
Amados y persistentes leyentes de esta pluma susurrante, sé que algunos habéis suspirado por el silencio de mi tinta, y he de confesar que, en noble gesto, me aparté unos días del pergamino para que vuestras almas no se vieran tan frecuentemente quemadas por el ácido de mi escritura. Mas he recibido vuestros mensajes, ruegos y noticias, y como buena hija de los susurros del reino, aquí retorno. Gracias os doy por cada letra enviada, por cada testimonio, por cada exabrupto que echáis al viento en esta Costa Zafiro tan extraviada y violenta.
Y retorno porque los movimientos en la Corte del Guaro ya no son simples traspiés, son danzas de embriaguez política, tropiezos con espuelas, patadas en los tobillos entre los pretendientes del trono que Guarito I desea dejar ocupado por alguna criatura de su establo.
Desde hace lunas se viene urdiendo el plan: no bastará un solo carruaje para llevar al Guarismo al nuevo Tiempo de Componendas y Votos, hace falta una flota entera de carretas maquilladas, con ruedas de oro falso y corceles de alquiler. Ya se ha dicho, se ha murmurado, se ha lanzado con truenos y se ha desmentido con bostezo: ¿quién será el delfín o la delfina del Acosador Repatriado?
Uno de los bufones togados de la Corte, el viejo defensor Lupus el Villano, aquel que ondea su capa con voz de cátedra en las justas mediáticas, ha anunciado sin pudor lo que muchos callaban entre dientes teñidos de vino barato: que su elegida es doña La Ura de la Risita, no la única reina que ha habido en Costa Zafiro, no La Ura del Paso del Pantano Norte, aquella que prometía transparencia y terminó desnudando al reino en promesas incumplidas y caminos malhechos, de mal recuerdo, la otra, la que, según él, es la buena. Ha dicho este caballero que no hay nadie más digno de la corona del guaro, y lo ha dicho mientras despellejaba a Sir Charly PUM, el Señor de la Imprenta del Rey, acusándole de enriquecerse con su canal PUM y de no tener ni pizca de cortesano. Y en medio de sus alaridos verbales, se burló también del llamado Mastuerzo de Tiza, a quien define no por lo que dice ni hace, sino por ser el esposo de la prima del Barón de las Rejas, del Rey de El Redentor, como si la sangre de un pariente por alianza fuese suficiente para ungir o deshonrar.
Mas el tal Mastuerzo de Tiza, con voz de mármol templado, respondió desde su propio púlpito de humo, diciendo que no hay ni pacto ni guiño con reinos extranjeros, que su partido es nuevo, puro e independiente, sin conexión alguna con los bufones de la Corte Real ni con los alquimistas del poder. Promete diálogo, promete respeto, promete trabajar con los sabuesos del Tribunal como si el Reino no estuviese plagado de esqueletos bajo el tapiz. Su Casa se llama A la Reja, esperando ser el carruaje que lo transportará al banquete de votos, donde los cubiertos son decretos, las copas rebosan promesas y los platos se sirven con pactos cocinados a fuego lento. Debieron llamarla el Carretón del Primo.
Y qué decir del circo de casas que pululan alrededor del Guarismo, la Casa del Pueblo Sometido, donde reposa en su hamaca tropical la Dama de la Mortaja, Layuli Mortega. También asoma su crin la Casa del Rapé, la que utiliza un jaguar dorado de emblema en su escudo malva, color escogido no por nobleza sino por la nostalgia de un reino que se pinta de pureza mientras se hunde en sombras, donde el jaguar —símbolo sagrado de fuerza y guardianía— ha sido degradado a mascota de campaña —una insignia digna del engaño visual y el rugido hueco—, donde uno de sus representantes fue investigado por trasiego de rapé por Negro Noche, y que se vio forzado a renunciar a su puesto en la Corte del Guaro, carruaje sin brújula que arrastra los suspiros de viejos devotos desencantados, y otras casas sin cimientos que brotan como hongos tras la tormenta, esperando ver si el Guaro los señala con su dedo tembloroso.
Y sin embargo, en esta guerra de delfines mal alimentados, no falta quien sospeche que detrás de la sonrisa de la tal La Ura de la Risita hay puñales envainados, quizá afilados por antiguos agravios de pasillo o por promesas rotas en la Encerrona de la Corte, y que el Rey la quiere, sí, pero no la quiere tanto como para soltarle la corona. Que la Pillina misma ha dicho que ella no es la elegida, que aún no hay nadie a quien llamar la heredera del guaro. Porque el monarca sabe que el pueblo chavelo, tan dado al culto único y la fe ciega, no entiende de fragmentación, que si le ponéis cinco escudos distintos con su cara y un dedo apuntando al sol, el plebeyo guarista se perderá. Por eso el Guarismo tantea, tantea y tantea, buscando un delfín que sepa obedecer sin pedir monedas por adelantado.
Mientras tanto, Sir Charly PUM, el impresor de las propagandas reales, hace de correo secreto del Rey, llevándolo a misiones silenciosas y encubiertas por tierras vecinas, ajeno a las burlas que le lanza Lupus el Villano, como si el eco de sus ofensas no rebotara en las paredes del mismo castillo que todos comparten.
Será esta contienda por el carruaje de Su Majestad una danza de celos y codicias, donde cada pretendiente ensucia al otro con tinta, con rumores y con lascivia del alma. Una ópera de pasiones mediocres que haría llorar al mismo Jogueres desde su tumba de confites.
Yo, Lady Susurros, os prometo seguir esta tragicomedia con la lupa de la sátira y la pluma de la memoria. Porque el Guarismo, aunque se disfrace de tigre, de delfín, de jaguar o de la buena La Ura, huele siempre a lo mismo: a trono manchado de licor, rapé y tinta vencida.
Siempre vuestra,
Lady Susurros
Hasta la próxima crónica, que Gaia nos guarde y la verdad nos muerda.
Ver menos
