Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Esta dama, a veces, se inspira en textos de plebeyas y plebeyos de las redes del vulgo. Parte de esta crónica vienen de la pluma de Sir Palmicho, para que no se diga que soy una plagiaria, plaga a veces, pero plagiaria jamás.

El Rey Guarito I ha sentido especial debilidad por su Corneta Pillina I, aquella que en tiempos de campaña fue presentada al vulgo como su Tesoro Nacional. No por virtudes propias, sino por su alcance en las pantallas de la Nobleza Descontenta, donde su voz, más que crítica del sistema, fue apenas ensayo de obediencia venidera. A ella, y a sus mercaderes de promesas fraudulentas, debe buena parte de su encumbramiento. La Corneta lo cargó en hombros desde las carpas de faramalla hasta el sillón del trono.

Ambos eran piezas nuevas en el ajedrez del Reino de Costa Zafiro: él, un repatriado de verbo altanero y risa torcida; ella, una cronista en decadencia, disfrazada de heroína popular. Juntos, mezclaron hartazgo con teatro, y el pueblo, entre la risa y la rabia, los empujó hacia el centro del escenario. Pero de un circo.

Mas pronto Guarito I forjó su verdadera corte: sabios del disfraz, maestros de la estrategia embustera, y un grupo de titiriteros que sabían hacer que lo ilegal pareciera ley. Pillina creyó, ingenua y altanera, que su relación con el Rey era exclusiva y sagrada. Ignoraba que, tras el telón, se cocinaban los pactos del porvenir sin consultarla.

Y fue así como apareció Lupus el Villano, el togado de la Última Defensa, confidente del Rey y arquitecto de su impunidad. En un arranque de sinceridad, reveló al pueblo la existencia del carruaje oficialista: la Casa del Pueblo Sometido, y anunció también a su Doncella: la de la Custodia Errante: La Ura del Maquillaje. Pillina, herida en su vanidad, osó desautorizarlo en público, sin medir que aquel hombre es también quien sostiene la espada que protege al Rey del Tribunal.

Guarito I, que no tolera que se cuestione a sus favoritos, le jaló las orejas a Lupus, quien, con la maestría del farsante, recogió sus palabras y se inclinó en reverencia fingida: Pillina es, dijo, la única voz autorizada. Telón abajo. Los aplausos forzados retumbaron. Mas Pillina no aplaudía; masticaba la humillación con gesto de masamorra rancia.

Pero no acababa allí su penitencia. Laurita, la Doncella de la Custodia Errante, se le plantó al frente con sonrisa dulce y daga en verbo: le recordó que en la Corte, las candidaturas a la corona no se decretan al dedazo torcido, sino que se fingen con actas y asambleas, como manda la teatralidad democrática. Pillina, azorada, vio caer su Comité de Expertos como castillo de naipes empapado.

Lo que siguió fue su danza del camaleón: negó lo dicho, aplaudió lo criticado, celebró a quien había desdeñado. Los signo chueco de la victoria fueron su emblema y su penitencia. Como abuela que besa al nieto que le cae mal, soltó elogios mustios a la candidata que no eligieron sus tripas sino su miedo al olvido.

Y el XXVIII de julio del año MMXXV, se alzó la tripleta de la corona: la Doncella Laurita, el Beligerante y Don Vidrio de Soto. Tres rostros de pasado reciclado, dos con biografías que harían temblar a cualquier escribano honesto del Reino.

Laurita, ministra errante, acusada de llevarse documentos como quien se lleva un recuerdo de su despedida. Sir Pancho Culebra, el economista del verbo turbio, denunciado por hacer proselitismo mientras fingía retiro. Y Don Vidrio, quien dice no tener cuestionamientos, pero no entendemos ¿qué hace ahí?, requisitos para aspirar a la Corte Real es estar muy cuestionado.

Pillina, otrora Dama de Hierro, ha pasado a ser la Dama de Herrumbre. Y Lupus, desde algún rincón del castillo, debe estar carcajeándose mientras bebe su copa de vino real, junto al Rey, viendo a la Corneta tragarse sus caprichos, sus berrinches y su carencia de seso político. A Pillina le ganó un Pillino Mayor.

Y si bien todo esto parece teatro, no debe olvidarse que las grietas en palacio a veces acaban siendo fallas tectónicas. Y cuando una corneta deja de sonar, lo que queda es el eco… y el ridículo.

Glosario Zapotónico

Sir Palmicho, bardo de La Costa, en las montañas, frontera de Ciudad Obrera, amigo de Lady Susurros.

Rey Guarito I: El Acosador Repatriado: monarca del Reino de Costa Zafiro, mitómano, narcisista, maestro del teatro y del trago.

Corneta Pillina I: La Dama de Herrumbre: parlamentaria oficialista, voz pasada de moda, relegada al coro de la corte.

Lupus el Villano: El Togado de la Última Defensa: defensor del Rey ante el Altar de los Expedientes, cerebro de la perpetuación. Otrora defensor de mercaderes del rapé o de foráneos fugados.

La Ura de la Risita, ahora del Maquillaje: La Doncella de la Custodia Errante: aspirante a reina, señalada por custodiar mal lo que no era suyo.

Sir Pancho Culebra, El Beligerante: aspirante al virreinado primero de la tripleta, señalado por mezclar cargos y campañas.

Don Vidrio de Soto, Conde de la Limpieza, aspirante al virreinado segundo, al fin alguien sin expediente de corrupción en el Guarismo.

Casa del Pueblo Sometido: Carruaje oficialista del guarismo, otrora rechazado por Pillina, hoy abrazado con desgano.

Consejo de los Votos Secretos: tribunal electoral del Reino, donde se escenifica la legalidad como si fuera realidad.

Mercaderes de promesas fraudulentas: los financistas de la Corte, orfebres del chorizo y el decorado.


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