Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Una dictadura nunca empieza con un rayo cayendo del cielo. Empieza con una persona que descubre que puede romper reglas sin consecuencias, que puede acumular poder sin resistencia, que puede hablar más fuerte que todos y que nadie se atreve a decirle que no.

Pero un dictador jamás se sostiene solo. Un dictador es una mesa: si nadie la sostiene, se cae. Las patas de esa mesa son siempre las mismas.

Las élites económicas que creen que “este sí pone orden”. Son empresarios, bancos, grupos de poder que prefieren un gobierno autoritario a un gobierno que regule, investigue o les cobre impuestos reales. En el Cono Sur fue clarísimo: sin el dinero, el apoyo logístico y la venia de grupos económicos, Pinochet en Chile y Videla en Argentina no hubieran durado ni dos meses.

Las fuerzas armadas o policiales que reciben privilegios. El dictador les promete impunidad, aumentos, equipos y poder. A cambio, ellos protegen al régimen. Por eso en todas las dictaduras hay dos constantes: represión hacia la población y premios para quienes reprimen.

Grupos civiles fanatizados que creen que él es el salvador. Son gente común, no militares. Creyentes de que solo mano dura salva al país. Son los más peligrosos porque legitiman el abuso. Los dictadores se alimentan de aplausos.

La prensa comprada o destruida. Si no controlan el discurso, no controlan el país. Por eso atacan periodistas, compran medios y silencian voces. Sin prensa libre, la mentira camina como caballo finquero.

Las potencias extranjeras que ven al dictador como útil. Y aquí entramos a nombre y apellido: Estados Unidos.

Estados Unidos y las dictaduras del Cono Sur
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos no apoyó la democracia: apoyó a quien fuera anticomunista, aunque fuera un carnicero. La CIA participó en golpes, financió operaciones, armó ejércitos, entrenó policías secretas y sostuvo dictadores como Augusto Pinochet en Chile, quien derrocó a Salvador Allende en 1973, dejando miles de desaparecidos y exiliados. También sostuvo a Jorge Rafael Videla en Argentina, líder de la Junta Militar, responsable de más de 30.000 desaparecidos, robo de bebés y centros de tortura. Stroessner en Paraguay y los Somoza en Nicaragua también fueron respaldados por Estados Unidos como barreras contra el comunismo.

No fue casual: en nombre de la estabilidad, Estados Unidos prefirió la mano dura que protegiera sus intereses económicos y geopolíticos antes que la democracia.

¿Las dictaduras son solo de derecha?
No. Hay dictaduras de derecha, de izquierda y de ningún color ideológico. Pero históricamente, en América Latina, las dictaduras más sangrientas han sido las de derecha: Pinochet, Videla, Stroessner, los Somoza, Trujillo. Todas con niveles brutales de desapariciones, tortura, ejecuciones y terror de Estado. Las dictaduras de izquierda también han reprimido a sus pueblos, como Cuba, Nicaragua bajo Ortega o Venezuela bajo Maduro, con presas y presos políticos, persecución, tortura y exilios forzados.

La diferencia no está en la etiqueta ideológica, sino en el método: toda dictadura reprime para no perder el poder.

Regímenes totalitarios en tiempos modernos
Hoy las dictaduras se cuidan más. No siempre desaparecen gente a la luz del día ni ejecutan masacres abiertas como en los años setenta, porque viven bajo el ojo público de medios internacionales, organizaciones de derechos humanos y redes sociales que permiten que cualquier persona denuncie un abuso en tiempo real. Esto no significa que no violen derechos humanos, sino que lo hacen con más cautela, intentando controlar narrativas, perseguir selectivamente, infiltrar instituciones y manipular la información. Tampoco significa que todo lo que circula es verdad: hay denuncias reales y hay noticias falsas. Pero aun así, la vigilancia digital ha reducido la libertad con la que actuaban los regímenes antiguos.

¿Quién derriba a un dictador?
Cuando quienes lo sostienen se cansan.

Un dictador se cae cuando las élites económicas dejan de verlo útil, cuando el desmadre económico ya no les da ganancias. Se cae cuando los militares se quiebran internamente, cuando ya no quieren cargar con los crímenes o cuando se dividen entre halcones y palomas. También se cae cuando el apoyo internacional se derrumba, cuando ya no es rentable sostener esa imagen. Estados Unidos abandonó a varios dictadores cuando dejaron de servir. Y finalmente, los dictadores caen cuando la presión civil se vuelve imposible de ignorar. Argentina cayó por el desastre de Malvinas. Chile cayó por el plebiscito. Las dictaduras caen cuando el pueblo y las élites dejan de tenerle miedo al dictador.

A veces se arrepienten tarde. Tarde, cuando ya hay muertos, desaparecidos, exiliados, censura, hambre y violencia de Estado.

Me queda en el tintero Bukele, y de cómo el narcotráfico entró a sostener populistas …


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