
(canción al final de la crónica)
Desde hace meses, mientras el viento arrastra los ecos podridos de la Corte del Guaro, mientras los ríos agonizan buscando respiro entre piedras saqueadas y los árboles susurran letanías de auxilio bajo el filo del Conde del Biocrimen, nació otro de los absurdos monumentales de este reinado de embustes.
El monarca Guarito I, llamado en los mentideros el Acosador Repatriado, ha osado entronizar como emblema de su mandato a la más noble de las criaturas de la espesura del Reino, el Jaguar. Sí, el Jaguar, guardián de los secretos del bosque, criatura soberana de la vida silvestre, símbolo de la esencia misma de Gaia y protegido por los Guardianes de lo Verde.
Mas ya sabéis, amados leyentes, que en manos del Guarismo todo lo puro se retuerce. Aquello que fue criatura sagrada, hoy yace degradado a baratija de oropel, convertido en pin metálico que reparte entre sus bufones del algoritmo, focas aplaudidoras, tigrillos de jaula y ministros del vasallaje como si fuesen monedas lanzadas al suelo de un circo romano.
El llamado Modelo Jaguar, soplado al oído cortesano por los mercaderes de la Bóveda de Vespucio, esos contadores de espejismos que entienden más de balances hinchados que de selvas heridas, fue adoptado sin pudor por el Rey. Desde entonces, su estampa felina adorna pines, banderolas, pergaminos oficiales y hasta los pliegues digitales donde los troles vociferan alabanzas a su amo, cual jauría domesticada que truena en las redes del vulgo.
Mientras tanto, sus lacayos han permitido el saqueo insaciable de los ríos, los permisos de tala disfrazados de progreso, las minas devoradoras de entrañas y las concesiones de muerte al mejor postor, en un reino donde el verde ya no es sinónimo de vida, sino de contratos oscuros y cofres rebosantes para los mercaderes favorecidos.
Mucho más le habría correspondido al Guarito portar como emblema una botella de guaro de contrabando, símbolo fiel de su embriaguez permanente de poder, de truhanería, de arengas y pactos de cantina. O, si la honestidad no le fuese tan ajena, podría exhibir un espejo roto, reflejo exacto de su gobierno de medias verdades, promesas quebradas y reformas hechas a la medida de su propio capricho, como la llamada Ley Jaguar, verdadero asalto contra la Contaduría de los Gastos y la Torre del Tribunal.
Pero el delirio simbólico es contagioso. Los machistas aduladores del Guaro, esos varones de bigote polvoriento y hombría declinante, han adoptado al Jaguar como disfraz de su decadencia. Imaginan que, al portar el pin, recuperan una fuerza que se les escurre en cada sorbo de cantina. Creen, pobres almas, que embutidos en camisas estampadas de felino podrán cargar sus armas, físicas o verbales, contra pobladores que osan no postrarse ante el rey ridículo de este teatrillo. Se visten de jaguares, pero bajo la piel de manchas sólo ocultan la cobardía crónica de los que temen perder sus migajas de poder.
Y como último acto de esta opereta de quinta, el Rey cruzó los mares hasta Galolandia, para en un convite de nobles distraídos por los océanos, ofrecer al monarca galo su pin del Jaguar, como si la criatura silvestre hubiese dado su bendición a semejante circo. Un jaguar, símbolo de biodiversidad profanada, usado como amuleto diplomático por quien permite la tala, el saqueo y el envenenamiento de su Reino.
El felino, desde los confines de los bosques, en todo Costa Zafiro, observa con sus ojos de espanto. Sus rugidos ya viajan con los vientos del Reino, no soy amuleto de bufón, no soy ornamento de embaucador, no soy marca de propaganda.
Mientras tanto, los devotos del Guaro se embriagan de oropel creyendo que el pin es escudo de virtud, ignorando que detrás del metal reluciente se esconde el hedor agrio de la hipocresía. Modelo verde, desarrollo sostenible, repiten los coros oficiales mientras las raíces de la espesura se talan y los ríos lloran su desangramiento.
Así marcha el Reino de Costa Zafiro, donde el Jaguar es convertido en mascota de un poder grotesco, donde la selva es desollada bajo el canto de alabanzas huecas, y donde el verdadero emblema de este reinado no es el felino de la espesura, sino la botella clandestina y el espejo resquebrajado de sus propias miserias.
Lady Susurros
Y que el rugido verdadero del Jaguar retumbe cuando cada trol y bufón ose publicar una mentira.
