Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Cuando una escribe sobre lo que no conoce pero sí teme, se asoma a un territorio incómodo: ese donde la historia ha dejado advertencias y el presente a veces las repite disfrazadas. Las dictaduras cambian de traje según la época, pero todas comparten la misma obsesión: controlar.

Las dictaduras militares entregan el poder a las fuerzas armadas, prometiendo orden a cambio de derechos suspendidos y miedo institucionalizado.
Las personalistas giran alrededor de un líder que exige obediencia y convierte la lealtad en mandato.
Las de partido único monopolizan la vida política y absorben el Estado, dejando sin espacio a la competencia real.
Las teocráticas subordinan la ley civil a una doctrina religiosa, haciendo que disentir se sienta como pecado.
Las totalitarias buscan moldear hasta el pensamiento, abarcar cada gesto y cada palabra.
Y las híbridas, las más comunes hoy, simulan democracia mientras socavan instituciones, manipulan reglas y vacían la legalidad por dentro.

Nos gustaba pensar que Costa Rica era inmune a esos riesgos, pero nuestra historia ya conoce lo que es vivir bajo mandatos autoritarios.

En el siglo XIX el país atravesó periodos de caudillismo y gobiernos de fuerza donde el poder se concentraba en líderes respaldados por los militares. Tomás Guardia, en la década de 1870, gobernó como un mando personalista que limitaba libertades y decidía sin contrapesos. Su estilo marcó a toda una generación política.

Luego, pese a tener república, las elecciones no siempre fueron limpias ni los contrapesos sólidos. Hubo momentos en los que la voluntad del gobernante pesaba más que la institucionalidad que lo debía frenar.

La ruptura más clara ocurrió en 1917, cuando Federico Tinoco tomó el poder en un golpe de Estado e instauró una dictadura abierta: censura, persecución, represión y control militar. Duró poco, pero dejó cicatrices y una profunda desconfianza hacia cualquier intento de concentración del poder.

Desde entonces, Costa Rica fortaleció su democracia, especialmente tras la guerra civil de 1948, la abolición del ejército y la creación de instituciones destinadas a evitar que la historia repitiera sus sombras.

Pero conocer que ya vivimos dictaduras es también reconocer que ninguna democracia es eterna por inercia. Las señales del autoritarismo siempre regresan disfrazadas, susurrando que esta vez es distinto. Y ese, justamente, es el miedo que vale la pena escribir.

Este texto, es una introducción al miedo, a mi miedo, a Chaves el narcisista nacional, a las personas violentas que lo siguen, a una dictadura en ciernes…


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