Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Por Lady Susurros, con pluma de anzuelo herrumbroso y tinta extraída de algas olvidadas

En el cuarto año de la Regencia del Guaro I, aún en el trono del Reino de Costa Zafiro, mientras su Guardia Mayor, el Guarito II, Zarza Mora, ejecutaba las órdenes del día, los cargueros del Cártel del Nopal surcaban las Mareas del Reino como si fueran hijos del mismo trono, y los faros permanecían apagados por decreto o por descuido. El Reino no solo perdió vigilancia: perdió su brújula moral en las aguas saladas.

Fue en ese tiempo de órdenes no escritas y guardias retirados cuando se marchó, sin estruendo pero con vergüenza. No la suya, sino la del Reino entero por el abandono de sus costas. El Capitán Mar Tinar, el martirio de las lanchas benditas, el último de los caballeros de la sal y la espuma. Sirvió durante más de cuatro décadas a la escuadra marina del Reino, los temidos Guardamares, y durante diecisiete años portó la insignia de mando como vigía mayor. Por su espada de coraje y sus mapas de calor, fue condecorado por la Orden de los Cazadores del Norte, sí, esa misma que hoy observa desde el palco mientras los puertos se abren al mejor postor.

Y quiero que os quede claro que esta dama no defiende al Capitán. El Capitán se defiende solo, y sus actos hacen que esta cronista considere que, o bien Mar Tinar es muy buen actor, o bien habla con toda la verdad que cabe en sus muchos años de marinero.

Pero en el ocaso de su carrera, cuando su cuerpo fue doblegado por una tormenta de vientos cargados de ego, el Reino decidió jubilarlo con honores… o eso parecía. Porque la verdad emergió como ballena herida: lo habían apartado con premura justo después de que se negara a obedecer los mandatos de voz que le exigían cerrar los puestos más calientes de vigilancia marítima. Las órdenes no venían en pergaminos reales, no llevaban el sello de la Corte del Guaro. Venían en susurros de pasillo, dictadas por Sir Stellar el Zarcillo, viceministro de mar y sombra, noble de lengua liviana y pluma invisible.

Así fue como cayó Seisolas, aquel puesto del Caribe donde los cargamentos del Cártel del Nopal solían cruzar con sigilo. Así se desmembró la escuadra de Ensenada del Dragón, donde las patrullas vigilaban las rutas secretas. Así se trasladaron, sin razones claras, las fuerzas de Puerto Mangle, hogar del Cacique Quepoa, hasta Sincí de Ácido, donde no hay mar ni razón para que una escuadra naval ancle su sede. Y fue precisamente tras el cierre del fuerte en Seisolas que se descubrió el Terreno de Culo de Ratón, finca encantada por los traficantes, ya marcada por la Orden del Norte, pero que permanecía invisible a los ojos de la Corte… hasta que ya fue tarde.

El Capitán no guardó silencio. Subió las escalinatas del Parlamento de los Suspiros, no una, sino tres veces. Y cada vez que habló, mostró mapas, cronologías y verdades sin barniz. Retó al propio Rey Guarito I, al Guarito II, Zarza Mora, y a Sir Stellar el Zarcillo a un careo público frente al Reino y con un oráculo del nervio que midiera el pulso de la verdad. Nadie aceptó. La Corte Real se atrincheró en la altanería, y desde sus balcones de mármol dejaron caer desdenes, llamándolo «mal llamado exdirector», como si las sospechas se hundieran al borrar su nombre de los registros.

Zarza Mora, Guarito II declaró, con juramento de marino, que los cierres respondían a las mareas, los fondos y los planos. Que era todo culpa de las piedras del fondo y no del oro de los contenedores. Que el puesto de Hojarasca no tenía presupuesto, y que en Bahiíta las mareas eran desfavorables, impidiendo con ello el desembarco y maniobra de patrulleras. Argumentos técnicos, dijeron. Pero el olor del rapé y del silencio sugería otra marea.

Sir Stellar, con su voz de brisa de polvo fino, confesó haber dado órdenes sin tinta, pero negó toda intención, como si los guardias del mar hubieran interpretado mal sus susurros. Como si los cambios hubiesen sido un simple malentendido estratégico y no parte de un desmantelamiento cuidadosamente dosificado.

Los pergaminos del trono acusaron al Capitán de obedecer sin cuestionar, de firmar sin preguntar. Pero él respondió con honor: «fui soldado, no traidor; firmé porque me lo ordenaron, no porque me lo inventé».

Mientras tanto, las escuadras se hunden. Las patrullas ya no flotan. La plebe susurra nombres prohibidos: que la Corte vendió el mar, que el Guaro II obedece a otras mareas, y que el silencio de las lanchas es el eco de un Reino que dejó entrar al Cártel del Nopal por la puerta trasera.

Hoy, el Capitán Mar Tinar reposa en su retiro, vigilando desde tierra firme las aguas que una vez protegió. Los nobles del trono lo ven como un estorbo, pero el Reino lo recuerda como faro. Y en cada muelle cerrado, en cada radar apagado, en cada envío de mercadería que pasa sin revisión, su nombre resuena como conjuro.

Porque el mar no olvida, y los tridentes caídos, cuando se alzan, pueden volverse rayos.

Y que quede también asentado en esta crónica: Lady Susurros ha dudado muchas veces de la Guardia del Reino. Ha sido testigo de abusos, de excesos, de lenguas y armas que sobrepasan los límites del deber. Pero este no es el caso. No con el Capitán. A él no lo callaron por lo que hizo, sino por lo que no quiso hacer. Y en ese silencio, resonó su mayor acusación.

Lady Susurros
Desde la escollera sin centinela, con la voz húmeda del testimonio y el pulso del viento entre los dedos.


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