
De los Pergaminos Olvidados y los Hombres de Manto RojoPor Lady Susurros, con pluma sobria y recuerdo largo
En estos días de reformas dudosas y jornadas alteradas, donde se habla con ligereza de productividad sin pausa y eficiencia sin alma, esta cronista se ha refugiado en los archivos de la Biblioteca de la Llama Silente, ese rincón de mármol y polvo donde los logros del Reino yacen, sin aplauso ni estandarte.
Allí, entre pergaminos crujientes y sellos desteñidos, encontré nombres que no suelen ser llamados en las veladas del Palacio, ni en los festines de la Torre del Tribunal. Figuras de paso recio, verbo inflamado y chaquetas gastadas, gente que no fue del agrado de la Corte, ni de los heraldos y cronistas de tinta dorada que narran la historia oficial.
Pero hete aquí el asombro, las mayores conquistas del pueblo, esas que hoy se dan por hechas como si hubiesen brotado de un rosal sin espinas, fueron obra de estas almas incómodas.
¿Quién osó escribir el pergamino que limitó la jornada laboral a ocho campanadas? ¿Quién exigió que todo trabajador del Reino, por más plebeyo o jornalero, tuviese salario digno y días de descanso? ¿Quién, si no ellos, forjó con martillo y razón la Caja de las Almas Aseguradas, ese templo de salud que aún, a pesar de sus grietas, cobija a nobles y labriegos por igual?
Algunos portaban mantos rojos, otros hablaban con acento forastero, y hubo incluso quienes fueron llamados agitadores o traidores al orden. Pero sus nombres están grabados en los cimientos mismos de Costa Zafiro, Sir Mora del Manto Rojo, Don José de la Eñe, el Caballero del Verbo y la Amistad, y aquel Sir Raferón de la Guardia del Pacto Social, ¡a quien sí le dieron el crédito, pero fue porque no portaba el manto rojo!, entre otros que, aunque silenciados por la pompa oficial, tejieron con esfuerzo la dignidad del pueblo. Hasta aquel Josema Pueblo Alto, tan terco como brillante, que aún discute con los dragones del oro sin temblar.
Y sin embargo, ay, cuando alguno de estos defensores del bien común logra asomarse al Parlamento de los Suspiros o al Consejo de los Cofres, los heraldos y cronistas que se tragan elogios por los logros de antaño sacan sus dagas de tinta. “¡Populistas!”, claman. “¡Inviables!”, «¡Comen mozuelos!» mientras acusan de hambre a quienes reparten pan.
Conviene también no olvidar las tierras cálidas del sur y de Cítrico, donde el sol de la injusticia brilló sin tregua sobre las espaldas dobladas de mozos y mozas. Allí, en las bananeras, fueron estas mismas almas incómodas las que encendieron antorchas de conciencia, tejieron gremios, elevaron la voz y desafiaron imperios frutales. Gracias a ellas, Costa Zafiro no cayó por completo en la inmundicia del mercado sin honor, ese que paga con monedas lo que cuesta vidas. Fue allí donde comenzó a germinar la idea temida por los tronos, que todo ser humano tiene derecho a su dignidad.
A pesar de ello, esta dama ha visto con gratitud cómo los y las seis parlamentaristas del Círculo del Pueblo han mantenido el escudo alzado, evitando que esta Corte Real convierta a Costa Zafiro en un Reino de esclavos. Y más aún, se han sumado a esta defensa parlamentaristas de otros círculos que jamás hubiésemos imaginado alzando el puño contra la agresión al pueblo. Tal vez la historia, cansada de repeticiones serviles, haya despertado algo de dignidad aún en rincones inesperados.
Es esta misma pluma la que presenció cómo aquellos que se opusieron al Tratado Maldito, que anunciaron las sombras del ajuste y la privatización de los rayos, fueron ridiculizados en los pergaminos de la prensa cortesana. Hoy, cuando se cae un puente o se apagan las antorchas del saber, nadie recuerda sus advertencias.
No, no diré que eran perfectos, pero tampoco se puede negar que las conquistas sociales, las aulas abiertas, la salud para el pobre y la dignidad del trabajo no fueron regalos del cielo, ni nacieron de los caprichos del trono. Fueron luchas, y sus protagonistas aún caminan por los pasillos del anonimato.
Conviene recordarlo, justo ahora que los portavoces del Reino intentan que aceptemos menos derechos, más horas de labor y la obediencia como virtud. Conviene recordar que antes de aplaudir cada nuevo látigo disfrazado de reforma, hay que mirar quién sostiene la cuerda, y quién la resiste.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Que los ecos del pasado no se apaguen bajo el martillo del olvido.
