Apuntes, rayones y manchas de mi vida

En el vigésimo séptimo día del mes de junio del año de gracia de MMXXV, cuando la regencia de Guarito I aún extendía su manto sobre Costa Zafiro, Ráñiga, caudillo de la Orden Inmaculada Judicial, proclamó ante los cronistas del nuevo Voceros Renacidos, y la Voz de la Nobleza Descontenta que Farenheit conserva amistad hondísima con un consejero de alcoba del monarca y trato directo con un ministro en funciones de la Guardia Real. Sus palabras corrieron cual oleada helada por los salones de la Corte Real, que se ufanaba de haber entregado a Farenheit a los Cazadores del Norte.

La Cámara de los Pergaminos Oficiales respondió con premura, tachó tales revelaciones de simples habladurías y anunció que el Rey exigiría cuentas tan pronto como Ráñiga pronunciase los nombres en público. Ningún edicto de pesquisa interna fue emitido, circunstancia que inflamó los murmullos del Parlamento de los Suspiros.

La conmoción trajo a la memoria un episodio velado. El III de febrero de MMXXIII, en pleno Altar de los Expedientes, Faro Apagado, entonces capitán de la Guardia Real y hogaño vigía del Dominio Inútil Secreto (DIS), interrumpió un cónclave para confesar que Farenheit lo había visitado en compañía de los hermanos Idiotiñán de Cumbiyara, contrabandistas ya investigados por los Sabuesos del Tribunal. Testigos de aquel relato fueron Milico Carabinero, Negro Noche, Borrasca el Vigía y Soto del Primo; todos quedaron pasmados, pues la pesquisa contra los Idiotiñán bullía en secreto.

Según refirió Faro Apagado, los visitantes ofrecieron nuevas sendas para dar con el Diablo, corsario de la bruma y azote de las rutas del polvo blanco. Menos de un mes antes, el X de enero de MMXXIII, el propio Faro Apagado había prometido que el Diablo caería en seis u ocho lunas; aquella profecía se desvaneció con el correr del tiempo y las palabras de Ráñiga avivaron la sospecha de que el hilo conducía hasta las bóvedas mismas de palacio.

Entretanto, la Mesa de Los Suspiros contra el Contrabando exige esclarecer los lazos que anudan a Farenheit con figuras de poder, la Corte Real guarda silencio y el pueblo, atento a cada crónica, contempla cómo el relato triunfal de la Corona se resquebraja. Queda así fijada la cuadragésima quinta crónica, memoria viva de que la intriga pocas veces cubre un solo rostro y de que los ecos de una voz firme pueden estremecer los cimientos del Reino.

Siempre vuestra,

Lady Susurros

Seguid orando para que la salud de Farenheit se restablezca y pueda emprender el largo viaje en un carruaje alado hacia los Nortes.

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1Manuel Damián Arias Monge


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