
En el séptimo mes del año MMXXV, cuando el sol ya no calienta igual sobre la mole de argamasa del Parlamento de los Suspiros y el olor a renuncia a la corona cada vez es más profundo, un viejo conocido del condado del sur, ese que una vez pretendió gobernar con boletas de parqueaderos para carrozas, diligencias y carruajes, se reinventó, o creyó hacerlo, como el patriota número uno del reino: Gil et Pollo, el Turqueso.
A Gil et Pollo, otrora jerarca del Municipio de los Olvidados, lo recordaban en su cantón por dos cosas: su habilidad para inflar el ego en medios comunales y su destreza para nombrar allegados como si fueran números en un bingo. Noventa y un nombramientos interinos, algunos para parientes, otros para los chordattas de la Casa de los Pericos Loro, muchos para quienes luego serían sus votantes internos. Y si se le pregunta, claro: «todo legal, todo en orden», aunque la Fiscalía del Reino piense distinto.
Luego vino el escándalo del parqueadero encantado: una empresa morosa con el Municipio de los Olvidados ganó una jugosa licitación después de que, ¡oh sorpresa!, le redujeran mágicamente la deuda. Por esas casualidades del destino, el hijo de Gil et Pollo, Gilito, terminó contratado por esa misma empresa semanas después. Pero Turqueso juró que no movió un dedo. Solo el cuello… para mirar a otro lado.
Ya en la Corte del Guaro, con toga de parlamentario, se las arregló para colarse en la Mesa del Rapé y la Tranquilidad, un espacio que requiere escrutinio, prudencia… y un mínimo de vergüenza. Él, en cambio, decidió hacerse coronar presidente de esa, incluso en contra de su propia Casa de los Pericos Loro, de la que renegó con ímpetu cuando ya no lo quisieron como candidato a la corona de Costa Zafiro.
¿Cómo lo logró? Con los votos de la Casa de los Monjes del Acomodamiento Eterno, la Casa de los Duques de la Desregulación, la Casa del Versículo Selectivo, y por supuesto, la Casa de los Parlamentarios del Guaro, lacayos del Rey Guarito I. Una bendición multicolor para un aspirante sin color.
Luego vino el episodio en Pampa: dijo que había visitado comunidades afectadas por inundaciones. Mostró fotos. Lloró ante las cámaras. Pero todo era mentira. Las imágenes eran de años atrás, en otro condado. Cuando se descubrió, pidió disculpas. «Con la mano en el corazón», dijo, como si el teatro de su discurso pudiera borrar la falsedad. El Tribunal del Honor de la Casa de los Pericos Loro lo suspendió. El Consejo de los Votos Secretos lo perdonó. El pueblo, no tanto.
Y cuando la vergüenza parecía tocar techo, apareció en un restaurante propiedad de Gallineros, el Togado Socio de Fahrenheit, el exmagistrado caído. Gil et Pollo negó conocer al tal Gallineros. Dijo que solo fue a comer. Que fue casual. Que cualquiera puede ir a un restaurante. Que las viandas no delinquen. Pero las actas del Parlamento de los Suspiros lo traicionaron: Gallineros había visitado su despacho no una, ni dos, sino tres veces. ¿Su excusa? “Estaba interesado en conocer la torre del Parlamento”.
¡Turqueso como guía turístico del Parlamento de los Suspiros! ¡Qué mejor embajador para explicar la arquitectura de cajones mientras se discute el financiamiento del crimen organizado desde un mantel con servilletas de lino! “Por aquí se aprueban presupuestos, por allá se filtra la Torre del Tribunal, y si miran bien, en ese rincón está la honestidad… o lo que queda de ella.”
Pero no hay por qué temer. Si la Corte del Guaro logra retener la Corona en el Tiempo de las Componendas y los Votos, ya está claro quién será su enviado especial ante el Cartel del Nopal y los banqueros del rapé: el excelentísimo embajador del Reino de Costa Zafiro ante la República de Turquelandia, el imperturbable, el inclaudicable, el mitómano del parqueadero: Su Mentira Turquesa, guía turístico oficial del cinismo, custodio de la mesa que nunca debió presidir, y pionero en el arte de inventar realidades…
Vuestra siempre, de los leyentes, no de los troles y los orcos,
Lady Susurros
