Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Los modelos autoritarios no se quedan en su país de origen. Viajan. Se vuelven ejemplos. Se convierten en aspiraciones para gobernantes que envidian la facilidad con que un líder fuerte puede saltarse los controles, silenciar la crítica y mandar sin pedir permiso. 

El caso de El Salvador se ha vuelto un producto político listo para ser consumido: un modelo empaquetado en tres frases sencillas que seducen a ciertos sectores en toda América Latina. Mano dura. Cárcel. Orden. Ese lenguaje es tan directo y emocional que salta encima de cualquier análisis sobre derechos humanos, constitucionalidad o equilibrios democráticos. De pronto, lo que antes se entendía como autoritarismo ahora se vende como valentía. 

¿Por qué hay gente que aplaude estos modelos? En gran parte porque las democracias de la región están desgastadas, golpeadas por la corrupción, la inseguridad y la ineficiencia. Cuando las instituciones parecen lentas y la justicia parece selectiva, la promesa de un líder que “se hace cargo” resulta irresistible. Aunque ese cargo implique romper leyes, concentrar poder y decidir quién es ciudadano completo y quién no. 

Otro elemento que exporta el modelo es el miedo. Cuando la inseguridad crece, la gente deja de pedir derechos y empieza a pedir orden. El miedo es el capital político más rentable para un autoritario. No necesita convencer, solo necesita que la gente crea que sin él todo será peor. Los populistas autoritarios se vuelven vendedores del apocalipsis: si no están ellos, llega el caos. Si ellos controlan todo, llega la salvación. 

Los gobiernos de la región que coquetean con este tipo de poder aprenden rápido la receta. Primero, crear un enemigo interno al que culpar de todo. Segundo, debilitar la prensa, insultarla o comprarla. Tercero, capturar o intimidar al poder judicial para asegurarse de que no haya frenos. Cuarto, desviar la atención con obras visibles, discursos teatrales y números difíciles de verificar. En ese ambiente, cualquier cuestionamiento al líder se presenta como una amenaza al país, no como un ejercicio de ciudadanía. 

Este modelo autoritario logra apoyo porque ofrece respuestas rápidas a problemas complejos. Mientras la democracia discute, el autoritario actúa. Mientras la democracia negocia, el autoritario ordena. Mientras la democracia se desgasta, el autoritario brilla. Esa eficacia aparente se vuelve su escudo: si entrega seguridad, muchos perdonan el abuso. Si entrega orden, muchos aceptan perder derechos. Así, paso a paso, se instala la idea de que la democracia es un lujo y la mano dura es una necesidad. 

Pero lo que se exporta no es solo el modelo, también el método para sostenerlo. La propaganda se vuelve estratégica. El discurso se convierte en arma. Las redes sociales se transforman en batallones digitales donde se ataca, difama y ridiculiza a cualquiera que cuestione al régimen. Los influencers cercanos al poder se convierten en escuderos que legitiman cada exceso. La polémica se utiliza como cortina de humo para encubrir decisiones de fondo. El líder no gobierna solo desde la presidencia, gobierna desde el algoritmo. 

La historia muestra que los modelos autoritarios viajan mejor que las democracias. Las democracias requieren paciencia, educación cívica, instituciones fuertes. Los autoritarismos solo requieren un líder carismático con hambre de poder y una ciudadanía cansada o asustada. Así se exportan: como antídotos mágicos contra problemas reales. Y lo trágico es que al principio parecen funcionar. La violencia baja, la sensación de orden sube, las encuestas se llenan de aplausos. El precio viene después, cuando el poder absoluto se vuelve adicción y cada crítica se percibe como traición. 

Hay señales que cualquier país debe vigilar para no caer en ese camino. Cuando los gobernantes insultan más de lo que explican. Cuando la prensa se vuelve enemiga oficial. Cuando los jueces son reemplazados por personas obedientes. Cuando los diputados se convierten en aplaudidores del Ejecutivo. Cuando la fuerza pública se usa para intimidar a opositores. Cuando la palabra pueblo se usa como si fuera propiedad privada del presidente. Cuando no se puede cuestionar sin ser atacado. Cuando el miedo es más fuerte que la esperanza. 

Los modelos autoritarios siempre empiezan seduciendo. Nunca llegan diciendo que vienen a quedarse para siempre. Dicen que vienen a arreglar. Y por un rato parece que lo logran. El reto para las democracias de la región es recordar algo básico: la seguridad sin derechos no es seguridad, es obediencia. Y la obediencia nunca ha sido una base sólida para ningún país que aspire a ser libre. 


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