Defender la libertad de expresión hoy es una urgencia. Resulta paradójico escuchar a Laura Fernández decir que no debe normalizarse la violencia cuando ha sido Rodrigo Chaves quien, durante años, la ha promovido y legitimado desde el poder. No con golpes a la mesa de sus subarlternos, con palabras. Con señalamientos constantes. Con insultos públicos. Con la creación deliberada de un clima donde disentir se castiga y criticar se convierte en una provocación peligrosa.
Esa violencia no surge sola. Se filtra hacia abajo. Se reproduce en sus huestes, en sus fanáticos más agresivos, en personas que se sienten autorizadas a amenazar de muerte a cualquiera que cuestione a su amado líder. Periodistas, activistas, mujeres, personas opositoras, gente común. Esto no es nuevo. Llevamos más de cuatro años viviendo bajo ese asedio cotidiano, donde una gran cantidad de la población ha sido hostigada por troles y fanáticos, o más precisamente, por un grupo violento que se siente representado por Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Pilar Cisneros.
El problema es que la oposición no ha denunciado con la contundencia necesaria. No ha llenado los tribunales como sí lo ha hecho el poder cuando le conviene. Y así nos siguen llevando la delantera. Hoy se adelantan acusando violencia contra Laura Fernández, o más bien, los chavelos denunciando supuestas amenazas, mientras ignoran deliberadamente el historial largo y documentado de amenazas, insultos y persecución contra quienes no comulgan con ellos.
Decirle a una presidenta electa que nadie la quiere en Cartago no es una amenaza. Es una expresión política, incómoda si se quiere, pero legítima. Es libertad de expresión. Convertir ese tipo de frases en delitos es abrir la puerta a algo mucho más grave: el silenciamiento por miedo. Y ese miedo ya está calando en la oposición. Estas acusaciones sin fundamento buscan callar, intimidar, desmovilizar. Y en parte, lo están logrando.
Por eso hay que decirlo con claridad. No se callen. El miedo no es buen consejero ni es neutral. Denuncien a quienes los insultan, a quienes los amenazan, a quienes los hostigan. Si hace falta llenar los juzgados de denuncias para que el Estado preste atención, habrá que hacerlo. No por venganza, sino por defensa propia y por defensa democrática.
Estamos frente a una emergencia nacional. Urge contrarrestar el daño que han hecho los troles y los bots, la desinformación sistemática, el material ficticio que no solo circula en redes sociales, sino que se repite de boca en boca como si fuera verdad, amplificado por personas que no leen, no contrastan o aceptan cualquier cosa con poco criterio.
Hoy toca acompañar a las personas que serán denunciadas, como muchas y muchos lo hicieron conmigo. Toca sostenernos colectivamente. Se nos viene una noche oscura y fría. La respuesta no puede ser el silencio. La respuesta tiene que ser resistir, organizarse y no ceder ni un centímetro en el derecho a decir, a disentir y a señalar al poder.

