Apuntes, rayones y manchas de mi vida

(canción al final de la crónica)

Cuando los tornados del centro de Costa Zafiro no han podido llevarse el olor nauseabundo de la Corte Real, se desató un episodio de ser relatado para vosotros, dulces leyentes.

En aquel día, vuestra servidora Lady Susurros se hallaba en la sede de la Orden de las Amazonas, realizando una diligencia menor. Fue allí donde, de pronto, los gritos desaforados de Cinderella Tapete retumbaron como truenos sin clemencia. No pude resistir la tentación y, deslizándome entre los tapices, me colé discretamente hasta el bureau donde la Maestra del Linaje de las Damas libraba su escena de descomposición. De maestra no tiene nada, le queda grande el bureau, el título de maestra, y casi que se podría decir, el de dama de la corte.

Según lo que mis propios oídos escucharon, la Dama Tapete vociferaba, lanzando improperios en tono desaforado, al grito de:

«Malditas bellacas insolentes, las detesto, hijas de la desvergüenza, malnacidas del rencor, les odiooooo.»

Lo repitió muchas veces, y mientras lo decía se ponía rosada de la cólera, no voy a decir que morada, porque ese color es solo para las valientes, las dignas, las luchadoras.

Los ecos retumbaban mientras las doncellas temblaban, las plumas caían de los tocados, y los centinelas desviaban la mirada para no cruzar sus ojos con la furia que allí se desbordaba.

La causa de semejante exabrupto era la osadía de las Huestes Insumisas, como se nombra a los colectivos feministas del reino, que habían presentado ante la Contaduría de los Gastos y el Altar de los Expedientes un pliego devastador de acusaciones contra la fallida Estrategia de las Zonas Rosadas.

Según el denuncio, aquellas carpas instauradas con pompa por Cinderella Tapete, lejos de auxiliar a las damas afligidas, se convirtieron en cenáculos de gasto inútil, supervisión negligente y contratos amañados. Durante dos años, millares en monedas de oro y plata fueron despilfarradas en consultorías inútiles, atenciones mínimas y servicios que no resolvían las penas de las mujeres ultrajadas.

En algunos dominios del reino, apenas una mujer fue atendida en más de un año. En otros, las Zonas Rosadas servían de escenarios vacíos donde las contratistas privadas cobraban sumas descomunales sin ofrecer el socorro prometido. Una ruta crítica agravada, una burla a las sobrevivientes de la violencia y un festín de contratos para mercaderes de servicios.

Lo que encendió la cólera de la Dama Tapete fue la osadía de que estas Huestes Insumisas, encabezadas por damas de verbo afilado y experiencia vasta, solicitaran la intervención de Tamar Azú, la Guardiana de los Gastos del Reino, y de Negro Noche, Sabueso Mayor, exigiendo investigaciones por enriquecimiento ilícito, prevaricación y corrupción.

Las propias palabras de Cinderella Tapete, consignadas en los informes, la hunden: reconoció la ausencia de estudios de factibilidad, despreció los datos existentes, desconoció las rutas críticas de las víctimas y privilegió la tercerización privada sobre el fortalecimiento de las unidades regionales que sostenían el peso de la tragedia femenina.

Mientras la violencia contra las mujeres alcanza picos jamás vistos, y los femicidios se multiplican, la Maestra del Linaje de las Damas, en vez de asumir responsabilidades, se descompone en gritos palaciegos llenos de odio, pero más que odio, era el miedo a verse descubierta, a que se sepa que no sabe nada de togas, de cuentas ni de cómo ser una amazona.

El escándalo apenas comienza, y si la Contaduría de los Gastos y el Altar de los Expedientes proceden, la historia nos regalará más páginas teñidas de púrpura de vergüenza.

Vuestra siempre, Lady Susurros, que está en todos los bureaus, detrás de las cortinas, en las salas de té, siempre, porque la información es poder.


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