Apuntes, rayones y manchas de mi vida

De la Guardia Real a Soldadito de Plomo y Rapero del Nopal

Por Lady Susurros, con tintero verde olivo, desenmascarar a la Corte Real es el objetivo

En los pliegues más oscuros del Reino de Costa Zafiro, donde los decretos se escriben con tinta de miedo y las guardias desfilan al ritmo de tambores invisibles, ha resurgido una figura que, aunque caída, nunca dejó de marchar: El Gran Piz, rapero del Nopal, forjador de caravanas de carruajes y discípulos del plomo.

Muchos mozuelos crecieron escuchando cuentos sobre la abolición del ejército real como quien escucha relatos de hadas. Que aquí no había generales ni cuarteles, que la paz era nuestro escudo, que la Guardia del Reino era civilista, educada, pacífica. Pero entre los arbustos de esa narrativa florecieron otras realidades: academias extranjeras, entrenamientos de guerra, y un puñado de oficiales que en vez de servir al Reino soñaban con trincheras.

El más visible de todos fue El Gran Piz, entrenado no en los pasillos de la sabiduría, sino en Guinsec, la Academia de Vespucio, donde dictadores y torturadores de Cumbiyara (Cumbia y yuca) y Centlalli (Tierra de maíz) aprendieron a domar pueblos con fusiles. Piz, alma afilada y bigote de uniforme, recibió lecciones en infantería, guerra de baja intensidad y comando. No se formó como guardia, sino como cruzado del orden sin alma.

Entre los años del Señor MMVII y MMVIII, fue nombrado líder supremo de la Guardia del Reino, bajo el aplauso del entonces emisario Sir Ferrocal, el Perico del Negocio, quien aplaudía como loro entrenado cada vez que El Gran Piz organizaba un desfile, una detención sin papel o una razia sin razón.

Sus métodos eran más propios de un general de trinchera que de un caballero de la seguridad. En los libros sellados del Parlamento de los Suspiros se encuentra testimonio de detenciones ilegales, humillaciones públicas y desapariciones a plena luz. Una manifestación frente al Parlamento terminó con activistas arrastrados por sus capas y silenciados como si fueran herejes.

Lo más perturbador es que El Gran Piz, antes de su captura, fundó en tierras privadas un campamento de patriotas armados, donde adoctrinaba a muchachos sin norte y a exmilicos resentidos. Enseñaba no el arte de cuidar, sino el arte de obedecer. Los llamados eran «simulacros», pero los cargamentos eran reales. En lugar de himnos, repetían letanías de patria y orden. En lugar de mapas, llevaban rutas de rapé.

Su captura en un operativo fue consecuencia de lo anterior, cuando se le descubrió operando como estratega de caravanas de carruajes entrenados por su red, al servicio del Cártel del Nopal. Su condena lo envió a las mazmorras por una década, aunque su salida se dio antes gracias a fórmulas de buena conducta, trabajo, estudio y demás ritos del perdón administrativo.

Hoy, aunque libre, no es un civil, sino un general sin título. Su carisma no está en la pluma, sino en la metralla. Y lo que algunos informes señalan es más inquietante aún: que miembros de la Cámara de la Guardia se sientan representados por El Gran Piz, que quieran unirse a él para defender al monarca de un supuesto golpe de estado judicial que no existe. Y que Guario Zarza Mora, el Guardia Mayor de la Corte, no diga nada.

El Rey del Reino, Guarito I, el Acosador Repatriado, ha sido todo menos contundente. En vez de desautorizar, agradece. En vez de condenar, sonríe. En una reciente aparición desde el balcón del Palacio, expresó su gratitud a los caballeros armados de San Carlos, quienes anunciaron estar listos para defender al monarca si los sabuesos del tribunal osan juzgarlo. Solo en la mente de un soberano alucinado se puede concebir un golpe judicial. Y sin embargo, allí estaban, con banderas, gorras y machetes: los nuevos patriotas del desorden.

Los paralelismos ya no son sugerencias. En Cumbiyara (Cumbia y yuca) y Centlalli (Tierra de maíz), el paramilitarismo comenzó con ideas similares: seguridad ciudadana, enemigos internos, traidores infiltrados, reformas necesarias. En pocos años, esas naciones ardieron en guerras internas. Hoy, desde Buquelandia, Sir Nakele del Horror, Señor de las Mazmorras Injustas, observa con agrado a su par tropical. Y más al norte, Pato Trompeta, Rey del Reino Naranja, asiente desde su trono dorado.

Las caravanas del Nopal ya cruzan los puertos del Zafiro. Los escaneadores no funcionan, o se descomponen o nunca entran en operación. Los inquisidores callan. La fiscalía pierde fuerza. Y la Corte del Tribunal recibe ataques desde los balcones reales, mientras el pueblo se distrae con pan de aire y circo de humo.

El Gran Piz no fue un traidor solitario. Fue síntoma de una enfermedad más profunda: la militarización disfrazada de orden, el uso de la patria como excusa para callar disensos, y el avance del crimen como gestor de estabilidad.

Costa Zafiro está ante un umbral. Puede desmontar las redes del plomo o abrazarlas como si fueran la salvación. Pero que nadie diga, ni en trienio alguno, ni en treintena de lunas anuales, que no fue advertido.

Vuestra siempre,
Lady Susurros

Que los guardas no se deslumbren con el falso honor de la guerra, ni las banderas confundan a los plebeyos, el reino debe seguir civilista.


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