Apuntes, rayones y manchas de mi vida

por Stella Chinchilla Mora

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Hay historias que empiezan con un destello, otras con un silencio… esta empieza con un cuento de ficción, con un giro imperceptible en el cielo. Un objeto desconocido aparece, y en cuestión de días la humanidad descubre que no solo está siendo observada: está siendo evaluada.  

Este es el relato del año en que la Tierra tuvo que mirarse al espejo, sin excusas. Un cuento donde lo imposible sucede con la calma de quien ya lo tenía decidido. 

Bienvenidas y bienvenidos al encuentro con 3I/ATLAS, el OVNI que cambió para siempre el destino humano. 

Inicia en el capítulo 19, por que inicia un 19 de diciembre del año 2025… 

Capítulo 19. El OVNI 

El objeto había sido detectado varios meses antes del día que lo volvió histórico. Entonces no provocó sobresaltos. Su brillo era discreto, su órbita parecía tan dócil como el rumbo de un barco que avanza sin viento en mar abierto, y los científicos lo clasificaron como otro cuerpo rocoso dentro del vasto inventario del sistema solar, al inicio. Se le midió con paciencia metódica, se trazaron sus efemérides y se archivó su existencia con la disciplina fría del laboratorio. Era un visitante distante, obediente, un número más en la inmensidad. 

Durante semanas los telescopios repitieron la misma conclusión. La trayectoria era limpia, sin perturbaciones, estable como una ecuación bien cerrada. Las computadoras dibujaban su paso cercano sin riesgos y los observatorios lo vigilaban más por oficio que por urgencia. Parecía un viajero antiguo que solo deseaba continuar su travesía. 

El diecinueve de diciembre quebró esa calma. No hubo destellos ni estampidas celestes. Solo una desviación minúscula, casi tímida, detectable apenas en los primeros cálculos, pero tan improbable que obligó a repetir todas las simulaciones. Se revisaron lentes, espejos, sensores; se interrogó cada variable en busca de un error humano o mecánico. No apareció ninguno. La alteración era real. 

El objeto había cambiado de rumbo. 

Ese leve giro, tan discreto en el vacío, se volvió una anomalía pesada cuando se proyectó en el futuro inmediato. Las trayectorias posibles se abrieron como ramas nuevas en un tronco viejo, y varias de ellas señalaban el mismo desenlace: un acercamiento inusualmente estrecho a la Tierra. 

La noticia corrió entre los equipos científicos con una seriedad que no necesitaba adornos. Un cuerpo de ese tamaño, demasiado grande para ignorarlo y demasiado impredecible para tratarlo con rutina, se estaba acercando más de lo esperado. 

Los efectos comenzaron a sentirse de inmediato. La magnetósfera registró fluctuaciones leves, variaciones finísimas en corrientes que suelen ser tan firmes como las mareas. Algunas aves migratorias desviaron rutas que habían seguido por siglos, como si alguien hubiera tensado el aire. Los sistemas de radio captaron un eco débil, metálico, cada vez que se orientaban hacia el intruso. No era un mensaje ni un patrón. Era su masa interrumpiendo el silencio. 

El impacto también alcanzó al ser humano. Muchas personas comenzaron a dormir inquietas, despertando con la impresión de haber recibido un aviso sin palabras. Otras sufrieron migrañas nuevas. Los médicos hablaron de estrés y fin de año, pero los físicos atmosféricos no descartaban la influencia de un cuerpo masivo desplazándose tan cerca, modulando el campo magnético que sostiene nuestros ritmos más íntimos. 

El objeto avanzaba sin prisa y sin pausa, sin nuevos desvíos, como si el cambio de rumbo hubiera sido un gesto único y deliberado. Su superficie oscura y quebrada devolvía la luz solar en destellos fríos que no revelaban nada. Los espectrómetros ofrecían lecturas contradictorias: roca, sí; metales, quizá; zonas demasiado densas para explicarlas con lo conocido. 

Después del diecinueve de diciembre nada volvió a ser rutinario. El objeto dejó de ser un dato para convertirse en un protagonista involuntario. Su trayectoria lucía escrita por una mano que conocía el camino hacia nosotros. 

La humanidad siguió con su vida, pero comenzó a mirar el cielo de reojo, con la inquietud callada de quien percibe un cambio profundo, aunque nadie se atreva a nombrarlo. 

El relato apenas empezaba. 

Capítulo 20. 2025 años después vuelve Dios 

Cuando la noticia dejó de ser hipótesis y el objeto mostró un comportamiento que ya nadie podía calzar dentro del catálogo cósmico habitual, el planeta entró en esa vieja costumbre humana de explicarse lo desconocido con las mismas ideas de siempre. La confirmación de que no era cometa ni asteroide cayó como un trueno silencioso, casi íntimo, y generó una oleada de interpretaciones que cruzó mares y templos con la misma rapidez con que avanzaba la luz sobre la bóveda celeste. 

Los laboratorios decían que era un artefacto. Los científicos rogaban calma con la precisión de quienes miden cada palabra porque saben que la ansiedad colectiva es inflamable. Pedían tiempo, pedían silencio, pedían espacio para observar. Pero el mundo, atrapado en su necesidad de convertir el misterio en consuelo o negocio, no estaba dispuesto a esperar. 

La primera historia la contaron los predicadores que hablaban a multitudes en estadios y púlpitos digitales. Dijeron que el visitante era el Heraldo del Fin, el mensajero que volvía para separar a los justos de los incrédulos. Lo anunciaron con un fervor que calentó los diezmos y las cuentas bancarias. El líder mayor de esa congregación, un hombre que hablaba con voz grave y bíblica, vendía pases especiales para retiros espirituales en un monte cercano donde, según él, la nave descendería primero. Las cámaras de los noticieros transmitieron sus ceremonias como si fueran la antesala de una revelación sagrada, mientras su equipo técnico vendía paquetes de transmisión exclusiva con entrevistas que nunca decían nada nuevo. 

En el oriente lejano, los templos antiguos interpretaron el fenómeno como la reencarnación anunciada. Los monjes sacaron de sus bibliotecas manuscritos que hablaban de un objeto brillante que cruzaría el cielo en tiempos de confusión. A su alrededor se formaron filas interminables de creyentes en busca de amuletos bendecidos que los libraran del fin del mundo. Los mismos amuletos que, de un día para otro, duplicaron su precio. El mercado espiritual floreció como si el cosmos hubiera decretado una feria mística. Los maestros espirituales repetían con serenidad estudiada que el objeto no debía temerse, pero que la mejor protección era el equilibrio interior, algo que por supuesto podía adquirirse con cursos especiales transmitidos en vivo. 

En otro rincón del mundo, los líderes de una tradición milenaria anunciaron que el visitante era la señal definitiva del retorno de su salvador. Miles de creyentes se reunieron frente a un santuario esperando un destello divino. Las cadenas de televisión instalaron plataformas para transmitir la vigilia y los locutores describían cada nube como si fuese un símbolo. Los fieles compraban estampas, velas, reliquias y versiones de bolsillo del libro sagrado que narraba, con amplios márgenes de interpretación, un episodio que apenas se parecía al actual. 

En América Latina surgieron iglesias nuevas en cuestión de días. Sus pastores hablaban del artefacto como la evidencia de que Dios había decidido enviar ayuda porque el mundo estaba al borde del colapso moral. Construyeron templos improvisados con lonas y parlantes y convocaron a las personas a no dejarse engañar por la ciencia, a no creer en los telescopios, a mantenerse unidos bajo su guía espiritual. Allí se recogían ofrendas con la urgencia con que se rescata un náufrago, aunque el náufrago era la cuenta del líder y la gente apenas lo notaba. 

Incluso algunos líderes de pueblos originarios ofrecieron su lectura. Ellos no hablaban desde el negocio ni desde el ansia global de espectáculo. Contaban historias viejas, heredadas, sobre viajeros de las estrellas que observaban a la humanidad como quien revisa el pulso de una tierra enferma. No prometían milagros ni salvaciones ni castigos. Solo pedían respeto y pedían no deformar sus relatos para ajustarlos a la histeria digital. Sus palabras tenían un peso antiguo. Nadie se atrevía a burlarse. Muchos, sin embargo, las usaron para montar programas de televisión que mezclaban chamanismo inventado con gráficas coloridas y música dramática. 

Los medios vivieron su propio renacer dorado. Cada canal tenía un especialista improvisado dispuesto a explicar cualquier cosa con la soltura de quien nunca se equivoca. Hablaban del ovni como si ya hubieran conversado con sus tripulantes. Mostraban recreaciones en tres dimensiones, testimonios de vecinos que habían visto luces donde no las había y especulaciones disfrazadas de primicias. Las audiencias crecieron como crece el fuego en un pastizal y, ante ese brillo, todo lo demás importaba poco. 

Mientras tanto, en los observatorios, la comunidad científica seguía implorando paciencia. Decían que era pronto para cualquier conclusión. Mostraban datos, curvas, espectros, trayectorias. Recordaban que la naturaleza no se acomoda a nuestras ansiedades. Pero sus voces se perdían como un farol en medio de una tormenta de rumores, plegarias y transmisiones monetizadas. 

El artefacto no aceleró ni mostró señales de amenaza. Simplemente redujo su velocidad, como si quisiera tocar el freno de un modo apenas perceptible. Ajustó su ruta con la precisión de un navegante que corrige el timón por puro instinto. Su línea de viaje se inclinó unos grados más, en dirección a la Tierra. Una variación mínima, suficiente para que la humanidad entera sintiera la respiración contenida del universo sobre la piel. Nadie sabía hacia dónde iría después. Nadie estaba preparado para entenderlo. 

Capítulo 21. La Cumbre ATLAS 

El sol de Dubái caía como una plancha incandescente sobre el desierto. Era 21 de diciembre y el aire tenía la densidad de un vidrio caliente. Nada se movía afuera sin volverse sombra ondulante. Las avenidas se estiraban bajo el peso de la luz y el calor entraba a los edificios como un animal testarudo que no aceptaba límite alguno. Dentro del centro de conferencias, el aire acondicionado luchaba con ese exterior abrasador que no entendía de diplomacia. 

La Cumbre ATLAS había sido convocada a contrarreloj. Los países con tecnología aeroespacial llegaron casi en fila: Estados Unidos con su historia de cohetes y banderas clavadas en polvo lunar, China con su ambición de colonias en silencio, India con su precisión orgullosa, Japón con su ingeniería sobria, Rusia con su legado que sobrevivía a cualquier invierno político, Francia y su Agencia Espacial Europea, Corea del Sur con su energía recién afinada, Emiratos Árabes Unidos con su programa que buscaba tocar Marte para demostrar que el desierto también mira las estrellas. Llegaron también delegaciones de Brasil, Reino Unido, Italia, Alemania, España y Canadá, cada una con su mezcla de ciencia, ego y miedo. Israel con sus satélites vigilantes no fue invitada. 

A la mesa se sumaron los invitados de otra esfera. Las agencias independientes, orgullosas de no responder a gobierno alguno. Axiom, Relativity, Dhruva Space, Vast, y por supuesto SpaceX, cuyo líder entró con la calma de quien cree haber nacido para estos escenarios. Musk caminó sin prisa. Miró la sala como si pudiera comprarla de un impulso y dejarla convertida en hangar. Se sentó sin pedir permiso. 

Trump ya estaba dentro. Cuando lo vio entrar, retiró la mano antes de extenderla, como si hubiera recordado de pronto a quién estaba viendo. El gesto fue tan natural que pareció ensayado. Musk levantó una ceja y sonrió con esa mezcla de burla y desdén que él maneja como un arte. Nada se dijo, pero todos lo vieron. 

Los líderes empezaron a sentarse alrededor de la mesa circular. Xi se acomodó con la paciencia del mármol que escucha historias ajenas. Putin observó con la mirada de quien ya decidió qué movimiento hará y solo espera el momento oportuno. Sanae Takaichi, primera ministra japonesa, revisó sus pantallas sin ruido, con la exactitud de un bisturí que nunca tiembla. Las delegaciones africanas y latinoamericanas, pese a no tener sus propios cohetes, tenían telescopios, estaciones de rastreo y físicas brillantes fueron invitadas para que no quedaran afuera del destino humano. 

Y entonces entró Milei. Traía el calor pegado al cuerpo como si lo persiguiera. Tres camperas encima en pleno Dubái. Sudaba profusamente y murmuraba algo sobre energías cuánticas y vibración del espíritu. El audífono colgaba desconectado, pero él asentía a todo, como si escuchara voces que no estaban en el salón. 

Las traducciones simultáneas llenaron el aire con un murmullo viscoso. El ambiente olía a electricidad y a ansiedad política. Se suponía que era un encuentro histórico. En realidad, parecía un gallinero con doctorado. 

Trump habló primero. Rompió protocolo, reglas y paciencia. Dijo que la humanidad necesitaba cooperación, pero su tono era el de quien exige obediencia, no colaboración. Su propuesta fue tan simple como un martillo. No quería estudiar el objeto, ni entenderlo, ni intentar una comunicación. Quería destruirlo. Así lo dijo, con esa convicción infantil que solo tienen los hombres que jamás han leído un manual de consecuencias. 

La frase quedó suspendida, flotando sobre el calor interior del salón como algo que no sabía dónde caer. 

En ese momento, las pantallas cambiaron. Un técnico abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma. Otro revisó el software en silencio. Las gráficas se reescribieron solas. El objeto interestelar, el 3I ATLAS, había girado varios grados más hacia la Tierra. No mucho, pero lo suficiente para que la humanidad entera lo notara. 

Sanae Takaichi inclinó la cabeza con la serenidad de quien ya anticipó el golpe. Xi apenas ladeó los ojos. Putin entrelazó los dedos y escondió una sonrisa que parecía un comentario. Trump, que vivía a base de sobresaltos, quedó congelado por un segundo. Su asesor se inclinó a su oído y le susurró la actualización. El desconcierto de Trump fue capturado por todas las cámaras, un gesto breve y torpe que se volvió mundial en cuestión de segundos. 

Sanae informó que su equipo lo había detectado desde antes y estaban verificando la magnitud del giro. Xi asintió como quien escucha confirmación de un secreto que ya sabía. Putin sostuvo su sonrisa interior. Musk no apartó la mirada de sus pantallas, como si entendiera un lenguaje que los demás no podían leer. Milei seguía asintiendo, sin haber escuchado nada. 

Trump golpeó la mesa. Acusó desorden, conspiración, irrespeto. No toleraba que el objeto se hubiera movido justo cuando hablaba de destruirlo. No toleraba no ser el primero en enterarse. El calor le subió a la cara como si el desierto se le hubiera metido en la sangre. Se levantó bruscamente, empujó la silla y salió sin mirar a nadie. Milei lo siguió a tropezones, con la lealtad irracional de un perro perdido. 

El presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed Al Nahyan pidió receso. No por diplomacia, sino porque sabía que, si el calor seguía subiendo, la cumbre podía derretirse del todo antes de decir una frase sensata. Las delegaciones se quedaron murmurando entre sí, atrapadas entre vergüenza ajena y desconcierto. Nadie había logrado acordar nada. Ni una estrategia. Ni un protocolo. Ni siquiera una pregunta útil. 

Afuera, el aire ardiente del Golfo seguía su propio ritmo, indiferente al miedo humano. El objeto se acercaba con la calma de quien lleva siglos viajando hacia un destino inevitable. 

MIentras la humanidad esperaba respuestas el aparato en el cielo escaneaba a la Tierra. 

La Cumbre ATLAS solo confirmó que aún no sabía cómo comportarse ante el abismo. 

Capítulo 22. La humanidad 

El veintidós de diciembre amaneció con un temblor sordo en el ánimo del mundo. No era un sonido, ni una señal concreta, era una sensación que se colaba por las rendijas de las oficinas y los mercados, como si el aire cargara un presentimiento. El objeto seguía acercándose y la vida insistía en continuar, aunque el pulso diario ya no obedecía al mismo compás. 

Las grandes empresas empezaron a hablar de recortes con el mismo tono ceremonioso con que se anuncian tormentas. Los gerentes, siempre tan amantes de las proyecciones y las gráficas, mostraban curvas descendentes y advertían que el comportamiento del consumidor era impredecible. Algunos trabajadores escuchaban resignados, otros con rabia, otros con un miedo que no querían admitir. Las cajas registradoras sonaban menos, las fábricas bajaban el ritmo y en las aceras la gente caminaba con una prisa que no llevaba a ningún lado. 

A pesar de todo, los mercados abrieron como abrían siempre. En Ciudad de México los voceadores gritaban los titulares sobre el cometa mientras ofrecían tamales humeantes que olían a tierra caliente. En Manila los pescadores regresaban del mar con redes pobres, mirando hacia arriba cada pocos minutos. En Berlín los ciclistas pedalearon a través del frío como si el viento no cargara una historia nueva. En Nairobi un chofer discutía con un pasajero sobre si era mejor rezar o ahorrar comida, y todos los demás fingían no escuchar para no tomar partido. 

La navidad seguía estando a la vuelta de la esquina, pero algo se había quebrado en la manera de celebrarla. Los pesebres, que siempre habían sido territorio de gatos, luces tibias y musgo seco, empezaron a transformarse. En Barcelona un artesano que llevaba treinta años tallando nacimientos colocó discretamente una pequeña figura plateada de un extraterrestre en el lugar del niño. Sus vecinos pasaron, lo vieron y no dijeron nada. Solo esa noche los gatos del barrio se negaron a dormir en el portal, inquietos, con el lomo erizado. 

En Buenos Aires alguien pintó un grafiti que decía si viene en son de paz que pase por acá, firmado con una sonrisa infantil. En Tokio dos estudiantes disfrazaron un muñeco de nieve con antenas hechas de cucharas y lo llamaron el visitante. En El Cairo un panadero juraba que el pan había salido más liviano ese día, como si la masa hubiera respirado diferente. 

Hubo anécdotas que volaron de boca en boca sin que nadie supiera si eran ciertas. En un suburbio de Johannesburgo una anciana aseguraba que su perro, siempre dormido, pasó la madrugada aullando hacia el cielo. En un puerto de Grecia un grupo de pescadores dijo haber visto reflejos extraños en la superficie del mar, como si algo debajo hubiera guiñado un ojo. En una estación de tren en Calcuta una multitud juró que los altavoces se habían apagado solos justo cuando un predicador hablaba del fin de los tiempos. 

Aun con esas rarezas, el mundo trabajaba. Las cocinas hervían, los buses avanzaban con cansancio sobre los mismos baches de siempre y los oficinistas seguían revisando correos sin esperanza ni convicción. Los niños, por el contrario, parecían disfrutarlo todo. En Río un grupo de ellos jugaba a quién era el extraterrestre más rápido. En La Paz una niña le pidió a su madre que en la lista de regalos de navidad le escribiera una palabra nueva que había visto en televisión, contacto. 

El desorden crecía, pero de una manera silenciosa. No era una estampida ni un colapso, era una suma de pequeños actos alterados, como si el planeta entero hubiese sido empujado dos centímetros fuera de su eje. La humanidad seguía viviendo, comiendo, riendo, cansándose, pero cada gesto cargaba un interrogante nuevo. El cielo observaba y el mundo, sin saberlo del todo, empezaba a responder. 

Capítulo 23. Acaparando 

Durante las primeras horas nadie quiso aceptar que el artefacto seguía allí en silencio, estacionado como una bestia que respira profundo antes de decidir si avanza o retrocede. El cálculo frío decía que no había peligro inmediato, pero la gente ya no comía con calma. Pocos días bastaron para que el planeta entero empezara a prepararse para lo peor, aunque nadie se pusiera de acuerdo sobre qué era exactamente lo peor. 

En las torres de las grandes ciudades los empresarios pensaron primero en sus posesiones. La palabra crisis empezó a circular entre alfombras limpias, salas de juntas y pasillos con olor a café importado. Se reunieron con premura, hicieron llamadas urgentes, dieron órdenes secas. Algunos empezaron a mover capitales hacia refugios invisibles en sistemas que prometían seguridad absoluta. Otros acumularon provisiones como si el mundo fuera a cerrarse de golpe. En bodegas sin ventanas se apilaron sacos de arroz, cajas de atún, granos, azúcar, todo con un orden casi quirúrgico. Había miedo, pero también había cálculo. Ellos temían perder más que la vida. Temían perder el control. 

Abajo, en las calles, la ciudad vibraba de forma distinta. La gente caminaba con una prisa sin dirección, ese ritmo extraño que se adopta cuando no se sabe adónde ir pero se sabe que quedarse quieto es peor. Los supermercados se llenaron de personas que compraban como si cada artículo fuera un talismán contra lo desconocido. El pan se acabó temprano en todas partes. La leche también. Hubo discusiones pequeñas sobre quién llegó primero al último paquete de frijoles. Nada grave. Apenas el eco de una civilización que empezaba a desprenderse por las costuras. 

En otros rincones del mundo no hubo histeria. Hubo silencio. Las comunidades que siempre habían vivido con el pulso puesto en la tierra se detuvieron apenas un momento. Observaron el cielo, vieron el punto inmóvil que ya no parecía un cometa y decidieron prepararse con la paciencia de quien sabe que todo lo que vuelve, vuelve a la raíz. Sacaron semillas guardadas desde hacía años, herramientas, manuales amarillos, conocimientos heredados en voz baja. Algunos aldeanos limpiaron parcelas viejas. Gente en pueblos diminutos de Asia abrió la tierra antes del amanecer, preparándola para la semilla, mientras el cielo era apenas un gris vacío. En la pampa argentina se afilaron palas. En aldeas africanas las mujeres organizaron huertos comunes, repartiéndose semillas como quien reparte esperanza. 

Las más cautas, las más previsoras, entendieron antes que nadie que quizá el mundo estaba retrocediendo hacia algo más esencial. En países enteros, miles de personas desempolvaron libros sobre agricultura doméstica que nunca pensaron usar. Se compartieron tutoriales simples sobre compostaje. Se abrieron canales improvisados donde gente desconocida enseñaba a podar, a fermentar, a conservar alimentos sin electricidad. En los balcones de las ciudades empezaron a aparecer macetas nuevas, cajas, botellas cortadas llenas de tierra. En tres días la humanidad metió las manos en la tierra como no lo hacía desde hacía generaciones. 

Las niñas y los niños, redistribuyendo el tiempo entre los juegos en línea y los nuevos deberes, ya que son más rápidos para adaptarse, tomaron el cambio con naturalidad. Preguntaban si había que sembrar zanahorias en la sala o si podían tener un huerto en la azotea. Algunos les pusieron nombres a las semillas, como si bautizarlas las volviera más fuertes. Los adultos los observaban con una mezcla de ternura y desasosiego. Era extraño ver el mundo volviendo de golpe a lo básico. 

En medio de esa transformación silenciosa también surgieron pequeñas historias que parecían insignificantes, pero no lo eran. En un barrio de Nápoles un panadero decidió hornear pan gratis porque dijo que, si todo se iba al demonio, prefería que la gente comiera bien antes de la tormenta. En Corea del Sur un grupo de ancianos se dedicó a enseñar a los jóvenes a cultivar hongos comestibles, un oficio que llevaba décadas muriendo. En un pueblo costero de Perú los pescadores salieron al mar sin miedo, como si la inmovilidad del objeto en el cielo les recordara que el océano seguía siendo su viejo aliado. 

Ese fue el verdadero movimiento de esos días. No la bolsa de valores temblando. No los informes urgentes de los gobiernos. Lo real ocurrió cuando la humanidad miró hacia abajo y encontró que la tierra seguía allí, esperando, con la misma calma con que esperaba el artefacto suspendido sobre ella. 

En la madrugada de ese día el cielo estaba límpido. El objeto no se movió. Ni un suspiro. Solo un brillo leve, como si escuchara. La gente estaba cansada pero más consciente. Habían descubierto que lo que realmente importa no son los edificios ni los mercados, sino ese pequeño acto de guardar una semilla en la palma de la mano. 

Nadie lo dijo en voz alta, pero el mundo estaba un poco menos solo. 

Capítulo 24. La cumbre del hielo 

El veinticuatro de diciembre no trajo luces ni villancicos. Trajo, más bien, un silencio incómodo que se extendió desde Estambul hasta Yakutsk, desde Kerala hasta Seúl, un silencio que no era global pero sí continental, como si en esa parte del mundo la respiración colectiva se hubiese vuelto cauta. No hubo comunicados, no hubo banderas afuera de ningún recinto. Ningún país anunció delegaciones. Sin embargo, los aviones despegaron igual, invisibles en el papeleo, perfectamente visibles en los radares de quienes sabían dónde mirar. 

La reunión ocurrió en algún punto remoto de Asia Central, en un complejo gubernamental cuyos muros están acostumbrados a guardar secretos más densos que el viento frío que los rodea. Los líderes de Eurasia y Asia llegaron en vehículos sin distintivos. Algunos cruzaron desiertos silenciosos, otras cadenas montañosas que han visto demasiados imperios pasar para sorprenderse por una comitiva más. La mesa circular los esperaba bajo lámparas que parecían colgantes de un siglo anterior, y aun así nadie se movió con solemnidad. Era una tensión más práctica que ceremonial. Una tensión de supervivencia. 

Lo que nadie sabía era que, mientras discutían, allá arriba el artefacto celeste giraba unos grados hacia la Tierra. No fue un cambio brusco ni un gesto amenazante, solo un deslizamiento suave, como un pez inmenso que altera la dirección y obliga a todo un cardumen a reorganizarse. Ese movimiento, apenas detectable, fue lo que delató la cumbre. Las agencias espaciales que horas antes se preparaban para una noche de guardias largas fueron las primeras en notar el quiebre en la trayectoria. Para medianoche ya era un rumor y, antes de que amaneciera en alguna parte del hemisferio, ya era noticia en todas las demás. 

La transmisión filtrada mostraba únicamente la mesa. No rostros. No voces. Solo la certeza de que estaban ahí, sentados, incapaces de dar un paso porque no se trataba de caminar, sino de llegar a algún acuerdo que nadie sabía si era posible. Las sombras de sus perfiles sugerían cansancio. El tipo de cansancio que se acumula cuando las certezas políticas se desmoronan sin estrépito, solo con la gravedad suficiente para recordarle a cada uno que las fronteras, los territorios, los bloques económicos y las alianzas son un invento humano que la nave no parecía dispuesto a considerar. 

Hablaron durante horas que no se sintieron como horas. Discutieron rutas de evacuación que no convinieron. Propusieron alianzas de defensa que no cuajaron. Mencionaron dispositivos militares que nadie quiso activar primero. Todos esperaban que otro llevara la iniciativa, pero ninguno se atrevió a ser el responsable de provocar lo impensable. 

Frente a ellos, la mesa circular parecía un anillo de condena. Nadie pudo levantarse sin entender que esa cumbre ya había fracasado antes de comenzar. No por incapacidad, sino porque el mundo había cambiado de escala y ellos seguían intentando usar las reglas viejas para un fenómeno que no cabía en ninguna explicación terrestre. 

Cuando finalmente abandonaron la sala, cada delegación salió con la misma incómoda sensación de que la reunión no había existido del todo. Ningún acuerdo, ninguna fotografía, ninguna promesa. Solo la transparencia brutal de la inutilidad. 

Y, sin embargo, algo quedaba claro: aquel leve giro del artefacto había sido un mensaje, uno que resonaría más fuerte el día siguiente, cuando el mundo, sin saberlo todavía, empezaría a quedarse sin sus líderes más visibles. 

Capítulo 25. El día en que el poder fue abducido 

El veinticinco de diciembre amaneció distinto para cada región del mundo, pero igual en una sensación esencial, un temblor que no venía del suelo sino del pecho. En el norte la luz se filtraba como un hilo débil entre nubes densas, mientras en el sur el sol caía duro sobre la tierra, y en las islas del Pacífico la humedad se pegaba a la piel como si mandara avisos. La humanidad seguía con sus rutinas posibles, las mesas preparadas con rituales locales, las comidas que cruzan generaciones, los regalos envueltos a medias porque nadie sabía si celebrar era mantener la dignidad o negar el miedo. 

Ese mismo día los gobiernos despertaron con un silencio que no estaba en ningún pronóstico. No fue simultáneo, porque el planeta nunca hace nada a la misma hora, pero sí fue paralelo, como si una red invisible hubiese sido tensada y luego cortada de tajo. En cada país comenzaron a darse cuenta de lo mismo. Las residencias oficiales estaban vacías. Las escoltas no reportaban actividad. Los equipos de seguridad no encontraban rastro alguno. Y en cuestión de minutos, desde las llanuras tibias del Cono Sur hasta las capitales congeladas del norte, se supo lo imposible: presidentes y primeros ministros habían desaparecido, hombres y mujeres. 

La noticia se extendió primero como incredulidad y luego como pánico afilado. Los canales de televisión repetían imágenes de oficinas vacías, puertas entreabiertas, tazas aún tibias, documentos abandonados a mitad de lectura. Las redacciones trabajaban con una mezcla de adrenalina e incredulidad. Nadie quería decir la palabra abducción, pero todos la pensaban. 

Los conteos empezaron como quien busca un número perdido en un cuaderno. En total fueron ciento noventa y tres líderes de Estado. De ellos, ciento cuarenta y nueve hombres y cuarenta y cuatro mujeres. Ninguno dejó rastro físico, ninguna cámara captó la salida, ningún sistema de seguridad detectó intrusión. Como si el mundo hubiera soltado un suspiro y ese suspiro se los hubiese llevado. 

En el sur, donde las ciudades hervían de calor, la gente se agolpó bajo las sombras improvisadas de toldos, árboles o techitos de lámina, mirando pantallas que transmitían lo mismo que decían las radios del norte cubiertas de nieve: nadie al mando, nadie visible, nadie que diera la cara. En las metrópolis asiáticas la multitud se movía como ríos desconcertados. En las aldeas africanas los jefes comunales trataban de mantener la calma sin mentir. En Europa la incertidumbre se volvió una marea helada que subía por las plazas. 

Era imposible reconstruir el instante en que cada uno desapareció, pero había un patrón: todos fueron vistos por última vez en sus espacios privados, algunos a punto de conectarse con sus equipos, otros revisando informes, otros en conversaciones con familiares. No hubo ruido ni testigos. La humanidad estaba literalmente descabezada. 

El aparato en el cielo, esa gigantesca roca de metal que ya había marcado los días anteriores con su danza mínima y sus giros silenciosos, no había hecho movimiento alguno visible ese día. No hubo destellos ni vibraciones. Solo un hecho frío como una hoja de cálculo: casi doscientas figuras centrales del poder político global ya no estaban. 

Las preguntas se multiplicaron. ¿Era un castigo? ¿Una advertencia? ¿Una selección? ¿Un reinicio? El desconcierto se mezcló con teorías, plegarias, rabia y una sensación más profunda: una humanidad que, por primera vez en siglos, sentía la desnudez de un mundo sin jerarquías políticas visibles. 

En las familias la conversación del día cambió de tono. En el norte se apagaron chimeneas que antes habían sido símbolo de celebración. En el sur las sobremesas cálidas se volvieron discusiones inquietas. En las islas tropicales nadie sabía si continuar los bailes previstos o detener hasta el paso. Los niños miraban a los adultos buscando respuestas que ya no existían. 

Y al caer la noche en unos sitios mientras el día seguía vivo en otros, quedó claro que algo más grande que un simple secuestro había ocurrido. Los líderes desaparecidos no volverían ese día. No habría discursos ni comunicados. La humanidad tenía que aprender a pensar sin jefes mientras el cielo, indiferente, mantenía su máquina inmóvil, observando. 

El veinticinco de diciembre terminó sin concluir realmente, porque el miedo no obedece a husos horarios. El desconcierto se volvió un idioma común, más claro que cualquier lengua. El mundo había entrado en una nueva fase, una en la que las estructuras del poder comenzaban a resquebrajarse. Y lo peor, como siempre, era la certeza silenciosa de que aún faltaba más. 

¡Feliz Navidad! 

Capítulo 26. Sin jefas ni jefes 

El amanecer del 26 de diciembre cayó como una manta pesada sobre un planeta sin jefas ni jefes. Ni presidentes, ni presidentas, ni primeros ministros, ni primeras ministras. Nada. Se habían ido todos y toda la noche anterior con la puntualidad de un meteoro y la discreción de un fantasma. El mundo quedó sonando a eco, como una casa vieja cuando los adultos salen y solo quedan criaturas confundidas caminando entre los muebles. 

En Argentina había gente llorando a Milei como si se hubiera evaporado su gurú personal. Un señor abrazado a una foto sostenía que el libertario volvería, mientras a unas cuadras una muchacha celebraba con una lata de birra porque por fin alguien lo había callado. En Estados Unidos, parte de la población juraba que Trump regresaría pronto porque “no puede dejar a su pueblo así”, mientras otra parte brindaba con alivio por la ausencia temporal de discursos incendiarios. 

Europa estaba partida entre quienes rezaban por sus lideresas y líderes y quienes celebraban que ya no habría decretos sorpresivos ni maratones burocráticas para acabar el año. Había velas, memes, improvisaciones. Un caos emocional universal. 

Mientras tanto en Costa Rica: 

Antes de que se supiera que había otras desapariciones de líderes mundiales, la gente se dejó llevar.  

El golpe fue seco. El país despertó sin Rodrigo Chaves. Cero avisos. Cero señales. Cero goma al amanecer. Ni gritos, ni indirectas, ni amenazas veladas. Silencio puro. Y en lugar de alivio o reflexión, ante la ausencia del amado líder, la fanaticada se volvió más violenta. 

En redes sociales aparecieron transmisiones donde hombres y mujeres gritaban que el PLN había “matado al presidente más valiente de la historia”. No presentaban pruebas; solo convicción y rabia. Otros afirmaban que “la prensa canalla” lo había desaparecido. Algunos hasta aseguraron haber visto drones sospechosos rodeando Casa Presidencial, como si aquel relato tuviera algún sentido. Había llanto, insultos, amenazas, y un fanatismo que se alimentaba del vacío de poder como si fuera gasolina. 

Mary Munive, por sucesión constitucional, se convirtiría, en ausencia del titular, en presidenta. El aviso fue surrealista. Un salón apagado, funcionarios mirando al piso, cámaras estatales enfocando su cara desde ángulos torcidos. Mary trataba de mantener postura, pero se le notaba el susto. Le habían soltado el país en las manos sin previo aviso y con una tropa de seguidores furiosos esperando explicaciones que ella tampoco tenía. 

La prensa oficialista entró de inmediato en modo fantasía. Publicaron hipótesis que parecían escritas en un laboratorio de humo. Que Rodrigo había sido secuestrado por un país vecino. Que seguía en una misión secreta. Que se había comunicado mediante señales electromagnéticas con un asesor. Incluso un noticiero estatal mostró una animación absurda sobre un “campo energético desconocido” que pudo haberlo envuelto. Medio país se rio, la otra mitad lo compartió como si fuera evidencia. 

La oposición también se emocionó con sus propias historias. Unos decían que el presidente había fingido su desaparición para no enfrentar la acusación de beligerancia electoral. Otros aseguraban que su estado médico, del que tanto se habló en rumores pocos delicados, podría haber agravado la situación y él habría buscado ocultarse. Y no faltó quien insinuara que simplemente se cansó y se marchó sin despedirse. 

En la calle, la mezcla era rara. Unas personas estaban aliviadas. Otras celebraban que ya no habría más conferencias llenas de gritos y menosprecio. Otras lloraban con una fe que rozaba la devoción ciega. Y el resto trataba de entender quién firmaría los cariñitos, quién manejaría la economía o quién iba a confirmar que el país no se estaba cayendo a pedazos. 

Mientras tanto, grupos radicalizados de seguidores organizaron vigilias, caravanas, protestas repentinas. Gritaban que “Costa Rica se quedó sin su líder por culpa de la política tradicional”. Acusaban al PAC, al PLN, al Frente Amplio, al OIJ, a cualquiera que no estuviera en sus listas de “gente buena”. Había amenazas contra periodistas, insultos contra figuras públicas, desinformación compartida como si fueran estampitas religiosas. 

El país siguió funcionando, sí, pero con un ambiente espeso. Sin un líder que monopolizara la conversación nacional, surgió un silencio incómodo que nadie sabía cómo llenar. Un silencio en el que cabían la rabia, la risa, la especulación, los miedos y las teorías más absurdas. 

El 26 de diciembre quedó grabado como el día en que Costa Rica se quedó sin su presidente, pero con demasiados voceros improvisados. Un día que anunció que nada volvería a ser igual y que el desconcierto, la violencia verbal y el vacío de poder apenas estaban empezando a mostrar sus primeras sombras. 

Hasta se dijo que la candidata a la presidencia del partido oficialista quería asumir de una vez la silla presidencial, así el país se ahorraría mucho dinero en las elecciones del 2026. Obviamente era una tontera más de la secta chavela.  

Poco a poco el planeta fue cayendo en cuenta que no fue solo Chaves, que fueron todos los líderes visibles de cada país. Aunque los fans de Chaves no querían regresar a sus casas, acampaban afuera de la Casa Presidencial y tenía tomado el bulevar de la Corte en el Primer Circuito, porque juraban que Chaves estaba en cárceles del OIJ. 

Capítulo 27. El día en que se tragó a los poderosos 

El veintisiete llegó sin anunciar nada nuevo en el cielo. El objeto seguía allí, suspendido como un secreto que nadie podía descifrar. La gente común, ya curtida por la ausencia de presidentes y primeros ministros, apenas se asomó a las pantallas con la paciencia resignada de quien espera otra mala noticia. Pero en los círculos donde el poder todavía respiraba, la tensión era un animal vivo. 

Las élites del planeta habían convocado una reunión global, un intento desesperado por entender qué estaba pasando, por recomponer una jerarquía que ya no obedecía a nadie. Llegaron en líneas privadas, en convoyes escoltados, en esos transportes blindados que parecen alardes de otra época. El calor del sur del planeta derretía los trajes oscuros como si los estuviera castigando. El frío del norte mordía a los que allá se reunieron con la misma frialdad que siempre los había hecho sentir intocables. Cada región reunió a los suyos, porque ya nadie confiaba en nadie. 

No estaban solo los reemplazos improvisados de los gobiernos; llegaron también los que siempre habían empujado los hilos del mundo desde las sombras, herederos de dinastías económicas, familias influyentes, asociaciones empresariales que conocían los calendarios del poder mejor que los monjes conocen las estaciones del rezo. Llegaron ministros, asesores, directores de bancos centrales, presidentas de cámaras industriales, magnates tecnológicos. Y llegaron las segundas vicepresidencias, figuras que casi nunca ocupan titulares salvo cuando hay que cortar cintas o posar en fotos diplomáticas. Ahora eran parte de la lista, y aunque no lo sabían, también eran parte del menú. 

También estaban ahí, mezclados entre trajes caros y sonrisas tensas, quienes nunca figuraban en documentos oficiales, pero dictaban más que un gabinete entero. Asesores personales con poder de veto, estrategas que escribían discursos desde la sombra, parientes que actuaban como oráculos, jefes de campaña convertidos en brazos derechos sin cargo alguno. Y también los representantes de cámaras empresariales que decidían políticas públicas sin necesidad de urnas ni votos, los tutores económicos que movían presidentes como piezas de un tablero privado. Ellos no pensaban estar en riesgo; se sentían a salvo porque nunca aparecían ante cámaras. Pero estaban en la lista, aunque todavía no lo sabían. 

Se contaron. Las cifras siempre calman a los poderosos, como si la matemática les diera permiso para seguir mandando. En total, ciento treinta y dos altos cargos reunidos en distintos puntos del planeta. Había setenta y nueve hombres y cincuenta y tres mujeres, aunque la proporción varió según los continentes: en algunas regiones el dominio masculino todavía era un viejo mueble pesado, en otras las mujeres ocupaban posiciones que antes les habían negado durante generaciones. También estaban cuarenta y seis segundas vicepresidencias, un cargo muchas veces decorativo, pero que de pronto se volvió tan mortal como cualquier otro. 

Lo que nadie sabía era que esa reunión del veintisiete jamás iba a terminar. 

El primer indicio no fue un sonido. Fue la sensación. Un estremecimiento suave en el aire, como si el planeta hubiera respirado hacia adentro. Luego vino la luz. No una luz dramática, ni un rayo divino, ni un espectáculo hollywoodense. Fue una claridad discreta, casi modesta, que entró por las ventanas de los salones donde las élites debatían su propia supervivencia. Y después, simplemente, dejaron de estar. 

Las cámaras quedaron filmando sillas vacías. Los micrófonos transmitieron el eco de salas cada vez más profundas. Las agendas quedaron abiertas sobre las mesas, marcando citas que ya no se cumplirían. Los intérpretes se quedaron con las frases a medio traducir en la boca. Nadie vio cuerpos subir, nadie vio piernas caminar hacia ninguna puerta. Los asistentes, los escoltas, los choferes, todos quedaron mirando el mismo punto de ausencia, tratando de engañar al cerebro con explicaciones que nunca llegarían. 

En el sur, el calor siguió pegando contra los ventanales, ajeno al espanto. En el norte, la nieve siguió cayendo con esa calma impasible que no le debe nada a la política. El clima no cambió. El mundo sí. 

En cuestión de minutos los teléfonos empezaron a sonar sin respuesta. Las redes sociales ardieron con teorías, insultos, rezos, burlas, teorías más absurdas, videos borrosos, interpretaciones espirituales, y ese veneno oportunista que siempre emerge cuando se abre un hueco de poder. La gente común volvió a sentir ese nudo en el cuerpo, una mezcla de alivio, porque tantos privilegiados desaparecidos parecían justicia poética, y un miedo nuevo, más profundo, más silencioso. 

Porque si la nave, el artefacto, la presencia, ya nadie sabía cómo llamarle sin quedar corto, se estaba llevando a los poderosos, entonces la estructura completa del mundo se estaba cayendo como un puente viejo. 

Los conteos finales se hicieron con manos temblorosas. Sus equipos confirmaron que habían desaparecido no solo los altos cargos, sino también los suplentes, los vicepresidentes de segundo rango, las figuras de transición en caso de tragedia, los enlaces diplomáticos de seguridad, los ministros de defensa, los secretarios de inteligencia, las asesorías estratégicas. Todas esas piezas que garantizaban la continuidad del poder se habían desvanecido en un mismo instante. No solamente en el sitio de esta reunión, sino por todo el mundo. 

Ciento treinta y dos líderes. Cuarenta y seis segundas vicepresidencias. Casi doscientas personas en total. De todos los continentes. De todos los climas. De todos los bandos. 

El planeta quedó atónito. Una vez más. 

Y por primera vez desde que apareció el objeto en el cielo, nadie se atrevió a decir que esto era un accidente, una señal divina o una amenaza extraterrestre. Fue otra cosa. Más limpia, más precisa, más quirúrgica. Parecía un juicio. Y lo peor no era eso. Lo peor era que todavía faltaba. 

Capítulo 28. La caída de las coronas, el día de Herodes 

El veintiocho de diciembre amaneció distinto, pero no por el sol ni por las nubes. El clima siguió su curso como si nada, tibio aquí, ardiente en el sur, cortante en el norte, húmedo en los archipiélagos dispersos entre océanos. Lo que cambió fue el respirar humano, más denso que la atmósfera misma, cargado de un desconcierto que no necesitaba traducción. Mientras los ciudadanos buscaban respuestas entre periódicos sin titulares confiables y pantallas que solo repetían la misma frase de emergencia, en los palacios del mundo se instalaba un silencio que ninguna dinastía había previsto en sus planes de sucesión. 

Esta vez se llevaría también a las niñas y los niños inocentes. 

Las monarquías cayeron primero como cae un telón mal asegurado. No hubo golpes militares, ni rebeliones súbitas, ni comunicados solemnes desde balcones centenarios. Simplemente dejaron de estar. Reyes, reinas, príncipes herederos, consortes, duques y duquesas, segundones invisibles y hasta los primos remotos incluidos por formalidad en las líneas sucesorias. Todos desaparecieron con la misma precisión quirúrgica que se había llevado a los presidentes unos días antes. El planeta despertó sin sangre azul. En algunos reinos se hizo evidente al abrir las puertas cerradas por dentro. En otros, los guardias llamaron durante horas a figuras que ya no respiraban entre esos muros perfumados. Hasta en los territorios isleños más lejanos, donde la gente agradecía que la realeza fuera apenas una foto en los billetes, la noticia llegó como un temblor sin epicentro. 

La cuenta global se volvió un ejercicio imposible para analistas que nunca gustaron de las matemáticas más allá del protocolo. Europa quedó sin doce casas dinásticas, cada una con sus descendencias largas como genealogías de novela gótica. Medio Oriente perdió cuatro tronos completos, incluyendo familias gobernantes cuyos árboles genealógicos parecían raíces de un viejo dátil. Asia registró la desaparición de tres casas reales menores, esas que aún decoraban ceremonias más turísticas que políticas. Hasta en los microestados, donde una corona era más símbolo que poder, desaparecieron. 

Los números crecieron como un inventario triste. Ciento setenta y cuatro personas asociadas a coronas, contando líneas directas e indirectas. Ciento y tantas almas que vivían entre retratos oficiales y cenas diplomáticas. Muchos habían pasado su vida sin decidir ni un semáforo en su reino, pero igual se los llevó el mismo designio que a quienes aparecían en monedas de colección. No hubo distinción entre quien reinaba de verdad y quien reinaba por costumbre histórica. 

Lo absurdo de la institución quedó desnudo como nunca. Las naciones descubrieron que podían seguir funcionando sin un apellido encima, como si la vida siempre hubiese sido así. En algunos lugares, la población se reunió frente a los palacios sin saber si llorar, celebrar o simplemente tomar fotos. Los tronos vacíos resultaron más reveladores que cualquier ideólogo. Eran artefactos ornamentales, reliquias de una época obsesionada con la pureza de sangre y la ilusión del destino divino. Los pueblos, que antes aceptaban la tradición con resignación heredada, vieron por primera vez la estructura sin sus figuras y comprendieron la magnitud del teatro. 

Lo que siguió fue una reorganización urgente. Parlamentos y gobiernos interinos improvisaron transiciones que nunca imaginaron. Consejos de Estado se reunieron con la prisa de quien sabe que no hay manual para este tipo de tragedias. En algunas naciones se declaró luto, en otras un silencio respetuoso, en otras más un alivio sin disimulo. Los sectores más conservadores intentaron convencer al mundo de que aquello era un atentado contra la civilización, pero incluso sus voces sonaron débiles, como si entendieran que la historia, al fin, se había dado permiso para actualizarse. 

El planeta, sin embargo, no tuvo tiempo de digerirlo. El caos institucional se mezcló con la sensación de que algo mucho mayor seguía escribiéndose en la sombra del artefacto que aún orbitaba la Tierra. Los pueblos miraban hacia arriba y hacia adentro al mismo tiempo. Y entre las ruinas simbólicas de las coronas extintas, surgió la primera intuición global, silenciosa y cruda: si los poderosos de sangre heredada habían caído, nadie estaba a salvo del siguiente movimiento de aquella voluntad extraterrestre. 

Ese día, mientras el mundo contaba desaparecidos con manos que temblaban de incredulidad, las coronas dejaron de existir como concepto. Y el aire humano, cargado de preguntas sin dueño, empezó a prepararse para la siguiente sacudida. Porque lo que se había ido no era solo una institución antigua. Era la idea de que el destino de un país pudiese pertenecer a una familia elegida por nacimiento, un mito que se derrumbó con la misma facilidad con que se disipa una sombra cuando empieza la mañana en cualquier punto del planeta. 

Capítulo 29. El día en que las instituciones también miraron hacia arriba 

El veintinueve de diciembre amaneció con ese aire extraño que no dependía del clima sino del silencio. No era el silencio de la gente que ya había visto desaparecer a presidentes, primeros ministros, segundas vicepresidencias y hasta monarquías completas. Era otro tipo de quietud. El mundo se llenó de pasillos alfombrados donde los zapatos de miles de burócratas dejaron de hacer ruido, como si caminaran sobre algodón húmedo. Las organizaciones internacionales llevaban días diciendo poco y pensando demasiado, tragando seco ante la evidencia de que sus propios jefes no estaban tan altos en la cadena cósmica como se creían. 

La reunión global que se había convocado ese día era una exhibición planetaria de impotencia. La ONU intentó encuadrarlo todo en lenguaje diplomático, con frases que parecían sacadas de un manual de protocolo diseñado para reuniones de café tibio, no para la posible extinción de la jerarquía humana. La OTAN apareció tensa, con la garganta apretada por la sospecha de que ni sus arsenales ni sus tratados podían protegerlos de un artefacto que los ignoraba por completo. La OCDE llegó con traje caro y alma en venta, lista para producir un informe sobre el estado del planeta sin su élite política, mientras sus técnicos murmuraban entre sí que, de todas formas, las métricas ya no servían para nada. 

En una mesa circular virtual, con delegados conectándose desde todos los hemisferios, las cámaras captaron rostros que querían parecer firmes.  

Y así, mientras el aparato seguía su curso implacable, el mundo empezó a vivir en una especie de vigilia muda, sin héroes ni mártires, donde cada uno tomaba conciencia de una fragilidad compartida. Las calles se llenaron de miradas que evitaban el cielo y de conversaciones susurradas en las que nadie se atrevía a predecir el siguiente movimiento. Por primera vez en generaciones, la humanidad se sintió pequeña ante un juicio que no respondía a súplicas ni a poder. El día transcurrió envuelto en esa certeza nueva: que el orden que conocíamos podía desaparecer en cualquier instante, y que lo único que quedaba era el eco de nuestras propias acciones resonando en la memoria de un mundo que, finalmente, había empezado a mirar hacia todos por igual. 

Algunos trataban de mantener la compostura institucional. Otros exhibían sin vergüenza el pánico pequeño, ese miedo que corre por debajo de las corbatas. Parecía una escena diseñada para que el mundo confiara en algo, pero ocurría lo contrario. Cada frase mostraba la desnudez de un sistema acostumbrado a hablar con autoridad y que ahora apenas podía aceptar que no entendía nada. 

Cuando el aparato espacial giró apenas unos grados más, la reacción fue universal: miles de cabezas levantadas, pantallas congeladas, anotadores cayendo de las manos. No hubo un rayo, ni un sonido grave, ni un efecto especial. Simplemente ocurrió. En un parpadeo desaparecieron quienes presidían las instituciones más grandes del planeta. La ONU perdió a su secretario general y a todos sus adjuntos. La OTAN se quedó sin su secretario general, sin sus comandantes y sin la mitad de sus representantes permanentes. La OCDE vio evaporarse a su secretario y a los directores de área, junto con varios embajadores. También cayeron los altos cargos del FMI, el Banco Mundial y la OMC, como si alguien hubiera hecho una lista curada cuidadosamente de quienes sostenían el andamiaje financiero y geopolítico global. 

Los conteos se hicieron en tiempo real, compilados por universidades, periodistas, curiosos y gente con demasiado tiempo libre. Las cifras terminaron revelando un patrón perturbador. Casi todos eran personas con poder blando, poder duro o poder simbólico. Entre desaparecidos y sobrevivientes, quedó claro que quienes aún dirigían oficinas menores o programas olvidados seguían ahí. El aparato no quería gestores, solo estructuras. Y esas se desmoronaban sin hacer ruido. 

A la prensa le tomó apenas unos minutos entender lo que pasaba. La noticia corrió por las pantallas con una velocidad nerviosa. Los encabezados cambiaban cada treinta segundos, como si el mundo entero hubiera entrado en un ataque de ansiedad. Se hablaba de secuestro masivo, de castigo cósmico, de purga intergaláctica, de reorganización universal. Ninguna teoría alcanzaba, pero todas se repetían con entusiasmo. 

El impacto fue inmediato. Las grandes instituciones, esas que habían crecido creyendo que nunca serían desplazadas, quedaron sin cabeza. Lo más sorprendente no fue su colapso administrativo sino su incapacidad emocional. Sin figuras que representaran autoridad, quedaron en carne viva, incapaces de producir directrices, de tranquilizar estados, o de emitir declaraciones de peso. Una especie de vacío desnudo y global inundó las oficinas de vidrio y acero. 

En las horas siguientes se debatió entre quienes quedaban si la misión era resistir, huir, cooperar o simplemente admitir que habían perdido la partida. Algunas voces pedían reconstruir la autoridad desde abajo. Otras confesaban que sin sus líderes no sabían ni por dónde empezar. Y hubo quienes, con honestidad brutal, dijeron lo que muchos pensaban en silencio: tal vez se estaban llevando a quienes negociaron demasiado fácil con los poderosos del mundo y demasiado poco con la gente que lo habitaba. 

Nadie sabía si era un castigo o una depuración, una lección o un mensaje. Solo se sabía que el planeta había pasado, en menos de diez días, de temer a un extraño objeto celeste a ver cómo el propio andamiaje que lo organizaba se deshacía como tinta en agua. 

El veintinueve de diciembre quedó grabado como la fecha en que la humanidad descubrió que las instituciones que juraban representar sus intereses no eran inmunes a nada. Y que cuando dejaron de existir sus líderes, lo que quedó fue un conjunto de edificios vacíos, sellos oficiales sin dueño y logos brillando sin propósito. 

Afuera, la gente respiró hondo y siguió con lo suyo. Los mercados, los cultivos, las calles. Habían entendido algo que los altos cargos nunca quisieron ver: la vida continúa incluso cuando los que creen mandar dejan de estar. 

Capítulo 30. Cuando llegó el turno de los intocables 

El treinta de diciembre amaneció como cualquier otro, dependiendo de dónde lo viviera cada uno. En el norte del planeta el frío seguía mordiendo la piel de quienes caminaban temprano; en el sur las jornadas avanzaban con calor aplastante; en los trópicos la humedad envolvía los mercados, las oficinas y las casas como una manta tibia. El clima no cambió. Lo que cambió fue la sensación colectiva de que algo faltaba por caer. Que el aparato seguía mirando hacia abajo, evaluando, escogiendo. 

Ese día no desapareció ningún presidente, ni ningún diplomático, ni un solo miembro de monarquías ya inexistentes. La humanidad se dio cuenta de que la siguiente capa de la estructura del poder era otra. Una que había operado siempre desde la sombra y desde la impunidad. Y cuando empezaron a difundirse las primeras listas, muchos entendieron que la justicia, por fin, había aprendido a usar las escaleras hacia arriba. 

Los grandes banqueros del planeta dejaron de existir sin previo aviso. Algunos estaban en sus oficinas rodeados de alfombras finas, la vista panorámica y el sonido constante de transacciones. Otros estaban en sus casas, revisando informes que nunca más tendrían sentido. En cuestión de horas desaparecieron cientos: presidentes de bancos privados, directivos de conglomerados financieros, arquitectos de fondos que especulaban con la vida de países enteros. Era como si la Tierra hubiera decidido pasar una escoba por las oficinas donde el aire siempre fue artificial. 

Pero el aparato no se detuvo ahí. Las industrias más contaminantes temblaron como si un viento frío las recorriera por dentro. Los magnates del petróleo, del gas, del carbón, de las químicas que envenenaron ríos durante décadas, todos empezaron a ser reportados como desaparecidos. También los dueños de corporaciones mineras que habían arrancado montañas enteras para engordar balances. Los nombres se multiplicaban en cada huso horario. La cifra creció rápido: más de doscientos líderes del sector energético, setenta de las mineras más cuestionadas, ejecutivos responsables de derrames, incendios forestales provocados y emisiones fraudulentamente escondidas. La humanidad no sabía si celebrar o temer.  

También llegó el turno de quienes habían convertido la salud en un negocio despiadado. Los dueños y directores de las grandes farmacéuticas desaparecieron con la misma pulcritud implacable. Cayeron los presidentes de juntas, los directores ejecutivos, los arquitectos de precios imposibles para medicamentos que podían salvar vidas y no lo hicieron. Se borraron de golpe los nombres que durante décadas habían decidido quién tenía derecho a un tratamiento y quién no, según la cifra de una cuenta bancaria. 

Detrás de ellos se fueron los altos mandos de las aseguradoras de salud que habían dejado morir a miles, amparadas en letra pequeña, exclusiones y formularios interminables. Directores, subdirectores, gerencias que firmaron protocolos de negación sistemática desaparecieron en silencio, en hospitales donde médicos y enfermeras siguieron trabajando, pero con una sensación rara, como si alguien hubiera arrancado del edificio la capa más fría y calculadora. En cuestión de horas quedó claro que el aparato también había pasado su escoba por las oficinas donde la enfermedad se medía en rentabilidad. 

Fue entonces cuando se produjo el golpe más inesperado. 

Los dueños y presidentes de gigantes mediáticos desaparecieron en cadena, como si una luz hubiese recorrido los corredores donde se fabricaban titulares que moldearon naciones enteras. No fueron solo ellos. Se fueron también los periodistas más poderosos de esas estructuras, los que habían usado su oficio para destruir democracias, sembrar odio, construir mentiras y demoler la autodeterminación de pueblos enteros. Aquellos a los que se les pagó para disfrazar intereses económicos de objetividad. Aquellos que conocían la frontera entre informar y manipular, y aun así la cruzaron cada día sin pestañear. 

Las redacciones quedaron huérfanas de sus coroneles de la post verdad, de las mentiras, del desorden. Las pantallas quedaron sin voces acostumbradas a dictar qué pensar. Las salas de edición, siempre frías, perdieron la arrogancia que las sostenía. Muchos periodistas honestos quedaron helados ante la noticia, preguntándose cuál sería el criterio del aparato. Lo comprendieron poco después: el aparato distinguía. Tomaba a quien había usado el poder comunicativo para herir. Dejaba a quienes, sin importar su línea editorial, defendieron la verdad con la terquedad de quien sabe que la palabra también es un árbol. 

Los conteos de ese día parecían escritos para una novela de fantasía, pero eran tan reales como el aire. Más de seiscientos altos banqueros desaparecidos. Cientos de contaminadores de escala planetaria. Decenas de magnates mineros. Y, según cálculos iniciales, alrededor de doscientos cincuenta ejecutivos y presentadores de grandes corporaciones mediáticas, junto con un número significativo de periodistas que habían hecho carrera moldeando realidades a pedido. Nadie podía decir que aquello era un accidente. Era una selección quirúrgica. 

La reacción global fue extraña, casi contradictoria. En zonas rurales donde la tierra había sido devastada por intereses externos, la noticia cayó como un regalo que nadie se atrevía a celebrar en voz alta. En las ciudades, la incertidumbre se mezcló con un alivio tímido. En los barrios costeros, donde la pesca había colapsado por contaminación o sobreexplotación, la desaparición de los responsables provocó conversaciones largas a la orilla del mar. No alegría. No tristeza. Algo distinto. Algo parecido a la primera bocanada de aire después de un incendio. 

Ahora tendrían que tomar decisiones, si seguían desmantelando los mantos terrestres sin la menor preocupación o lo harían extrayendo lo justo para que la tecnología siguiera funcionando. La decisión sería en colectivo, desde abajo.  

Ese día la humanidad descubrió que el aparato no solo observaba. Comprendía. Juzgaba. Recordaba. 

El miedo cambió de dirección. Por primera vez no era la población la que temblaba ante los poderosos. Eran los poderosos los que temblaban ante la memoria del planeta. 

Y quedaba claro que el golpe siguiente sería aún más inesperado. Porque faltaban nombres… nombres antiguos, nombres pesados, nombres que siempre se habían sentido a salvo. 

Capítulo 31. La última purga y el silencio de los templos 

Nadie vio venir que, después de los mandatarios, las monarquías y los organismos internacionales, el artefacto celestial siguiera su recolección con los personajes que por décadas habían ocupado la penumbra de los retratos oficiales y los prólogos de los libros de historia. No fue una jornada única, ni un gesto dramático. Fue un goteo lento, como si la nave hubiera aprendido a elegir con calma, seleccionando figuras que durante generaciones habían moldeado destinos sin enfrentar jamás el juicio de quienes cargaron con sus consecuencias. 

Los expresidentes desaparecieron alrededor del planeta con la misma discreción con que habían firmado decretos que nadie leyó completos. No hubo luces, no hubo estruendos, solo ausencias que fueron cayendo en cascada. Algunos estaban retirados en sus haciendas o mansiones costeras, otros narraban sus memorias frente a cámaras, otros cultivaban el viejo vicio de sentirse imprescindibles. Ninguno tuvo tiempo de dejar mensaje. Ni siquiera los más vanidosos, acostumbrados a que un simple respiro suyo fuera titular. 

Y entre ellos, más de uno intentó acomodar la historia a su favor cuando la nave ya estaba cerca. Algunos repitieron discursos escritos durante sus grandes épocas de audacia política. Otros se refugiaron en viejas amistades. Y más de uno creyó que podía deslizarse entre la red cósmica con la misma viveza que lo sostuvo entre campañas electorales, pactos silenciosos y cenas de poder. Pero el aparato los tragó igual, sin permitir cortes comerciales ni despedidas solemnes. 

Los exdictadores tampoco escaparon. En algunos países se los llevó la nave cuando aún dormían en camas tan blindadas como sus pasados, o en cárceles. Otros fingían enfermedad para evitar tribunales locales. Ninguno fue contemplado por el artefacto con indulgencia. Cayeron por docenas, borrados como si el universo, harto de revisar expedientes, hubiera decidido que ya no necesitaba más su capítulo de tiranos. 

El turno de los líderes religiosos llegó en oleadas. El planeta los admiró por años con devoción o desconfianza, según la esquina del mundo y la infancia de cada quien. Algunos estaban ofreciendo sermones millonarios, otros realizaban ceremonias ancestrales con el rigor de siglos, otros rezaban en silencio. La nave no distinguió atuendos. Se llevó a los mercaderes del templo, a los profetas de oro, a los iluminados de micrófono y a quienes habían convertido la fe en estructura de control. También a los que habían confundido poder con misión. Pero dejó, curiosamente, a algunas y algunos de los guardianes espirituales de pueblos originarios, cuya palabra no buscaba diezmar, sino acompañar. Ellos amanecieron intactos, sorprendidos pero enteros. 

En medio de esa barrida final, hubo escenas casi literarias. En un país del trópico, un expresidente octogenario, Premio Nobel de la Paz, revisaba por enésima vez un borrador de discurso donde insistía en que había sido el arquitecto de una época dorada. Se acomodó la chaqueta, ensayó esa sonrisa que tantas veces funcionó, levantó la mirada para confirmar que la cámara lo enfocaba como siempre. Y entonces, zas, la silla quedó vacía en un parpadeo. Las aves seguían cantando afuera. Todo quedó así de simple, así de seco. Como si el universo le hubiera dado exactamente el mismo trato que él dio tantas veces a los demás: eficiencia sin pausa y sin consulta. 

La humanidad entera sintió el peso de esa última ronda de desapariciones. Ya no era la pérdida de líderes en funciones, ni de estructuras. Era la evaporación de quienes habían escrito los capítulos más tumultuosos, injustos, brillantes o nefastos del último siglo. Era una purga cósmica que cerraba un ciclo con un portazo invisible. 

Una niña rezaba ese último día del año, por favor ET llévate al monstruo que duerme debajo de mi cama, y el OVNI le cumplió su rezo, desaparecieron los pedófilos del planeta, pero tardaron en darse cuenta, una o dos semanas después del hecho, porque como se llevaron a los religiosos, a los genocidas, a algunos militares, pues no sabían, solo sacando conclusiones había algunos abducidos que no encajaban en el esquema de las otras abducciones.  

Y entonces, cuando el planeta parecía ya vacío de poderes y voces que dictaban rumbo, o maldad, ocurrió lo que nadie se había atrevido ni siquiera a imaginar. 

Casi al concluir la última hora de aquel día, cuando el sol se recogía en unas regiones y emergía en otras, el artefacto realizó un último movimiento, esta vez más profundo, más silencioso, más definitivo. No apuntó a personas. Apuntó a objetos. A los arsenales. 

En cuestión de minutos, desaparecieron todos los misiles balísticos intercontinentales, cada cabeza nuclear construida desde 1945, todo torpedo atómico almacenado en submarinos estratégicos, cada silo escondido bajo capas de cemento y secreto. Se desvanecieron las bombas de hidrógeno, los sistemas de lanzamiento en tierra, en mar y en aire. Los aviones diseñados para transportar destrucción masiva quedaron sin carga. Los laboratorios militares se encontraron sin un solo gramo de uranio enriquecido, ni plutonio apto para detonación, ni torio estabilizado, ni circonio templado para blindajes críticos. Era como si el universo hubiera borrado de un plumazo todos los metales que el ser humano había torturado químicamente para convertirlos en amenaza global. 

Incluso los depósitos ocultos, aquellos que ni los propios gobiernos admitían, fueron vaciados. Los satélites militares confirmaron la ausencia de cualquier señal térmica asociada a armas nucleares activas. Los sensores de masa detectaron huecos donde antes había materia pesada. Los barcos de guerra perdieron su arsenal sin perder su flotabilidad. Y los países quedaron desnudos, igualados, vulnerables ante un cielo que parecía haber decidido darles otra oportunidad. 

Fue un desarme absoluto. Una amputación cósmica de la capacidad humana para destruirse a sí misma en segundos. 

En el último minuto antes de que terminara el día en la última zona horaria del planeta, el artefacto hizo lo único que faltaba. Absorbió todo el uranio apto para armas, todo el plutonio, todo el material fisionable refinado durante décadas. Ni un fragmento quedó en manos de nadie. 

Fue un regalo final. Un acto verdaderamente tierno que el artefacto había tenido. Un reinicio silencioso, una página en blanco sin el olor metálico del miedo nuclear. 

Cuando el reloj global marcó el paso al siguiente día, el mundo estaba sin líderes, sin tiranos, sin templos de poder, y ahora también sin la sombra de un invierno atómico. Era un planeta recién lavado, aunque todavía aturdido. 

Cada corazón humano supo, sin que nadie se lo explicara, que ese gesto no era destrucción. Era la posibilidad de empezar distinto. 

Feliz Año Nuevo 2026. 

Capítulo 1. El primer día para reiniciar 

El año cambió sin ceremonia. En algunas partes del planeta la luz golpeó las casas con un calor que levantó olores de tierra húmeda. En otras, el frío se pegó a las ventanas y las dejó empañadas, como si el mundo respirara con dificultad. No hubo fuegos artificiales, ni brindis multitudinarios, ni discursos televisados: todo eso se había ido con quienes solían encender las luces y escribir los guiones. 

El primero de enero del 2026 amaneció extraño, tan nuevo que asustaba. Las ciudades seguían allí: avenidas trazadas como cicatrices, edificios en pie sin mandato, antenas y cables esperando órdenes que no llegarían. Los satélites continuaron su danza orbital, fieles a sus trayectorias, pero sin nadie que interpretara las señales. Era un orden automático encima de un desorden humano. 

La gente salió de sus casas con la cara de quien se asoma por primera vez a un lugar que ya conocía. Algunos fueron a caminar sin rumbo; otros se reunieron en plazas, mercados, aceras. Nadie sabía qué hacer, pero todos intuían que no había vuelta atrás. 

El planeta estaba acéfalo, sí, pero también estaba desnudo por primera vez en siglos. Sin presidentes, sin jerarcas, sin profetas, sin magnates, sin generales. Lo que quedaba era el ser humano con su miedo y su memoria, con el instinto de sobrevivir y la torpeza de decidir por sí mismo. 

En África oriental, un grupo de jóvenes se sentó bajo un árbol baobab y discutió qué hacer con los alimentos almacenados en unas bodegas que nadie reclamaba. En Europa mediterránea, pescadores se reunieron en un muelle y acordaron salir juntos, no por un mercado sino por las aldeas que tenían hambre. En América del Sur, campesinas que habían sembrado durante los días del pánico comenzaron a organizarse para enseñar a otras personas a cultivar. En Australia, familias enteras limpiaron los alrededores de sus casas después de semanas de incertidumbre, como si un gesto práctico pudiese poner el alma en orden. 

En los barrios urbanos más duros también hubo movimiento. Algunas pandillas, sin rivales que manipularan su hambre y su rabia, simplemente se disolvieron como si hubieran despertado de un sueño absurdo. Otras comunidades improvisaron cocinas colectivas en parques y estacionamientos. Alguien llevó ollas, alguien más llevó arroz, alguien puso música vieja en un parlante cansado. Fue tenue, pero fue un inicio. 

Sin embargo, el vacío de liderazgo no era un regalo limpio. También aparecieron los oportunistas, los que creyeron que el derrumbe del poder era la invitación para erigirse como salvadores improvisados. Pero nadie les creyó. Después de las desapariciones, la humanidad había desarrollado un radar instintivo contra la autoridad súbita. La desconfianza era un animal despierto. 

Al mismo tiempo, un pensamiento inusual se expandió lento pero firme. Las personas empezaron a preguntarse qué significaba reconstruir un mundo sin repetir la arquitectura que lo había arruinado. Nadie tenía un plano, pero la idea tomó forma: comunidades pequeñas, decisiones compartidas, prioridades simples. Agua limpia, comida suficiente, salud sin mercancía. La conversación se repetía en idiomas distintos, en climas opuestos, en acentos que nunca se habían escuchado entre sí. Como si la misma intuición emergiera del suelo. 

En las costas de Asia meridional, pescadores y maestras se reunieron en la playa y hablaron de crear un consejo rotativo de decisiones, sin nombres permanentes, sin tronos. En una villa de Brasil, familias asentaron una regla simple: nadie duerme con hambre, nadie duerme en la calle. En los Andes, un anciano que había vivido más que casi todos murmuró que la humanidad estaba por fin tan sola como debía estar, y que ese era el comienzo del aprendizaje real. 

El primer día del nuevo año dejó claro que el planeta no sabía hacia dónde caminar, pero por primera vez en mucho tiempo no había manos invisibles empujando hacia el abismo. Solo quedaban los pasos humanos y las cicatrices de la historia, con el espacio suficiente para intentar algo distinto. 

La nave, allá arriba, seguía en su órbita silenciosa, observando. No enviaba señales. No giraba. No se movía más de lo necesario. Pero su presencia era un recordatorio: el tiempo de depender de dueños y de salvadores había terminado. 

La humanidad, todavía temblorosa, empezó a caminar sin maestro. Y aunque no lo sabía, ese era el verdadero comienzo. 

Capítulo final. La justicia del ovni 

La luz amaneció distinta, algo había cambiado en ese entramado invisible que sostiene a los pueblos cuando se les cae encima la historia: un silencio nuevo, un aire más limpio de certezas ajenas, como si el mundo hubiera despertado sin tutores. 

En los días previos, la gente había hecho lo que pudo. En los campos, quienes sembraron por puro instinto vieron brotar tallos pequeños que parecían un saludo. En las ciudades los grupos improvisados reparaban tuberías, cocinaban juntos, intercambiaban medicinas. La ausencia de los discursos que ocupaban todo el aire dejó espacio para conversaciones sencillas y profundas a la vez, como si la humanidad hubiera recordado un idioma viejo que siempre supo hablar, pero dejó guardado en algún cajón. 

Aun así, nadie olvidaba el cielo. El ovni seguía ahí, enorme y callado, flotando con la paciencia de alguien que ya dijo lo que tenía que decir. Se habían llevado a presidentes, primeros ministros, reyes, empresarias y empresarios que creyeron ser dueños de los destinos ajenos, líderes religiosos de fanatismos lucrativos. La lista era larga y su ausencia dejaba huecos reales: familias rotas, amistades sin despedida, fanáticos llorando en las calles, otros celebrando como si por fin hubieran dado vuelta a la página.  

Pagaron justos por pecadores, murmuraban algunos. Pero la verdad era más incómoda: nadie entendía a esos seres. No su lógica, no su ética, no su filosofía. No sabíamos si respondieron a un llamado, si habían escuchado mil gritos de auxilio humanos, si venían por nosotros desde antes de que supiéramos escribir. La humanidad era apenas un punto gris para ellos, pero de algún modo se habían tomado el trabajo de pasar por aquí y arrancar de raíz a quienes consideraron peligrosos para el futuro. 

No se llevaron a médicos, ni a científicas, ni a técnicos, ni a quienes sostenían la vida cotidiana. Eso quedó claro desde el primer día. La Tierra podía seguir funcionando. Pero le habían cortado las manos al viejo orden que gobernó durante siglos. 

Cuando el planeta empezaba a entender que tendría que aprender a gobernarse solo, la nave se movió. No fue un giro espectacular, apenas un cambio de rumbo que cualquier observador distraído jamás habría notado. Pero quienes miraban al cielo con la dedicación de quien intenta descifrar un idioma imposible sintieron un estremecimiento en el aire, una vibración del tamaño de un susurro. 

La nave, por primera vez desde su llegada, parecía decidir algo. No era amenaza, no era despedida. Era otra cosa. 

En el norte decían que emitía pulsos de baja frecuencia, como latidos viejos. En el sur aseguraban que las nubes cambiaban de forma siguiendo ese ritmo. En algunas islas se hablaba de historias antiguas que describían el mismo brillo, el mismo silencio, los mismos viajeros de cielos remotos que venían solo cuando el mundo estaba a punto de romperse o de renacer. 

El planeta quedó suspendido en una mezcla rara de miedo y esperanza. No porque la nave se moviera, sino porque nadie sabía si aquella justicia extraterrestre era un capítulo cerrado o apenas el inicio de otro juicio, aún más grande. 

Entonces ocurrió el último gesto. Desde la superficie metálica, fría como agua de pozo, surgió una línea de luz que no descendió hacia la Tierra. Ascendió, recta y silenciosa, como un sendero que se ofrecía sin palabras. No era un mensaje. Era una señal. Un recordatorio de que hay caminos que no se recorren con ejércitos ni gobiernos, sino con decisiones. 

La humanidad, fracturada y entera al mismo tiempo, entendió que la nave no venía a destruir ni a guiar. Solo mostraba algo y luego dejaba el vacío para que cada quien resolviera qué hacer con ese vacío. 

Algunos rezaron para que devolvieran a sus seres queridos. Otros suplicaron para que no los regresaran jamás. Había personas llorando por amor, otras por poder perdido. Y había quienes, con el pecho apretado, entendían que aquella selección cósmica había sido brutal, imperfecta, incomprensible. No había justicia humana que pudiera compararse. 

A lo lejos, la nave comenzó a girar hacia su nuevo rumbo. No huía. No perseguía. Solo seguía su trayecto, como si la visita hubiera sido un desvío inevitable dentro de un viaje más largo que toda la historia de la Tierra. 

Y quedó entonces lo más difícil: aprender a vivir sin amos. Sin élites económicas que dictaran destino, sin líderes políticos que monopolizaran el miedo, sin religiones que definieran verdades absolutas, sin imperios que certificaran qué era progreso y qué era atraso. Quedaba la memoria, esa herramienta que siempre llega tarde pero nunca se va del todo. Quedaba el trabajo de reconstruir sin repetir, de mirar atrás sin quedarse atrapado, de mirar adelante sin delegar la responsabilidad. 

La nave 3 I ATLAS, como la llamó la humanidad, desapareció en un punto donde la atmósfera ya no existe. Nunca sabremos si escuchó nuestras plegarias, nuestros insultos, nuestras promesas. Nunca sabremos si cometió errores, o si hizo lo único que podía hacer. 

Pero al final, dejó abierto algo más grande que el miedo: la posibilidad. 

La especie humana, temblorosa y sin guion, tenía por primera vez en siglos una decisión realmente libre que tomar. 

El cuento terminaba así, no porque no hubiera más historia, sino porque apenas comenzaba la verdadera. 

O quizás aun no termina, nos queda saber qué pasó con esas personas abducidas, ¿están vivas? ¿experimentan con ellas? ¿volverán, las llevan a poblar otro planeta? Me imagino a Karina Milei, a Trump, a Putin, su interacción, sus pleitos. Quizás sean personajes para otro cuento. 

-fin- 


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