Fabricio Alvarado no ataca al Frente Amplio por ideas, proyectos o debates de fondo. Lo ataca porque lo necesita como enemigo. Desde sus inicios políticos, su identidad no se construyó proponiendo un país más justo, sino señalando amenazas morales. El FA cumple ese papel a la perfección en su libreto: comunistas, enemigos de la familia, corruptores de la niñez, anticristianos. No importa lo que el FA haga o vote. Importa que exista como antagonista permanente.
Ese discurso no es nuevo ni original. Es conservadurismo religioso reciclado desde la Guerra Fría, donde toda política social, todo derecho colectivo y toda defensa del Estado social se reducen a una caricatura ideológica. Fabricio evita deliberadamente discusiones sobre desigualdad, evasión fiscal, concentración de la riqueza o captura del Estado. En su lugar, privilegia el miedo como herramienta política, porque el miedo simplifica, ordena bandos y evita explicar propuestas.
El problema no es que tenga creencias religiosas. El problema es que pretenda convertirlas en criterio de política pública para toda la sociedad, en un país con libertad religiosa y diversidad de visiones. Su proyecto político restringe derechos en lugar de ampliarlos y reemplaza la idea de inclusión por límites morales definidos desde una visión particular. No se trata de un gobierno pensado para toda la sociedad, sino para quienes se ajustan a una noción específica de corrección y valores.
En ese marco se entiende su relación con el poder actual. Frente a Rodrigo Chaves, Fabricio ha optado por la conveniencia antes que por la coherencia. Mientras el presidente ataca instituciones, desacredita a la prensa, erosiona contrapesos democráticos y normaliza el insulto como forma de gobierno, Fabricio guarda silencio o se alinea. Cuando hubo que tomar decisiones clave en la Asamblea Legislativa, Nueva República actuó como escudo del Ejecutivo, no como fuerza de control político.
Ese comportamiento no es casual. El autoritarismo populista y el conservadurismo religioso se complementan con facilidad. Uno necesita conflictos culturales para distraer de los problemas estructurales. El otro necesita acceso al poder para intentar imponer su moral. Por eso Fabricio no confronta a Chaves. Lo acompaña cuando conviene y calla cuando debería incomodar.
El Frente Amplio incomoda a Fabricio porque desarma su relato. Porque demuestra que se puede defender a las mayorías sin apelar al odio ni al pánico moral. Porque pone sobre la mesa temas que él evita sistemáticamente. Y porque, a diferencia de su proyecto político, no necesita inventar enemigos para justificar su existencia.
Fabricio Alvarado no representa una alternativa de país. Representa un retroceso envuelto en retórica religiosa, una política del pasado presentada como defensa de valores, y una disposición peligrosa a subordinar derechos y democracia a una moral única. Eso explica sus ataques. Y explica también su alineamiento con el poder de turno.

