Apuntes, rayones y manchas de mi vida


En el año de gracia de MMXXV, cuando la penumbra parecía cubrir los salones de la Corte del Guaro y el Reino de Costa Zafiro se debatía entre el desaliento y el estupor, me retiré al Estanque de la Almohada para buscar sosiego. Allí, donde el agua descansa como un espejo que ha renunciado al tiempo, se alzó un pequeño remolino, luego otro, y finalmente surgió un sapo cuyo brillo no era de este mundo.

No era un sapo común. Era un sapo encantado.

Me habló con voz profunda y me dijo llamarse Zapo, uno de los sapos del Club de los Sapos Encantados, orden secreta formada por trabajadores del Castillo Real que, hartos de las humillaciones del Rey Guarito I, pidieron auxilio a la única bruja buena que aún quedaba en la Corte Real. La bruja, misericordiosa y astuta, los transformó en sapos para que pudieran caminar por los jardines, corredores y rincones oscuros de Zapotón sin ser vistos.

Los sapos encantados se turnaban para salir a croar por las noches ante los pergaminos canallas, dejando caer verdades como gotas que resquebrajan la piedra. Sabían que el Reino se hallaba sumido en la oscuridad que trajo el Rey Guarito I, una oscuridad de maldad, soberbia y neurosífilis mental que había degradado a toda la Corte. Y como buenos súbditos del Reino, no querían que el monarca ni sus marionetas continuaran en el poder.

Fue Zapo quien aquella noche decidió revelarme todo lo que había visto, pues incluso entre los sapos existe el deber de advertir cuando el abismo se ensancha.

Comenzó recordando cómo en el Canal del Istmo, en el reino vecino del sur, se descubrió hace años una red gigantesca de lavado. Allí reinaba Mesías Espinoso Puñones, señor de mulas que cruzaban portales con arcones y baúles de doble fondo cargados de monedas prohibidas. Tres togados del Canal, Kuraf el Abogado de Canal, Beto Arriola Acussati y Pedro el Pastor, daban forma a sociedades anónimas como si fuesen conjuros para que el dinero maldito se volviera respetable.

Esa estructura, dijo Zapo, no murió en el Canal. Se extendió, por caminos invisibles, hasta el Reino de Costa Zafiro.

Fue entonces cuando apareció Chuky, el togado amigo del rey, maestro en serpenteos, operador sin cargo, pero con poder efectivo. Si Kuraf era el arquitecto de las sombras financieras, Chuky era el guardián de los pasajes ocultos de la Corte del Guaro. Entre ambos, sin necesidad de pergaminos oficiales, se fue tejiendo un puente entre el Canal y Zapotón. Y esta dama sospecha que el señor Molino, recién llegado a Costa Zafiro, también tiene algo que ver en esta sociedad de lavadores.

Zapo me contó que había visto cómo el Rey Guarito I llegó en su carruaje real, aquel que usa cuando no quiere que el pueblo se entere de sus andanzas. El carruaje negro, sin estandarte y sin escolta visible, se detenía siempre detrás de la guarida de Chuky. Allí, entre el murmullo de hojas y faroles apagados, el Rey descendía en silencio.

Y es allí donde Zapo le tocó custodiar al rey y sus cariñitos.

Lo vio abrir bolsas voluminosas.
Lo vio contar monedas a la luz temblorosa de un candil.
Lo vio pasar fajos enteros entre sus dedos ansiosos.

Zapo dijo que nunca olvidará la expresión del monarca: rostro tenso, ojos dilatados, sonrisa torcida por ambición desbordada. Era el mismo rostro que mostraba en la Corte cuando insultaba a plebeyos y nobles, pero allí, en esa guarida, era el verdadero. El rostro del hombre que ya no reinaba sobre un Reino sino sobre un negocio.

En esas noches, Chuky esperaba paciente. Abría pergaminos, tomaba notas, hacía cálculos sobre las obras del Reino. La constructora TRAMEX aparecía una y otra vez, como si fuera el nuevo tótem sagrado del monarca. La Ruta del Carromato Occidental, proyecto colosal, parecía haberse convertido en un telón tras el cual se escondía un comercio de favores, presiones, reuniones prohibidas y bolsas cuyo contenido jamás tocó las arcas del Reino, pero sí las del rey.

Zapo hizo una pausa, como quien traga un recuerdo amargo, o una mosca de aguas negras.

Contó que, con el tiempo, otros sapos del Club se acercaron a croar cerca de los muros de Zapotón. Y ellos también vieron lo que Zapo vio. El carruaje real de incógnito entrando, el Rey bajando, el dinero contando, Chuky organizando, las sombras del Canal cruzando de un Reino a otro como murciélagos bien entrenados.

Añadió luego un detalle que nosotras, quienes le llevamos el pulso a la corona y sus matráfulas, ya sospechábamos: había una fuga en la Torre del Tribunal. La información le llegaba a Chuky antes de que los Sabuesos del Tribunal pudieran amarrar más datos en sus investigaciones. Expedientes se evaporaban. Alertas se filtraban. Y Zapo confirmó quién era el responsable.

El Calvo Barbudo.

Un antiguo fiscal del Reino, que dejó atrás la toga para servir a Chuky en su guarida. Allí manipulaba pergaminos, aconsejaba estrategias, revisaba expedientes y contaba lo que jamás debía contarse. Él era el canal interno, la vena rota de la justicia. No era protagonista mayor, pero era la grieta que permitía que el pantano creciera.

Zapo insistió: lo podrido no era un síntoma suelto, sino un sistema entero. El Canal proveía la técnica. Chuky proveía la logística. El Rey Guarito I proveía la ambición.

La Dama del Aseguro Real, que había osado negarse a bendecir una garantía para la TRAMEX, fue expulsada sin miramientos. Lord Amado, el Vizconde de la Nada, llevó alertas que nunca fueron escuchadas. Los Inquisidores Reales gritaban al vacío como almas condenadas, le dijeron al rey que Chuky era parte del entramado del narcorapé, pero el rey los obligó a callar, a nunca más repetir esa estupidez.

Y los sapos encantados, únicos testigos libres, croaban cada noche esperando que alguien los oyera.

Zapo concluyó su relato diciendo que el Reino ya no está solo sumido en la oscuridad que trajo el Rey Guarito I, sino que se ha convertido en una ciénaga de silencios, complicitudes y monedas sucias. Pero mientras el Club de los Sapos Encantados siga croando, aún queda esperanza. Aunque sea pequeña. Aunque sea anfibia.

Cuando terminó, el sapo se inclinó, como un caballero que vuelve al anonimato, y se hundió en el Estanque de la Almohada. Y yo, Lady Susurros, sentí que el peso del Reino entero se balanceaba sobre una rama frágil. Si esa rama se quiebra, será porque el silencio venció al croar.

Vuestra siempre
Lady Susurros

Y recordad, sapos del Reino, podéis confiar en esta dama, que aunque no besa sapos, sí les escucha, y puede contar en estas crónicas lo que no se puede contar en la vida real. Sabéis dónde encontrarme, y de ahora en adelante estaré más atenta a vuestros croares.


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