Apuntes, rayones y manchas de mi vida

No puede desconocerse que, en los anales recientes del reino, ha sido anunciado con la solemnidad acostumbrada, y con la complacencia que suele acompañar a los actos ya decididos, que Marion, electa por la voluntad expresa del rey, será en el curso de algunos meses ceñida con la corona por la misma mano que hoy gobierna, y aunque esta dama que escribe se abstendría de figurar con exceso lo que tal ceremonia pueda suscitar en el ánimo cortesano, pues convendría, por decoro y prudencia, que el acto se celebrase bajo techo, parecería evidente que nos hallamos ante la continuación de un espectáculo que no inaugura nada, sino que persevera, con mayor riesgo, en lo ya visto, el Cirque du Malheur, el circo de la desgracia, cuya carpa no promete alivio a la plebe, antes bien presagia que los excesos, antaño hirientes, se tornarán ahora abiertamente decadentes.

Conviene recordar que todo circo necesita un maestro de pista, y que el nuestro, a quien el vulgo conoce por su inclinación al rapé y por la confusión de su juicio, responde al nombre de Soulot, no se dirá aquí más de lo que es menester, salvo que, en su celo por conservar el orden de las apariencias, intentó en su momento disponer de mi silencio por la vía de la mentira y el expediente, sin lograrlo jamás, no porque faltara empeño, sino porque se rodea de inútiles diligentes en la obediencia y torpes en el entendimiento, incapaces de atrapar aquello que no comprenden, ignoró si era mujer o niña, si juez o cocinera de su propio palacio, si sombra o rumor, y en tal ignorancia persevera.

Es menester, pues, presentarme. Me llamo Madame Murmures, para mis amigas y amigos, cómplices de sobremesa y de paciencia, Madamú. Me escondo tras la tinta como quien se ampara en un biombo honesto, mis amistades conocen el nombre con que me llaman, y aun así solo mi mano izquierda, con la que escribo, y el hemisferio derecho de mi cerebro, con el que imagino, saben del todo quién soy. No afirmo, sugiero. No acuso, consigno. No prometo verdad, transmito lo que me ha sido contado, que podría ser falso, exagerado o, en el peor de los casos, una verdad cruda, de esas que no se pronuncian en un salón de té sin provocar miradas severas y abanicos en retirada.

A quienes me leen, lectoras y lectores, y quienes no se reconocen del todo en ninguno de esos nombres, conviene advertirles, que podrían tropezar con palabras altisonantes, irrepetibles en una mesa bien puesta, y conviene, por último, advertirles que esta cronista no garantiza salvación alguna, apenas la persistencia de la escritura.

Si sobrevivo al reinado de Marion, y a la sombra que la corona proyecta, será porque la tinta, como el murmullo, encuentra siempre rendijas. Y si no, quedará al menos constancia de que, cuando todo parecía en calma, el lenguaje ya anunciaba el incendio. Firma, con cortesía y fuerza,

Madame Murmures.

Postdata

Madamú, cuando recurráis a mí para hacerme llegar un chisme, convendría que procuraseis aportar todos los datos pertinentes, escribidme sin reservas y dirigiros a mí por el nombre que compartimos, pues al haberse quebrado el cerco de la policía política, ya podría decirse que nos hallamos en condición de cómplices y, acaso, de amigas o amigos.


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