Apuntes, rayones y manchas de mi vida

En el último aliento de julio del año MMXXV, cuando los campos del Reino de Costa Zafiro exhalaban el bochorno de las decisiones desesperadas y los pergaminos oficiales apenas alcanzaban a disimular las verdades incómodas, se produjo un remezón en la Corte del Guaro. La Corneta de la Corte, Pillina I, otrora estratega del verbo calculado, del ritmo propagandístico y del engaño performático, fue lanzada sin ceremonia del carruaje turquesa. No descendió, fue expulsada. No hubo despedida, ni cinta, ni vítores. Solo una patada seca, una nube de polvo y el portazo del olvido.

En su misiva de tono autocompasivo, Pillina alegó que no tenía tiempo. Que la diputación le exigía toda su atención. Que la vida le pedía otra entrega. Pero nadie, salvo algún tigrillo del algoritmo sin criterio propio, creyó semejante explicación. Lo que ocurrió no fue retiro: fue exilio.

Desde hacía semanas, esta dama escuchaba el crujido persistente de las bisagras del carruaje guaro. El cochero Copix, conocido en las posadas del poder como el Marqués del Puerto Naranja, ganaba terreno entre susurros y pactos nocturnos. Era él, y no la Corneta, quien manejaba las riendas del proyecto por la corona. A su lado, con gesto de luto, La Yuli Mortega, la mensajera oscura, esa que nunca opina, pero siempre decide.

Dentro del carruaje, por supuesto, iba Guarito I. Rey de copas, mitómano consagrado, titiritero del oportunismo. Embriagado de poder y de aguardiente, sonreía con la cara encendida mientras la tragedia se cocinaba al otro lado del telón.

Pillina, todavía con ínfulas de mando, intentó imponer nombres, vetar figuras, trazar estrategias. Pero lo que ella tachaba, Calix lo celebraba. Lo que ella callaba, La Yuli lo vociferaba. Y en medio de esa comedia amarga, el Rey callaba. Y el silencio del Rey, en Zapotón, es sentencia.

Lo que selló su destino fue el atrevimiento de mencionar, siquiera de forma tangencial, al Marqués del Puerto Naranja como figura incómoda. Un simple roce verbal bastó. La osadía fue suficiente para que el Rey, ese que no tolera sombra, decidiera cerrarle la puerta con estrépito. El Guarismo no permite disonancias. Y menos de quienes alguna vez se creyeron indispensables.

Ayer, en el circo semanal de los miércoles en la Corte del Guaro, las caras eran largas y los aplausos, inexistentes. Sor María Luisa, cronista amiga de esta dama, lo susurró con precisión de cirujana: el ambiente era de funeral. No por la Corneta caída, sino por el desmoronamiento del relato. Porque los personajes que renunciaron a sus tronos para lanzarse por una curul en el Parlamento de los Suspiros no buscan servir, sino blindarse. Huyen del espejo de la justicia y corren hacia el refugio de la inmunidad.

Y que nadie se engañe: muchos otros querían también una curul, pero sus expedientes no daban para tanto. No por falta de pecado, sino por exceso.

Hoy ya nadie duda de lo que el carruaje turquesa representa. Es el símbolo perfecto de un proyecto podrido desde la médula. Una estructura con ruedas flojas, una de ellas parchada con promesas y otra roída por el comején del oportunismo. Los caballos que lo arrastran son famélicos, símbolo de un pueblo agotado. Y los que van dentro, el Rey, Copix, La Yuli, no piensan detenerse. Solo patean, y si es necesario, patean fuerte.

En las Redes del Vulgo la plebe habló sin miedo:

Ganó Copix.

La echaron.

La usaron y la tiraron como botella vacía.

La patearon del carruaje.

Pillina hablaba de moral, y el Rey ya planeaba su entierro.

Y uno, con el pulso aún caliente, escribió:

Porque te ningunearon, Corneta, porque quedaste pintada en el muro del olvido. Porque ya no te quieren cerca, porque te usaron. Porque se te colaron La Dama del Velo, el Marqués del Puerto Naranja y los demás sátrapas trepadores, como los trepadores que son. Porque te dieron de tu propia medicina y te hicieron a un lado. Porque ya no servías ni al Rey ni a los que pagan. Porque ahora mandan los que ponen el oro, los financistas del carruaje. Y ya la voz gastada de una periodista embustera, que jamás entendió la danza de la política, sobra. Te desecharon, Corneta.

Hoy, Guarito I respira tranquilo. Se libró de un peso. Un peso que hablaba más de lo que debía. Un estorbo que, por momentos, creyó tener agencia. Él ganó. Porque en su Corte nadie lo contradice. Ni siquiera quien lo hizo Rey.

Pillina, quizás, también respire. Tal vez recupere algo de dignidad. Su familia, dicen, la vuelve a tener. Ya no será la Corneta del Guaro, sino solo una mujer que volvió a casa. Pero no se descarta que, si el Guarismo obtiene de nuevo la corona, la acomoden en la Cámara de los Pergaminos Oficiales, repartiendo órdenes a cronistas, decidiendo quién recibe pauta y quién no.

Mientras tanto, Costa Zafiro sigue en el mismo carruaje desvencijado, guiado por el Marqués del Puerto Naranja, con La Yuli vigilante y el Rey borracho de poder. Los caballos flacos resisten. Y el abismo de la historia se acerca, paso a paso.

Así se escribe, mis leyentes, la caída de una aliada convertida en obstáculo.

Vuestra siempre,

Lady Susurros

GLOSARIO ZAPOTÓNICO

Guarito I

El actual monarca de Costa Zafiro. Narcisista incorregible, mentiroso empedernido, acosador redimido por la Corte.

Pillina I

La Corneta de la Corte. Vocera oficialista, caída en desgracia tras intentar contradecir a su propio creador.

La Yuli Mortega

La Mensajera Oscura. Mano operativa del Rey en los asuntos turbios. Jamás cuestiona, pero decide con rigor.

Copix

El Marqués del Puerto Naranja. Financista y operador. Dueño real del carruaje turquesa. Hombre que no perdona una mención indebida.

Carruaje turquesa

Metáfora del proyecto político guarista. En ruinas, desvencijado, maquillado para el vulgo, pero sostenido por la miseria de sus bestias.

Caballos famélicos

Símbolo del pueblo agotado que todavía arrastra, a puro hueso y coraje, los caprichos del poder.

Corte del Guaro

La sede de poder del Rey, donde los aplausos se compran, los silencios se premian y los disidentes se desechan.

Redes del Vulgo

Las redes sociales del Reino, donde los plebeyos publican lo que los cronistas de la Corte censuran.

Parlamento de los Suspiros

La cámara legislativa del Reino. Lugar de inmunidades, griteríos y componendas disfrazadas de leyes.

Cámara de los Pergaminos Oficiales

Ministerio de comunicación del Reino. Entidad encargada de repartir pauta, controlar el relato y premiar a los escribas obedientes.

Sor María Luisa

Cronista amiga de Lady Susurros. Testigo en la Corte del Guaro. Inspirada en la pluma afilada de un cronista del reino.

Tigrillos del algoritmo

Defensores del Guarismo en las redes, emisarios digitales de la propaganda pagada.

Guarismo

Corriente política construida alrededor del ego, la mentira y el oportunismo del Rey.


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