Es agotador, pero hay que hacerlo. Bloquear troles cansa. Es una tarea silenciosa, repetitiva y poco visible, pero necesaria si una no quiere amanecer un día con el perfil cerrado por una denuncia en bloque. No es paranoia, es experiencia acumulada.
A mí me cuesta menos que a otras y otros creadores de contenido porque bloqueo apenas dudo. No espero pruebas concluyentes ni confesiones. Cuando algo no cuadra, va para afuera. Eso lo hago desde hace varios años y por eso tengo menos infiltrados que otras personas. Aun así, son miles. No escriben mucho, casi no comentan. Reaccionan, observan, marcan presencia. Están ahí para vigilar y para activarse cuando les ordenan.
En una publicación que hice sobre Ariel Robles Barrantes aparecieron de golpe. Los comentarios eran pocos, pero las risitas abundaban. Y no sería un problema si se quedara en eso. El asunto es que esas reacciones no son inocentes. Funcionan como marcadores. Se meten, se quedan quietos y cuando alguien da la orden, se tiran a denunciar en grupo. Ese es el verdadero objetivo. No el insulto. No la burla. El cierre del perfil.
Desde hace muchísimo tiempo no me pasa, y no es casualidad. Es disciplina digital. Bloquear temprano, no engancharse, no discutir. Higiene básica contra infestaciones coordinadas.
Con el tiempo una aprende a reconocer patrones. Hay tipologías claras. A mí casi no me llegaron los perfiles del sudeste asiático con nombres en otros alfabetos. Contados. En cambio, abundan los nacionales o al menos los que usan nombres latinos. Llama la atención la cantidad de perfiles con el mismo apellido, como si una sola persona hubiera decidido multiplicarse por veinte para darse la razón.
Están los cleteros. Fotos con bicicleta, casco, pose deportiva. Muchísimos. Están los de carros finos o caros, a veces tan perfectos que parecen sacados de un catálogo. Una intuye más deseo que realidad. Están los de cuerpos esculturales, adonis digitales con abdominales impecables y sonrisas de banco de imágenes. Todo demasiado pulcro para ser espontáneo. Mujeres hay pocas, o mejor dicho, perfiles con nombres de mujer que insultan con una agresividad típicamente masculina. El comportamiento no engaña.
Algo importante es entender que no hay que alimentar troles. Si se les responde, se quedan. Si se discute, se multiplican. La indignación es combustible. Bloquear, no debatir. Bloquear y denunciar cuando corresponde. Punto.
También es revelador que las amenazas directas sean pocas y las amenazas de muerte casi inexistentes. No están ahí para intimidar de frente. Están para infiltrarse, esperar y luego intentar desaparecerte del espacio digital. Esa es la meta real.
El blanco principal somos quienes opinamos de política sin disfraz. Y aquí hago una aclaración personal. No me gusta ni acepto que me llamen influencer. Soy una simple opinóloga. Opino de todo y no soy experta en nada. Quienes hablamos, cuestionamos, tomamos posición clara contra el oficialismo y buscamos conversación política somos el objetivo. No porque tengamos miles de seguidores, sino porque generamos intercambio y rompemos la sensación de unanimidad artificial.
Por eso cada vez tengo más claro que las redes sociales no son el espacio central de la cohesión popular. Son útiles, sí, pero profundamente ficticias. Infladas por perfiles falsos, por reacciones vacías y por operaciones coordinadas. La política real sigue pasando en la calle. Ahí no hay denuncias en bloque ni risitas. Hay cuerpos, hay miradas, hay discusión cara a cara.
Las redes sirven, pero no son la realidad. La realidad no se bloquea con un clic ni se silencia con un algoritmo. Y por más troles que suelten, eso no lo pueden controlar.
Más:
Mi bitácora: https://stellachinchilla.org/
Mi página de feisbuk: https://web.facebook.com/stellachinchillamora
Música política: https://www.youtube.com/playlist…

