
En el segundo mes del año MMXXV, cuando el trópico calienta como si quisiera quemar los pecados que no confiesan los ministros, aterrizó sobre la pista de carruajes alados de El Coco en La Lajuela un personaje de verbo afilado, ceja tensa y alma de fronteras endurecidas: Marmacho, noble y Secretario del Reino Naranja del Norte y emisario del Muro.
Vestía con sobriedad, pero traía el peso de los imperios en sus talones. Marmacho no necesitó trompetas ni estandartes, pues lo precedía la sombra del dólar, las promesas condicionadas y el rumor de las visas que mueren sin juicio. Fue recibido con alfombra corta y sonrisa amplia por el Rey Guarito Primero, monarca del guaro, protector de la copa y alquimista del cálculo político.
A la luz pública, dijeron que venía a fortalecer la alianza. Pero en los corredores del Palacio, donde las cortinas son de lengua larga y las paredes respiran secretos, se tejía una historia distinta. Marmacho no venía a ofrecer amistad: venía a sellar obediencia, a tomar juramentos de sumisión geotecnológica, y a pasar la lista de quienes ya no serían bienvenidos en el Imperio.
Marmacho portaba dos baúles invisibles: el primero lleno de promesas para contener la estampida humana del sur hacia el norte; el segundo, con la lista de los indeseables. En ella iban nombres de parlamentarios, sabuesos, auditores y otros famosos personajes de la política, y aun aliados al Reino Naranja. Algunos por sospechas de cercanía con el Dragón Güagüei, otros por simple desafío al relato oficial. Lo cierto es que los sellos del destierro comenzaron a caer antes incluso de que se cerraran las puertas del carruaje alado de Marmacho.
Lo que asombró al pueblo no fue la dureza del Imperio, sino que el Rey Guarito Primero ya lo sabía todo. Antes de que los afectados recibieran la noticia, el Rey ya celebraba las decisiones de la Corte del Norte Naranja, afirmando con una sonrisa medida que por fin se estaba haciendo justicia. Babeaba el Rey, esta vez no por alcoholizado, sino también porque su venganza estaba tomando forma.
En los salones herméticos del Zapotón, donde la luz no entra sin permiso del Rey y los escribas callan por decreto, Guarito Primero y Marmacho firmaron lo que desde entonces se llama el Acuerdo del Silencio Mutuo. No fue escrito en pergaminos visibles, pero cada gesto, cada silencio y cada café bautizado compartido trazaron su letra.
El pacto era claro en su sombra: el Reino de Costa Zafiro mantendría a raya al Dragón Güagüei, impediría que sus antenas crecieran sobre la tierra del Guaro, y a cambio, el Reino Naranja del Norte no hurgaría demasiado en las entrañas del poder. Los Sabuesos del Norte, amigos de la Orden de los Cazadores del Norte, mirarían hacia otro lado, o mirarían muy por encima.
Los rumores narran que, entre brindis y poses para la prensa, Marmacho preguntó:
—¿Qué hacéis con los bultos que cruzan la frontera llenos de incienso y rapé?
Y Guarito respondió, con la voz del que ya tiene guion aprendido:
—Los cazamos. A veces los dejamos pasar para cazarlos más tarde.
Y Marmacho asintió, en el idioma del Imperio:
—Bien. Pero no olvidéis quién os observa.
Luego vinieron las consecuencias. El calor no había terminado de secar la Plaza de los Micrófonos cuando empezaron a caer las visas. A Ana Jobando y Thia Cíndoba, ahora exduquesas de la Casa de los Duques de la Desregulación, les llegó la condena del Águila por atreverse a pensar fuera del manual de seguridad imperial. Se convirtieron en Matronas Fugadas, tachadas de traición sin juicio. Y el Rey, lejos de defenderlas, las dejó caer como quien abandona una ficha rota en el tablero del poder.
A los altos súbditos del Instituto de Capa y Escalera, incluyendo a Sofía Maja, se les cerraron los portones del norte por sospechas de haber negociado con el Dragón. Al Sabueso Mayor Negro Noche, en cambio, lo dejaron en paz, no por inocente, sino por útil. Incluso el viejo Orarías Ratias, exrey, la Gárgola Mayor, premio Nobel de una mentira, fue marcado con el sello del olvido diplomático.
Los murmullos crecieron: ¿cómo sabía el Rey quién sería sancionado? ¿Por qué los voceros del Reino anticipaban las cancelaciones de visas como profetas con acceso al correo imperial? ¿Había pactado el silencio a cambio de la cabeza de sus adversarios?
Y mientras tanto, el segundo baúl de Marmacho se abría: no con listas, sino con cuerpos. Los deportati —hombres, mujeres y niños que el Imperio había decidido descartar— fueron asignados a las pistas de llegada de Costa Zafiro. No eran migrantes, eran moneda. Una moneda más en el trueque de obediencia por desprecio. Guarito, sin pestañear, aceptó la carga. Dijo que era lo justo. Dijo que el Reino sería solidario. Pero los muros de las Mazmorras del Reino ya temblaban ante la nueva oleada, porque no tenían capacidad para los deportati, aun así los admitieron en el sur, en el Cateto, un centro para migrantes, sacaron a unos para hospedar a los enviados del Norte Naranja.
Así, a cambio de fidelidad geopolítica, Guarito recibió más cuerpos que promesas. El Dragón Güagüei fue desterrado. La red cinco G pública murió antes de nacer. Y el Reino se convirtió en albergue de sancionados, migrantes sin destino y nobles desvisados.
Desde la Torre del Tribunal, algunos sabuesos observan. Pero nadie investiga demasiado. Las salas del Parlamento de los Suspiros se llenan de discursos vacíos, y la prensa cortesana celebra la amistad con el Imperio como si no hubiera costo alguno.
Ayer, como un trueno que retumba tras la calma, la Corte del Norte Naranja activó una segunda ola de sanciones: fueron selladas las cancillerías personales del presidente del Parlamento de los Suspiros, Rodrigo Ratias —hermano del Orarías Ratias— y del magistrado de la Justa Sala del Cuarto, Pablo Redondo, conocido como El Padre. La noticia llegó primero vía la Oficina del Correo Imperial, minutos antes de que sus destinatarios la leyeran en sus propios buzones oficiales.
La reacción en Zapotón fue inmediata: los murmullos se hicieron más gruesos, las sombras se extendieron. Guarito Primero, fiel a su guion, celebró con gesto contenido, repitiendo ante las cámaras que la justicia fue servida, sin aportar motivo alguno, aunque los muros del Palacio supieron que detrás de esa complacencia había pacto.
La Corte Suprema, entre murmullos de incredulidad, emitió un comunicado pidiendo explicaciones sobre el retiro de visa al magistrado Pablo Redondo, El Padre, reconociendo que fue notificado hoy por la embajada del Imperio. Esta segunda tanda no solo amplió la lista de desvisados, sino que confirmó que el Acuerdo del Silencio Mutuo seguía activo, y que no habría tregua.
Y mientras Zapotón se estremecía con el eco del rechazo diplomático, en los sótanos del Palacio, Guarito anotaba en silencio:
La obediencia crece cuando el miedo se viste de ley.
Lady Susurros,
notaria del rumor y de las reuniones sin acta
La confianza en el Norte va encerrada en una cajita blanca. Guarito Primero podría vestirse de anaranjado.
