
Por Lady Susurros, con tintero risueño y látigo de letras, observadora de las farsas del Reino de Costa Zafiro
PRIMER ACTO: Las Caravanas del Engaño en los caminos del Sillón
Amanecía en los caminos neblinosos del Sillón, comarca del altivo San Román, cuando el séquito real descendió entre troles, cronistas bien pagados y comidos, carruajes-caravana perfumados de obediencia y banderas ondeando como si el viento mismo cobrara salario. “Ahora sí, a la zona norte llegó el progreso”, gritaban con entusiasmo coreografiado desde gradas de utilería, decoradas con promesas para ovejas trasquiladas.
Guarito I, el Presidente de las Puertas Cerradas y la Rendija Desabotonada, llegó con paso teatral y sonrisa de cartelera. A su lado, como siempre, marchaba La Corneta Pillina I, cronista de sus propios milagros. Fue un día de discursos ampulosos, maquinaria recién lavada, obreros prestados y carruajes-caravana repletos de simpatizantes importados.
Porque, noble pueblo de Costa Zafiro, no se trataba de una obra, era una obra de teatro. No de infraestructura, sino de escenografía.
Horas después del banderazo, cuando los pergaminos móviles se apagaron y los tamboriles callaron, el terreno quedó como nuevo, como si nada hubiese ocurrido, como si los vítores hubiesen sido susurros del viento. No quedó maquinaria, ni trabajadores, ni siquiera una carretilla despistada. Apenas huellas frescas de una coreografía de humo.
Y como prueba de la devoción absurda que se exige en estos tiempos de componendas y votos, un pergamino sonoro se filtró, un fiel seguidor del monarca se regocijaba diciendo que “nosotros somos como ovejitas que seguimos a la reina”, refiriéndose, con reverencia mamífera, a Guarito I y su corneta predilecta. Y afirmaba que no permitirán fiscales, ni miembros del Partido de los Pericos Loro, ni nadie que intente pensar diferente, entrar a sus reuniones. Porque claro, ¿quién querría entrar a una cueva de ecos acríticos, salvo por error o masoquismo?
Otro vecino, más lúcido que sumiso, denunció que al menos la mitad del público que aplaudía el acto presidencial venía en carruajes-caravana desde El Muñeco, Noquirres, Cítrico y Las Flores, caravanas de entusiasmo contratado, en un estilo de farsa nunca antes visto en Costa Zafiro.
La zona norte, que sí existe, que sí espera, que sí necesita, sigue con caminos polvorientos y promesas para ovejas soñolientas. A Guarito I no le importó faltar a la verdad, solo a la estética.
Porque ni siquiera la forma le sale bien. En medio de los vítores dirigidos, nuestro rey, que ignora de protocolo, de diplomacia, de historia y de compostura, decidió bailar el himno patriótico de Costa Zafiro. Lo hizo con bríos de feria, agitando los brazos como si agitara un machete número 28 en una fiesta patronal. La Corneta Pillina I, por un segundo, pensó en seguirle el ritmo, pero la poca vergüenza que le queda la hizo recapacitar. Apenas movió el brazo que colindaba con el presidente pachuco, sin osar despegar los pies del suelo. En el fondo, sabemos que sí, como damas, que la Pillina debe sentir vergüenza, pero muy en el fondo, allá en el fondo del arcón que nunca ve porque siempre está lleno de monedas.
Y sobre la cancelación diplomática que se anunció días antes, por un tal Sir Pacheco del Banderazo, diciendo que la gira no se haría para evitar tensiones con Pinolagua, falso. No se canceló el show. Lo que se canceló fue el desfile armado de los Soldaditos de Plomo del Gran Piz, ese rapero caído que alguna vez comandó la Guardia Real. Ya no podrán verse en público, a pesar que el Rey sigue guiñando con el ojo oscuro el apoyo que le dieran las huestes del Nopal.
Porque esta no fue una gira de Estado, fue una función teatral financiada con tributos reales, y con entradas gratis para todos, menos para la dignidad.
SEGUNDO ACTO: Los Cronistas Caídos de la Voz de la Nobleza Descontenta
Mientras en el norte del reino se alzaban grúas fantasmas, en el corazón de La Almohada se escuchaban crujidos y no precisamente de plumas. No de pasos rebeldes, sino de cabezas rodando. La Voz de la Nobleza Descontenta entregó dos cronistas móviles a la hoguera del poder, Álvar el Indócil y Crisanto del Murmullo, cronistas de verbo incómodo y pluma sin correa.
¿Su crimen? Haber compartido un número de pantalón ya público del monarca. ¿Su pecado? Incomodar con preguntas. ¿Su castigo? El destierro de los cronistas móviles de la Voz de la Nobleza Descontenta.
La Corneta Pillina I y el Palacio de Zapotón no toleran el ruido fuera del libreto. Ya antes lo vimos, cuando el monarca reveló una misiva del Semanario de los Eruditos Rebeldes, sin ética ni pudor, para intimidar a quien osara indagar su turbio pasado en la Bóveda del Orbe y sus tratos con el acoso.
Aquel acto, indecente y grotesco, pasó sin sanción, sin juicio, sin portada en la Voz de la Nobleza Descontenta. Pero cuando dos cronistas ejercieron su oficio, les cayó la guillotina. Porque ahora que hemos entrado en el Tiempo de las Componendas y los Votos, tiempo de elegir al nuevo rey, el tributo de monedas doradas brilla como oro en la bóveda, y el miedo silencia los tambores.
“El miedo y el silencio no son opción”, escribió Álvar el Indócil. Y tenía razón. Lo que indigna no es que haya líneas editoriales, sino que se maquille la sumisión como profesionalismo. Lo que duele no es que se tomen decisiones internas, sino que se arrodillen ante el poder para proteger sus monedas doradas.
La Voz de la Nobleza Descontenta nunca fue de todos. Fue del banquero, del exportador, del que financia con sonrisas fingidas los cantos de plebeyos. Hoy no solo se entregaron dos cabezas, se vendió la ilusión de que la imprenta aún podía ser libre. Y eso, queridas mentes pensantes, no se recupera con boletines ni lágrimas.
Porque en esta época de hienas disfrazadas de palomas, la libertad no se grita, se ejerce.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
La dama que agradece la lectura que hacen de estas crónicas sus fieles chismosos y chismosas del Reino de Costa Zafiro. Pero más le gustaría verles en las calles gritándole al Rey que no lleva traje.
