
Amanece sobre el Reino de Costa Zafiro con un aire pesado, como si el cielo mismo hubiese decidido llorar sobre nuestras cabezas. En la torre del Tribunal se respira un perfume agrio, mezcla de siete machos judicial y pecado rancio. Ha caído Ráñiga, el Sabueso de las Madrugadas, quien al parecer también era perro por las tardes, comandando a los Sabuesos del Tribunal con el celo de un monje y la altivez de un macho convencido de su inmunidad.
Dicen que son varias las damas que lo acusan de vilezas carnales, contagios secretos y abusos de poder. Que sus noches eran largas y sus días llenos de informes sellados con deseo. Y aunque el Reino entero murmura, esta cronista no puede sino observar la puesta en escena con el asombro de quien ve repetirse una función ya gastada. Pues no hay caída sin coro, ni escándalo sin los Ecronistas de la Corte, y el guión de este espectáculo lleva la firma inconfundible del Guarismo decadente.
La Orden de los Palabreros Opacados, aquellos mercaderes de la noticia envuelta en estiércol binario, ha desatado su vendaval. A la cabeza, Glass Chez, el Escribano del Engaño, bufón mayor del Reino, se pavonea ante las cámaras del Tambor de la Corte fingiendo virtud y escupiendo moral. Su espectáculo tiene aroma a encargo y pauta dorada. Detrás de su telón, el Rey Guarito I frota las manos: ha encontrado carne nueva para distraer al vulgo de sus propias podredumbres.
No hay duda: este montaje ha sido urdido en las sombras de Zapotón, donde el monarca y su Corneta Pillina I celebran toda desgracia ajena. Allí se fraguó el plan, entre risas y susurros de vino agrio, para sacrificar a Ráñiga en el altar del escándalo público, y así redimir por un instante la hediondez que exhala la Corte del Guaro.
Mas no se equivoquen las damas del Reino. Que el Sabueso caiga no absuelve su culpa. Si ha herido, si ha violado, si ha contagiado con la enfermedad de la soberbia y del cuerpo, deberá rendir cuentas ante la Justicia, no ante el circo. Pero el espectáculo de su caída, dirigido por un Rey con garrapatas de burro y mirada febril de sífilis mal curada, no busca justicia, sino distracción.
La Orden de las Amazonas, antaño bastión de la defensa y el honor femenino, hoy parece un títere que danza al ritmo de los aplausos de Palacio. Su silencio histórico se quebró solo cuando convenía a los intereses de la Corte. Y así, en lugar de amparar la voz de las víctimas, ha terminado sumándose a la coreografía del Guaro.
Lady Susurros, con el alma empapada de lluvia y pena, contempla el cielo gris de Ciudad Obrera y se pregunta en qué momento el Reino confundió justicia con linchamiento, verdad con montaje, dignidad con espectáculo. Y llora. Llora no por Ráñiga, que de por sí estaba perdido entre madrugadas y deseos de mando, sino por las mujeres cuya voz vuelve a ser usada como espada política, por los cuerpos convertidos en terreno de conquista, por la vergüenza de un Reino que se devora a sí mismo mientras sus cortesanos se cubren con el manto del cinismo.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Y como dice una dama amiga: «si la mitad del reino te conoce la menudencia, lo mejor es no optar por cargos públicos».
Glosario zapotónico
Ráñiga
Sabueso de las Madrugadas, jefe de la Orden Inmaculada Judicial, caído en desgracia por sus excesos.
Guarito I
El Rey del Guaro, monarca de la podredumbre cortesana.
Glass Chez
El Escribano del Engaño, rostro visible del Pergamino Rastrero.
Corneta Pillina I
Dama de lengua veloz, eco de la Corte.
Orden de los Palabreros Opacados
PUM, cámara de la propaganda cortesana.
Orden de las Amazonas
Institución antaño defensora de las mujeres, hoy sometida a la Corte.
Zapotón
Capital del Reino y sede de la Corte Real.
Ciudad Obrera
La urbe donde residen los plebeyos.
Sabuesos del Tribunal
Agentes de la Orden Inmaculada Judicial, brazo policial del Reino.
Corte del Guaro
Gobierno de Guarito I y sus devotos del poder.
