
Corría el año del Señor de MCMLXXI cuando, atravesando montañas, selvas, suampos y valles, arribó a Costa Zafiro una doncella llamada Pilar Cisneros Gallo, quien, apenas alzada de la infancia, trajo consigo un linaje jurídico y la melancolía del destierro. Su señor padre, Masomenos el Jurista, escapaba de las garras militares de Vasco el Usurpador, y por los oficios de Sir Chalo, hallaron asilo bajo los cielos pacíficos de los confites y los violines.
Así se inició la saga de quien sería, décadas después, Pillina I, la Corneta de la Corte, Dama de lengua veloz y de verbo acerado. Formada en las Torres Académicas de la Torre de Marfil Rebelde y después en las tierras del Norte, regresó pertrechada de pergaminos de la ciencia de la palabra inquisitiva. De allí partió al templo del Pergamino de la Oligarquía, y luego a la Voz de la Nobleza Descontenta, donde, por XXII largos inviernos, blandiendo la pluma sonora cual espada flamígera, desnudó a los poderosos con descaro regio, mas nunca fue amiga de la plebe.
Mas, como reza el viejo proverbio de Zapotón: quien demasiado tiempo juega con dragones, termina por montar uno. Y así fue.
Tras su retiro, la dama, que juraba por sus nietos jamás vestir túnica de senadora, sintió el llamado del Guaro. Rodrigo el Acosador Repatriado, conocido en los pasillos de la Corte como Guarito I, le ofreció el cáliz del poder. Al tercer sorbo de la tentación, la indomable inquisidora del verbo dobló su cerviz: «No le debo nada a nadie», proclamó, mientras montaba el carruaje alquilado de la Casa Cortesana Oficialista.
Así nació Pillina I, la escudera mayor del Rey del Guaro.
Durante la campaña de las Componendas y los Votos, fue ella quien con su rostro conocido calmó los nervios del vulgo, empujando a Guarito I hacia la corona. Los Bufones del Algoritmo y los Heraldos del Guaro hicieron el resto. En la noche del triunfo, Guarito abrazó a Pillina como a una madre política, y la proclamó garante del periodismo libre, ese mismo que meses después sería arrastrado al lodo de la propaganda.
A esta Lady le llegó el susurro que en tres ocasiones, antes de subir a su curul, la Pillina en cuestión, cuando le quedaba dignidad, quiso bajarse del carruaje por el accionar tan burdo del candidato a Rey, cuando sus infidelidades con la Consorte del Hielo estaban en boca de todo el reino. El momento más tenso fueron los besos de playa de Guarito, que terminaron mintiendo que era para su consorte. Pero no, pudo más su codicia.
Desde su curul en el Parlamento de los Suspiros, Pillina I blande el cetro de la fracción oficialista, el Círculo de los Parlamentarios del Mal, cual matrona severa de un convento de novicias inexpertas. A cada crítica, responde con denuestos floridos; a cada escándalo, una arenga de puro espectáculo zapotónico. Si los Sabuesos del Tribunal husmean las cuentas de la Corte, ella espeta: «Ni que fuéramos idiotas, don Negro Noche».
Y si el Altar de los Expedientes osa hurgar los secretos del Tesoro de las Campañas, la Corneta Pillina entona su himno favorito: «Todo es persecusión a la realeza. Todo es sucio juego de los pericos loros y los gremieros del resentimiento».
El pueblo mira, dividido: los guaristas la aplauden como cruzada incorruptible, y los antiguos admiradores de su verbo inquisitivo se tapan el rostro ante el espectáculo de ver a la cronista del pasado abrazada al monarca de las dádivas y vicios.
Oh ironía suprema de Costa Zafiro: quien antaño denunció a los poderosos, hoy sirve de escudo a su majestad el Guaro. Así gira la rueda en el reino de las paradojas. Y mientras el viento del escándalo ruge por los pasillos del Parlamento de los Suspiros, Pillina I sigue en su curul dorada, gritando desde las almenas del poder: «¡No me debo a nadie, salvo al pueblo y al Rey!»
Mas en los corredores oscuros del reino, los eruditos rebeldes susurran: «De inquisidora a cortesana, sólo hay un paso y una corona de monedas doradas».
Recopilada sin temor ni vasallaje por Lady Susurros
Para vergüenza de cortesanos y esparcimiento de plebeyos del Reino de Costa Zafiro
