Apuntes, rayones y manchas de mi vida

(canción al final de la crónica)

En estos días de sopor en el Reino de Costa Zafiro, cuando las lluvias limpian los caminos reales pero no lavan los pecados de sus nobles, se ha comenzado a rumorear entre los mentideros del reino una herejía tan temida como divertida, el nacimiento del pilarismo. Sí, buen lector de estas líneas malintencionadas, habéis leído bien. Hay quienes susurran en los callejones de Costa Zafiro que la era del guarismo podría estar viendo nacer su propio monstruo interno, los pilaristas.

Y es que no habría espectáculo más grotescamente sabroso que ver al Rey Guarito I, el Acosador Repatriado, y a su Corneta Pillina I, Dama de Lengua Veloz, peleándose los aplausos de la misma horda de devotos. Imaginad el serrucho en manos de ambos, cada uno ansioso por quedarse con el taburete de los aduladores. El problema, claro, es que al parecer la Corneta ya está echando mano a la orquesta entera.

Mientras tanto, en las cocinas de la Casa del Pueblo Sometido, también conocida como el establo de Layuli, los vapores de la ambición hierven sin descanso. Ahí, Layuli Mortega, Mensajera Oscura, sigue batiendo el caldero mientras vigila cada movimiento de la Corneta. Es bien sabido que a Mortega nunca le cayó en gracia la soberbia de Pillina, y Pillina jamás disimuló su asco por la colección de esqueletos que Mortega arrastra desde Viacrucis, allá en Tlacali, cuando su consorte Bacalao de Mortega hacía negocios poco santos bajo la sombra de Jarte Ochoa, el Saqueador de Viacrucis.

Pero esta vez la tragicomedia adquirió ribetes de feria ambulante. Resulta que, mientras el Consejo de los Votos Secretos apenas comienza a organizar el próximo Tiempo de las Componendas y los Votos, la Casa del Pueblo Sometido celebró una de sus ridículas asambleas, esas en donde se vota por aclamación, siempre bajo la mirada vigilante de Mortega y sus acólitos de cartón piedra.

Allí apareció Caquez el Bocón Largabolsa, Lord Tesorerillo de la Bolsa Oscura, quien entre aplausos fingidos soltó la joya del día, que él estaba allí porque Guarito me lo pidió. El silencio incómodo fue tan pesado que hasta las cucarachas enmudecieron. Alguien, en un intento desesperado por salvar el pellejo real, le susurró que debía aclarar a cuál Guarito se refería. Con la gracia de un avestruz bailando minué, el Tesorerillo intentó corregirse murmurando que era otro Guarito, un tal Guarito Ron, que nadie, absolutamente nadie, había escuchado antes en el Reino ni en ningún rincón de las Tierras Zapotónicas.

Layuli Mortega, sudando como si la hubiesen encerrado en el calabozo de los inquisidores, respaldó la versión sin que se le moviera la peluca. Fue tan torpe la maniobra, que hasta los troles y bufones del algoritmo se tomaron la tarde libre, incapaces de defender tamaño esperpento.

Pero esta tragicomedia de medio pelo no es casualidad, mis estimados. Porque detrás de estos enredos pueriles yace el verdadero espectáculo que todos anhelamos, la guerra fría entre la Corneta Pillina y Layuli Mortega, ambas ansiando que el Rey Guarito I las bendiga como la madre política de la reelección a la corona.

La Corneta, mientras tanto, continúa paseándose por los corredores del Parlamento de los Suspiros, dejando caer frases tan calculadas como hipócritas. Que si aún no hemos decidido el partido, que si hay varias opciones finalistas, que si todo a su tiempo. Traducido al zapotónico llano, yo decido cuándo y a quién, y Layuli que me aguante el brinco.

Lo que la Corneta jamás menciona, pero todos conocen, es que se le erizan las plumas de cisne al recordar el pasado podrido de Mortega, que huele a rapé, dineros sucios y favores del Cartel del Nopal en Tlacali. Porque Mortega no sólo trajo a Costa Zafiro su maleta de trapos viejos, sino un historial de alianzas con las sombras más espesas del Viacrucis mexicano.

Y como si el sainete no tuviera ya suficientes ingredientes para una zarzuela bufa, debemos añadir el recuerdo reciente de la Torre de los Esbirros del Algoritmo, aquel siniestro centro de operaciones de los troles cortesanos, donde Mortega, junto con Jos Lyn I, Dama de la Higiene, (permiso para deciros que esta dama no entiende por qué le dicen de la Higiene, que si fuera cierto su romance con aquel personaje su mote sería del Desaseo), ella orquestaban ataques digitales contra los adversarios de la Corte Real. Nunca olvidaremos cómo, ante la comisión parlamentaria, la Mensajera Oscura apeló al derecho al mutismo más de cincuenta veces, como buena especialista en la abstinencia verbal cuando el riesgo es pisar sus propios excrementos.

En este escenario digno de burdel descompuesto, surge ahora la idea de sembrar la cizaña definitiva, que los devotos del Guaro empiecen a llamarse pilaristas en vez de chavistas. Solo imaginar el rostro del Guarito I al escuchar la mutación semántica provoca carcajadas entre los plebeyos pensantes del reino, porque los plebeyos de la Secta del Guarismo, esos aplauden sin saber qué ni a quién.

Mientras tanto, Guarito I, fiel a su estilo de poder perpetuo, firmó en las penumbras el Decreto del Ejército Ad Honorem, llamando a filas a la Reserva de la Guardia de los Bastones de Hierro. Dicen los heraldos oficiales que es para proteger bienes y derechos, intervenir en emergencias, eventos masivos y hasta custodiar el transporte de maderas preciosas, aunque a nadie se le escapa que la verdadera intención es tener su propio ejército de reservistas listos para las batallas que se avecinan en el Tiempo de las Componendas y los Votos.

Pero he aquí, nobles lectores, lo que más asusta a algunos, todo esto ocurre mientras el Rey Guarito I enfrenta acusaciones de corrupción que podrían llevarle al banquillo de los reos. Y qué mejor que contar con una reserva militar ad honorem, bajo su exclusivo mando, para blindar su trono en medio de la tormenta política. Las aves de mal agüero ya murmuran sobre la peligrosa concentración de poder, el uso político de la guardia pública, y el naufragio de la confianza ciudadana.

Y así, mientras la peste del rapé y el oro envenenado merodea como sombra maldita sobre el Reino, las viejas de patio, los lacayos del Guaro y los nuevos pilaristas afilan cuchillos, peinan pelucas y preparan sus mejores embustes para la comedia por la elección al trono que se avecina.

Ay, Costa Zafiro… cada día sois menos reino y más corral.

Aquí finaliza la Crónica 39, relatada al oído por Lady Susurros, desde algún rincón sombrío de Zapotón, en el Año del Guaro Decadente.


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