Apuntes, rayones y manchas de mi vida

El país está partido en dos, con esa sensación física de la mitad del pecho apretado. Hay gente celebrando y hay gente haciendo duelo. Y el duelo, aunque a algunos les incomode, también es un acto cívico. Porque lo que se pierde cuando gana un proyecto autoritario no es solo una elección: se pierde confianza, se pierde conversación, se pierde la idea de que el desacuerdo es parte normal de la democracia y no una excusa para perseguir. 

En mi caso, este duelo tiene otra capa, más íntima y más peligrosa. En enero, la Dirección de Inteligencia y Seguridad impulsó una denuncia en mi contra con una acusación tan grave como absurda, y esa historia se volvió titular, comentario, morbo y carnada para el odio. Todos los medios recogieron esa versión y también mi rechazo rotundo, porque una cosa es debatir ideas y otra es intentar convertir a una comunicadora incómoda en un blanco.  

Yo no hago comunicación por salario. Nunca ha sido un oficio remunerado en mi vida. Lo hago por convicción, por ética, por terquedad amorosa hacia este país, y porque llevo años viendo señales de un rumbo que nos empuja hacia un Estado cada vez más opresor con quien critica, denuncia o incomoda. Cuando la institucionalidad se usa para intimidar, el mensaje no es solo contra una persona: es un aviso para todas las demás. 

Después de esa denuncia, también se reportó que presenté gestiones por amenazas y seguimientos. Aun siguen. No lo digo para generar lástima; lo digo porque esto ya no es solo un debate político: es un ambiente que normaliza el señalamiento, y luego se sorprende cuando aparecen los riesgos. Sigo fuera de mi casa, mi hijo conmigo. 

Como país, estamos procesando un resultado electoral que mucha gente vive como golpe. Ganó el oficialismo en primera ronda y hay una parte enorme del país que hoy siente duelo, cansancio, miedo, desorientación.  
Ese duelo es real. Merece respeto. Merece silencio, abrazo, caminar un rato, llorar si toca. Pero ojo: hacer duelo no es rendirse. Hacer duelo no es dejar de defender derechos. 

El duelo bien hecho sirve para una cosa vital: para volver a juntarnos por lo esencial. No por uniformidad. No por “unidad” de postal, donde todo se perdona y todo se calla. Unidad para proteger la vida, la libertad de expresión, el derecho a protestar, el derecho a disentir sin que te conviertan en enemiga. Unidad para sostener a quienes están siendo atacados, aunque no piensen igual que vos en todo. Unidad para recordar que la democracia no es un trofeo electoral: es un conjunto de límites al poder. 

Yo no quiero un país donde la mitad le tenga miedo a la otra mitad. No quiero un país donde el “buen ciudadano” es el que se calla. Y no quiero un país donde se confunda crítica con traición. Lo digo con calma, porque la calma también es una forma de resistencia: no voy a contestar con odio. No voy a devolver violencia. Pero tampoco voy a aceptar que se normalice la persecución ni el linchamiento. 

Si hoy estás celebrando, ojalá podás celebrar sin deshumanizar a nadie. Y si hoy estás de duelo, ojalá no te quedés sola ni solo: busquemos tribu, hagamos comunidad, sostengamos lo que nos sostiene. El trabajo que viene no es solo político: es emocional, social, ético. Es aprender a respirar en un país tenso sin quebrarnos. Es reconstruir sin tragarnos la injusticia. Es volver a hablar sin tragarnos el miedo. 

Yo voy a seguir. Con serenidad. Con cuidado. Con denuncia cuando haga falta. Y con una apuesta que no le pertenece a ningún partido: que Costa Rica todavía puede escoger la vida democrática por encima del autoritarismo, y la dignidad por encima del espectáculo y los gritos de un presidente. 


Descubre más desde Bitácora de Stella

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Posted in