Apuntes, rayones y manchas de mi vida

La Corona Inflamada y el Miedo que Llegó sin Avisar

por Lady Susurros, desde los rincones oscuros del Reino de Costa Zafiro

En el segundo año del Reino de Zapotón, cuando las mariposas ya no se atreven a revolotear cerca del Palacio por miedo a que sus alas sean interpretadas como ataque contra el Rey, las promesas del monarca Guarito I, el Acosador Repatriado, yacían esparcidas por los caminos del reino como las hojas podridas de unas lluvias precoces.

“Dormid tranquilos. En el Reino de Zafiro, la libertad de pluma, la democracia de carruaje, la propiedad del candelabro, el credo libre y el derecho a insultar al monarca, si así lo desean, estarán protegidos. Por todas esas libertades daría mi vida.”

Y sin embargo, no ha habido noche de descanso desde entonces. Por cada crítica surgía un trol, por cada denunciante una amenaza, por cada cronista incómodo, un pergamino de persecución velada. Si por las libertades daría la vida, debió haber muerto ya mil veces.

“En el corazón del Progreso, en el corazón del Rey, no hay espacio para el rencor y la venganza. Jamás, jamás.”

En cambio, el trono parece alimentarse de rencor, como hiedra venenosa. Quien osa señalar los errores de la Corte Real es llamado enemigo del Reino. La venganza no sólo cabe, es estrategia.

“Vamos a transmitir en vivo las sesiones de la Mesa de los Vasallos.”

Y ahora la mesa es secreta, y los vasallos, mudos. Ni un solo pergamino en movimiento salió de aquel salón. El Rey alegó pudor de los ministros. Más bien fue temor a que las promesas se contradijeran en pergamino.

“Haremos un referéndum para impulsar reformas estructurales.”

El unicornio del referéndum jamás llegó, ni siquiera montado en mula. Se prometió la voz del pueblo, pero el único que habla es el monarca, y cuando lo hace, sube el volumen y baja el nivel.

“Reduciremos el costo de la vida eliminando 114 tributos.”

Y en vez de quitar impuestos, los multiplicó como panes en boda parroquial. El costo de los huevos subió, y el del arroz se volvió tema de estado. El pueblo come menos, pero le da miedo gritar.

“Aplicaremos la reforma de los cofres sin excepciones.”

Y sin excepciones se hizo la excepción con todo aquel que juró lealtad al trono. El oro cambió de manos, pero no llegó a las alforjas del pueblo.

“Impulsaremos una instrucción de calidad con estipendios y casas de infantes adecuadas.”

Los estipendios se congelaron como carne de banquete olvidado, y las casas de infantes están infestadas de órdenes sanitarias. Los infantes aprenden a esquivar hongos, pero no a conjugar verbos.

“Prometimos y cumplimos.”

Y yo me río entre pliegues de mi abanico. Sí, Su Majestad cumplió con su promesa de sonar fuerte, en TikTok, en insultos, en decretos improvisados y en la ira de los miércoles.

Y ahora, en la más reciente función de la Caravana del Guaro Ilustrado, el Rey llegó a Cítrico sin escenografía ni telones prestados del Anfiteatro de las Artes. Esta vez no hubo pantallas ni coros cortesanos, sólo un podio cansado, dos amplificadores de voz viejos y un ejército de ausentes.

Los Artesanos de la Luz y el Sonido, los antiguos escuderos del telón, se negaron a aparecer. Al fin comprendieron que colaborar con ese teatro les podía costar sus cabezas, o al menos sus plazas.

Ya la Comisión de los Cofres Olvidados afila su tinta para indagar cómo es que los pergaminos presupuestarios se usaron para montar plazas públicas disfrazadas de rendición de cuentas.

Y mientras todo eso sucede, el Gran Piz, antiguo Guardia Real, reparte bendiciones a nombre del Cártel del Nopal, con quien el Rey, según rumores del Viento del Norte, tuvo más que charlas de sobremesa.

Las cuentas paralelas de la Cruzada por la Corona aún gimen desde cofres sellados. Y la Torre del Tribunal no persigue al Rey, es él quien ha tratado al Reino como si fuera suyo y las leyes, su servilleta.

Hoy en el Reino hay miedo, un miedo que no se veía desde las guerras pasadas, o tal vez desde el último apagón de la memoria nacional, el miedo a hablar, a denunciar, a disentir.

Y si de promesas se trata, esta cronista recuerda otra:

“Vamos a unir al Reino y derribar muros.”

Lo único que ha unido el Rey son los gritos del miedo, y los únicos muros que ha derribado han sido los de la legalidad.

Y mientras se aproxima otra elección por la corona, esperamos que el Consejo de los Votos Eternos actúe en defensa de una contienda sin violencia, sin trampas y sin oro mal habido, porque si algo merece el Reino de Costa Zafiro, es que su destino no lo compren quienes venden la patria al mejor postor.

Vuestra siempre,

Lady Susurros

que los pergaminos del recuerdo no se disuelvan en la tinta del miedo


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