Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Bajo la lluvia pertinaz llegué ayer a El Muñeco, y no hubo capa ni paraguas que salvaran mis enaguas. La humedad se metió entre los pliegues de mis faldas como si quisiera arrebatarme la compostura, pero no se arredró esta dama. Allí me esperaban Lady Sisy, Lady Rocío de los Hatillos y el Paisano del Zurquí, pronto nos sumaron Sir Mario el Matemático y Lady Marcela de la Protesta, voces que saben alzar la palabra aunque el viento sople en contra.

Juntas y juntos nos abrimos paso entre focas amaestradas, pintadas de azul, blanco y rojo, que chillaban con más aspaviento que sentido. Y detrás, sin que lo supiéramos, se acomodó la Rizada, aquella tránsfuga de la palabra, escondida como sierpe tras los cuerpos. No lo descubrimos hasta leerlo en los pergaminos de noticias, que fue ella la que recibió sombrillazos por metiche, la que azuzaba a las damas que lanzaban agua, la que pretendió ser titiritera y terminó como muñeca golpeada.

No éramos multitud, pero sí convicción. Nuestro grupo se confundió entre otros antimonárquicos: gremieros con sus pendones, activistas de muchas causas, y las almas que llevan años peleando por el indispensable hospital que nunca llega a El Muñeco. Las voces de protesta fueron claras, elocuentes y firmes, tan distintas a los rebuznos de los chavelos, que apenas sabían insultar.

Lo feo de la jornada fue entender que ya no es plebe contra corona, sino plebe contra plebe, enfrentamiento sembrado por el propio Guarito I, quien ha inoculado en Costa Zafiro el mal de la división. Y qué ironía, pues las focas amaestradas, cuando balbucearon aquello de “plebeyos unidos jamás serán vencidos”, nosotras también lo gritamos con júbilo, y por un instante todo El Muñeco retumbó con una consigna que nunca fue suya, sino nuestra, del vulgo que lucha. No comprendieron lo que hacían, y en su confusión quedó desnuda su farsa.

Hoy los pergaminos canallas, no alineados con la Corte, informan que el monarca no se presentó a las festividades patrias en Ciudad Obrera. En su lugar, la vizreina María Salute vociferó un discurso cargado de mentira y rabia, remedando las maneras del Rey, pero sin su teatralidad enfermiza. La gran pregunta es dónde está el monarca.

Pues esta dama sabe, aunque no lo pregone la voz oficial, que el Rey yace en cama, enfermo. Rodeado no de cariño sino de médicos asalariados y cortesanos aduladores, los mismos a quienes mejor paga con oro que con bondades, y sobre quienes descarga su furia cuando yerra. Allí estaba anoche el Trol del Ring, el Santo Monge, con rostro desencajado, presintiendo la guillotina laboral por no haber controlado las burlas y gritos plebeyos en El Muñeco.

Y mientras el Rey se retuerce, acuden en tropel quienes creen tener la cura. El médico asegura que sufre de melancolía, el cantinero se instala por si algo se le ofrece, el otro galeno insiste en venderle lo de siempre, Georgez Vivazo de las Artes jura que con teatro y pompa lo levantará si lo dejan a solas, Harta la Mala se disputa el privilegio de quedarse también a solas con él, y hasta la candidata a reina del guaro grita que solo ella lo podrá sanar, que salgan todas y todos. El jefe de cuadras, más práctico, propone un rato entre muladares, que eso siempre le restituye el ánimo.

Mas nadie entiende lo evidente: el Rey no sufre de cuerpo sino de alma. Está enfermo de odio, de corrupción, de poder y de vicios. Esa es la dolencia que ha contagiado a Costa Zafiro, pudriendo sus instituciones, matando a agricultores, despojando a las matronas del coraje, dejando morir a enfermos sin atención médica y hospitales colapsados, arrebatando becas a los infantes, sembrando discordia entre plebeyos.

Los remedios no bastan porque la enfermedad es él mismo. Dicen que en pocos meses el mal podría sucumbir, que se apaga por su propio veneno. Está en todas y todos impedir que su gangrena siga contaminando con lujuria y rencor a los habitantes de este Reino.

Así, mientras yo secaba mis enaguas y mis plumas, me quedó claro: Guarito I no faltó a los actos por desdén, ni por cálculo, sino porque su cuerpo y su ego enfermos temieron hallarse frente a plebeyos que ya no le obedecen como focas, y que ayer, en El Muñeco, le recordaron que hasta el trono puede empaparse y oxidarse bajo la lluvia de septiembre.

Vuestra siempre,

Lady Susurros

Glosario zapotónico

Lady Sisy

Compañera de Lady Susurros en las protestas de El Muñeco

Lady Rocío de los Hatillos

Dama del vulgo, activa en las causas populares

Paisano del Zurquí

Cronista anticorte, voz plebeya en resistencia

Sir Mario el Matemático

Caballero de números exactos y conciencia social

Lady Marcela de la Protesta

Voz combativa, constante en plazas y calles

La Rizada

Tránsfuga de la palabra, agitadora oculta en El Muñeco

María Salute

Vizreina del Reino, copia agria de los discursos del monarca

El Trol del Ring, el Santo Monge

Cronista del Rey, figura obsecuente en apuros

Georgez Vivazo de las Artes

Cortesano del teatro y la pompa, adulador de oficio

Harta la Mala

Cortesana del Reino, rival por el privilegio de curar al Rey

Reina Sin Kaite

Dama del Báltico, presencia fría en actos públicos

Guarito I

Rey enfermo de odio, corrupción y vicios


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