordar que escribe como se hablaba en los buenos salones, con el usted por delante y la prudencia como regla, evitando la afirmación tajante, el señalamiento grosero y la denuncia vulgar. Y sin embargo, parecería que tras esa cortesía meticulosa se acumula una tensión difícil de ignorar, como si cada frase hubiese sido colocada justo antes de que algo ceda, justo antes de que el telón vuelva a alzarse para revelar que el espectáculo continúa, aunque cambien los trajes y los nombres.
Quien se adentre en estos cuentos no hallará declaraciones heroicas ni escenas de violencia manifiesta. Todo aquí es legal, todo parece ordenado, todo se presenta con la serenidad de un reino que asegura saber lo que hace. Y, no obstante, cada página promete el drama propio de la corte: la hipocresía pulida, la obediencia fingida, la prohibición compartida y el secreto administrado con rigor.
Así se presenta Madamú. Amable, distante, peligrosamente correcta. Una dama sin rostro fijo, cuya escritura no grita, no acusa, no se defiende, pero deja al lector con la sensación persistente de que algo ha sido comprendido demasiado tarde.
Y acaso baste eso.

