Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Hoy amanecimos con un barrio empapelado con la imagen de un comunicador. Afiches anónimos, sin firma, sin responsabilidad, difundiendo mentiras graves, acusaciones infames, delitos inexistentes. No es un hecho aislado ni un error. Es una forma de ataque diseñada para exponer, para señalar, para poner a alguien en peligro real.

A otra comunicadora le detuvieron al hijo mientras iba en el carro de su mamá. No había orden judicial. No había documento alguno. Aun así, el vehículo fue requisado. El mensaje es claro y brutal: se puede intimidar usando el poder, aunque no haya causa legal. A otro comunicador le estallaron una llanta. En otro momento sería un accidente. En este contexto es una advertencia.

Las amenazas de muerte y de daño físico son constantes. Llegan por mensajes privados, por comentarios públicos, por cuentas anónimas que repiten consignas y odio. Ya no sorprenden, y eso es lo más grave. Hay quienes empiezan a asumirlas como parte del oficio, como un costo normal por comunicar o por criticar. No lo es. No puede serlo. Cuando la amenaza se vuelve rutina, la democracia ya está fallando.

Esta violencia tiene un patrón. No cae al azar. Apunta contra quienes cuestionan al gobierno, contra quienes no se alinean con el líder, contra quienes se atreven a señalar errores, abusos o mentiras. Se castiga la crítica. Se busca el silencio. Se intenta disciplinar a través del miedo.

¿Hasta cuándo va a aguantar Costa Rica esta degradación? ¿Hasta cuándo vamos a fingir que se trata solo de excesos en redes, de gente exaltada, de casos aislados? Esto es intimidación política. Es una escalada que se normaliza día a día, mientras las instituciones miran a otro lado y una parte de la sociedad prefiere no involucrarse.

Que quede claro algo. No nos van a silenciar. No con afiches difamatorios. No con abusos sin respaldo legal. No con sabotajes ni amenazas. Pero resistir no basta si el resto del país acepta este clima como algo inevitable.

Este país está profundamente enfermo cuando comunicar implica miedo, cuando opinar implica riesgo, cuando el hostigamiento se justifica según quién sea la víctima. Y curarlo no es tarea de unas pocas personas expuestas. Depende de todas y todos. De no callar. De no relativizar. De no aceptar que la violencia sea el nuevo lenguaje político.

Costa Rica todavía está a tiempo. Pero el silencio, la costumbre y la indiferencia también son una forma de complicidad.

Posdata, a Paisano lo van a matar si alguien no les pone un límite.


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