Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Por Lady Susurros, con penacho de tinta verde amargo, pues la dulzura yace agotada en los graneros del Reino

En el almanaque de las desgracias nacionales quedó grabado el vigésimo quinto día del séptimo mes del pasado año, cuando el Abejón Zamba, ese patriarca de la estirpe del Nopal, abandonó, por voluntad propia o empujado por manos invisibles, las brumas serranas de Nalgacán para entregarse en un aeródromo de Los Vaqueros, también nombrado El Rancho del Norte, al Imperio Naranja. De su vida pretérita basten cuatro trazos: nació labriego de frijol y amapola, ascendió a arriero de cargamentos por la Bahía, se hizo banquero clandestino de alcaldes y, en el ocaso, tutoró a los Chapotequitos que hoy disputan su corona. Nunca besó barrotes ni un escribano logró retratar su faz tras rejas; prefirió el sigilo, los sobornos encadenados y la contabilidad en cuadernos cifrados.

Mas he aquí la ironía regia: aquel zángano mayor cantó apenas le abrieron la puerta de Broklín. Se dice que entonó coplas enteras sobre rutas, puertos y togas en alquiler al sur del Istmo. Entre los nombres deslizados con miel y aguijón apareció Fahrenheit, exmagistrado rimbombante y sabueso caído de la Torre del Tribunal, pieza clave, según el testimonio, para blindar embarques que zarpaban desde el Caribe Sur hacia los muelles de la Liga Fétida de los Reinos Prósperos. Y hete aquí que pocos meses después Fahrenheit fue capturado en Ciudad Obrera por mandato del Imperio, mientras Guarito I agitaba brazos como espantapájaros negando conocer tamaña pestilencia.

Quien tenga olfato notará el tufo de conspiración. El Abejón, anciano y cansado, paga su libertad con la cabeza de viejos socios. Fahrenheit, jaqueado, se volverá ruiseñor de madrugadas y señalará ventanales del Palacio. El Rey Guarito I, Acosador Repatriado que gobierna a golpe de bufón digital y decreto volátil, corre a proclamar ignorancia mientras su cámara de guardas privados, los Ufanos Elitistas Inútiles (UEI), vigila que ningún pergamino comprometa la corona.

Pero la madeja no termina en el Nopal. Desde Tlacali sopla un viento de pólvora que trae el eco del Cártel Tabasco de los Nietos, que surca la Bahía con lanchas cargadas de rapenilo y sueños rotos. Allí se teje la trama de La Yuli Mortega, dama de verbo terso y ambición acerada. Llegó al Parlamento de los Suspiros prometiendo servir a los plebeyos, mas el pergamino de su pasado revela vínculos maritales y financieros con el Bacalao de Mortega, prócer de aquel Tabasco sanguinolento. Hoy, mientras el Edicto Plusilánime (CR Segura Plus) del Guardia Mayor Guario Zarza Mora se despliega como telón de teatro raído, La Yuli ofrece su carruaje partidario al servicio de la Corte del Guaro, a cambio, susurran las lenguas, de rutas y favores que cruzan nuestra Pampa hasta los puertos de Cítrico y Naranja.

En tanto, los Chapotequitos, guerrean con los Nietos por el reparto de bahías y aduanas sin espejos. Sus emisarios desfilan por los salones de la Cámara del Cofre, compran permisos a precio de seda y untan a escribanos que luego botan tinta de pulpo para negar evidencias. El Consejo de los Votos Secretos apenas despierta, la Contaduría de los Gastos se entretiene con fruslerías y la Cámara de los Carruajes Alados simula inspecciones con espejos fantasma que sólo ven lo que conviene.

Contad, pues, las piezas del tablero:El Abejón Zamba canta para salvar su enjambre y deja caer el nombre de Fahrenheit.Fahrenheit, para salvar pellejo, se tornará ruiseñor y señalará los ventanales del Palacio.Guarito I minimiza, mas manda a sus bufones del Algoritmo a tiznar la reputación de todo sabueso que investigue. En otra crónica os contaré de Tirirín.La Yuli Mortega susurra lealtad al Rey mientras cose hilos con el Tabasco de los Nietos.El Guardia Mayor Guario exhibe estadísticas de bruma y se deja vituperar en público con tal de conservar el estandarte.Y los plebeyos, entre el rapé que se desayuna en los arrabales y el rapenilo que duerme en las mochilas escolares, pierden la cuenta de los muertos y la fe en los sellos de la justicia.

Diréis que exagera esta cronista, mas escuchad los hechos recientes: apenas dos espejos vigilan la carga de Monín en Cítrico; en la Pista de Carruajes Alados La Libre las balas secundan a las maletas; los homicidios rebasan cualquier cifra de antaño y el Reino Naranja del Norte nos inscribe en su lista de jurisdicción de vigilancia intensiva. Mientras tanto, Guarito I distrae al vulgo con un decreto sobre moscas en las plazas y con la ofrenda de una ruta imaginaria que jamás sorteará un solo derrumbe.

¿Quién entregó entonces a Fahrenheit y, por extensión, amenaza con ceñir la soga al propio monarca? Las voces que resuenan en los corredores del Vigía de la Verdad apuntan a un pacto sellado en mármol frío: el Abejón ofrece cabezas costarricenses, el Imperio hace componendas con chapitos y nietos, y Guarito I se queda sin peones de recambio. En su desesperación, levanta a exguardas armados como el Gran Piz y alienta demostraciones de machete y nostalgia militar, cual si la pólvora limpiara la hediondez del Palacio.

Mas no hay pólvora que oculte la evidencia: las caravanas del Cártel del Nopal siguen zarpando, el Cártel Tabasco de los Nietos avanza por la Bahía, y los guardianes estatales que deberían interponer escudos venden en cambio sus miserias por un cofre de monedas doradas.

Llegamos así al umbral de la vergüenza. Si el viejo Zamba decide cantar un segundo verso, los nombres que queden expuestos no serán sólo los de Fahrenheit y Guario, ni los de La Yuli y sus escuderos, sino los del propio Rey y su Corte, quienes permitieron que el Reino de Costa Zafiro se convirtiera en república bananera del rapé.

Damas de la intuición y caballeros del juicio templado, afilad la sospecha. Revisad los edictos con lupa y olfatead cada nombramiento. Que no os confunda la verbena digital ni el aplauso comprado. No hay cortesía que valga cuando la patria se vende a granel en la lonja subterránea.

Vuestra siempre,
Lady Susurros

custodia de cuentos y verdades insomnes,porque la tinta, aunque escasa, aún sangra verdades que arden.


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