
Por Lady Susurros, con el estómago revuelto, la pluma entintada de sal de amonio y la cabeza aún resonando con las voces del delirio del guaro.
En la séptima luna del mes de julio, mientras el Reino de Costa Zafiro se desangraba en escándalos, malversaciones y deshonras, las puertas del Parlamento de los Suspiros se abrieron de nuevo para recibir a dos damas de lengua escurridiza y memoria quebradiza. Cinderela Tapete, ministra de la Cámara de la Orden de las Amazonas y su aliada Lady Lyn Púchica, cabeza visible de la Orden del Estado de las Damas, comparecieron para explicar el desvío de más de quinientos treinta y cinco millones de monedas del Reino en los infames Altares Púrpura. Las damas de la Orden de las Amazonas que allí laboraban desde antes de la llegada del Guarismo, continúan empeñadas, a pesar del desvío de los tributos y el show púrpura de la Corte, en su noble tarea de acompañar a las mujeres del Reino en el arduo camino de recuperar su estado de dignidad, fuerza y palabra.
La primera en hablar fue Lady Lyn Púchica, quien, con aire de arrepentimiento controlado, admitió que todo se trataba más de un «plan de acción» que de un proyecto formal. No hubo estudios de factibilidad, no se midieron impactos, y mucho menos se justificaron los gastos de casi cuatrocientos millones de monedas de oro en campañas etéreas que sólo flotaban por los aires de Feisburgo e Instalandia, inalcanzables para la ruralidad.
Pero fue Cinderela Tapete quien acaparó la atención con su espectáculo altisonante. Interrumpía, gritaba, confrontaba y alzaba la voz como si estuviese en la Plaza Pública del Rey. Dijo no ser pregonera, ni mandamás, ni gestora, pero sí rectora del tema. Y mientras más preguntas se le hacían, más se escurría en argumentos circulares, gritos y frases aprendidas.
Al mismo tiempo, en la Torre del Tribunal, el nombre de Farenheit Metrópoli, también llamado Boa el Constrictor, emisario de los favores perdidos, resonaba con fuerza. Ha pedido mil hojas de pergamino, solicitudes varias, intentos de reposicionar su honor, pero todo le ha sido negado. Y el proceso de extradición, que tanto aguardaban los enemigos de su estampa, permanece en pausa, silente, como si el eco de su nombre estuviese amordazado por el miedo o la conveniencia.
Espero que mi mayor leyente, Farenheit, no tenga acceso a las Redes del Vulgo, y no logre leer todo lo que decimos de él. No quiero visitas indeseadas, preferiría un enfrentamiento con los fanáticos del Guarismo que con los amigos de la Boa Constrictor.
Mas lo más inquietante no vino de las altas cámaras, sino de las cavernas del vulgo encendido. En un pergamino andante de las Redes del Vulgo, un plebeyo, seguidor radical del Guaro, ha declarado sin pudor que el Reino está en guerra, que le quitarán la corona al Rey, y que los magistrados de la Torre del Tribunal llorarán como doncellas impúberes. Una amenaza velada, peligrosa, fermentada por el guarismo y sazonada con ignorancia, violencia y delirio.
¿Y dónde está Negro Noche, el Sabueso Mayor? ¿Esperará a que los togados caigan antes de actuar? ¿O tomará este llamado como una amenaza pública a la estabilidad del Reino y procederá con el peso de la justicia?
Y mientras la locura se multiplica, La Corneta Pillina I, con su dedo amorfo alzado al viento, anunció que el día duodécimo del mes revelará el nuevo carruaje taxi del rodriguismo y al candidato que buscará ceñirse la corona. ¿Quién será la pasajera o pasajero predilecto? ¿Será el retorno de alguno de los fantasmas del Guaro? La duda embriaga más que la respuesta.
Pillina ya no parece una dama del Parlamento, sino la pregonera oficial de un garaje de carruajes desvencijados. La dignidad le ha sido arrancada, centímetro a centímetro, en cada una de sus intervenciones llenas de adulación, eco vacío y odio.
Entretanto, el jaguarismo se deshilacha. Sus generales sudan, sus troles se esconden. La orden secreta del algoritmo ya no responde, pues sin monedas doradas, las focas del Guaro no tienen quién les diga cuándo aplaudir ni qué escarnio viral lanzar. El pergamino del Consejo de los Votos Secretos y la denuncia por el cofre de la Cámara del Oro Centroamericano los han dejado sin paga, sin tropa y sin eco.
En reuniones con susurradores de confianza, en los rincones discretos de mi humilde villa perfumada de aroma de canes, felinos y tinta, hemos debatido con cautela una conjetura que ronda los corredores del rumor y que aún ningún abogado del Reino ha osado confirmar con firmeza: que si Farenheit la Boa Constrictor, enfrenta juicio conjunto con el exalcalde Diamante de Ciudad Obrera, ese que yo llamo sin titubeo \Carbón del Anillo Escondido, pues no merece ya el brillo del nombre que otrora ostentó como joya de su cantón, y si resultare hallado culpable, tendría que cumplir condena aquí, en suelo de Costa Zafiro.
Y es por ello que Carbón, nervioso como alhaja falsa en feria, ha intentado por todos los medios separarse de la Boa en la causa judicial. Ha pedido que los juzguen en salones distintos, con jueces distintos, y si se pudiera, hasta en lunas distintas. Porque si lo que se dice es cierto, y La Boa puede optar por declararse culpable para evitar ser llevado en carruaje alado hacia el Reino Naranja del Norte, entonces el plan está claro: quedarse aquí, donde conoce cada muro, cada abogado servil, cada recoveco de las normas zapotónicas.
Y dicen que lo hará no por estrategia jurídica, ni por dignidad, sino por estética. Porque, según cuchichean sus allegados, La Boa ha declarado con el ceño paralizado, que el color anaranjado del traje penal del norte no armoniza con su tono de piel ni con el botox que su alquimista estético le ha colocado.
¿Será entonces que veremos a Farenheit cumpliendo condena en su palacio, con un grillete de artilugio moderno ceñido al tobillo, dictando notas desde su sillón de terciopelo, y enviando mensajes en clave a sus antiguos compinches? ¿O es solo otro acto en esta comedia trágica de la justicia para los poderosos?
Queridos leyentes, les contaré una infidencia, estoy enferma: la tarde del miércoles, en el recogimiento de mi estudio, escuchaba, por obligación de información, una nueva Plaza Pública del Rey Guarito I. La voz nasal, la saliva bailante, las promesas recicladas, las evasivas mil veces pronunciadas, el odio que suda. Y entonces me sobrevino el asco.
Vinieron los vómitos, los sudores, las pesadillas. Y en los sueños, entre la bruma púrpura y la sangre de los presupuestos desperdiciados, lo vi. El Rey, con su corona torcida, se acercaba. Y al abrir la boca para hablar, distinguí claramente sus dientes: grandes, separados por un diastema profundo, como portales a otros mundos. Dientes por los que se escapan los discursos huecos y las promesas jamás cumplidas. Pero lo peor es que aún no puedo explicar cómo en un sueño me imaginé la pestilencia que se escapa de esa fauce del narcisismo.
Y allí, en ese momento, supe que estaba enferma. No por un virus ni por una fiebre del trópico, sino por una enfermedad que aqueja a las plebeyas y plebeyos del Reino: el Guarismo. Vosotros sois sabias y sabios al no escuchar tal fetidez.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Con tinaja a los pies, tés de canela, y olvido contra el recuerdo de las pesadillas hediondas
