
Crónica de la Guardia Sumisa y el Edicto Plusilánime
En otros tiempos, cuando las aulas olían a tiza y no a soberbia, vivía en el Reino de Costa Zafiro un joven estudioso de ceño serio y mirada de quien creía en la ley. Ese era Guario Zarza Mora, hoy conocido como el Guardia Mayor de la Corte, antaño defensor de derechos, hoy escudero de la represión envuelta en seda burocrática.
Creció entre tomos de derecho y tratados de paz, con voz pausada y verbo de cátedra. Se decía que creía en la democracia, que promovía una Guardia civilista, y que desde el Altar del Pueblo Desoído (Defensoría) lanzaba palabras que brillaban como promesas de amanecer. Luego conoció el poder. Y se arrodilló ante él.
Cuando Guarito I, el Acosador Repatriado, decidió nombrarlo Guardia Mayor, hubo quien pensó que el Reino tendría por fin una mano firme con alma. Pero no. Lo que se nombró fue un asiento vacío que sonríe y asiente.
Guario Zarza Mora llegó al cargo luego de que Guarito I despidiera sin ceremonia alguna a su antecesor, por el atrevimiento de no querer pactar con el Cártel del Nopal ni con los caballeros de la bala prometida. Por eso supone esta dama, con la prudencia que le otorga su abanico de sospechas, que el actual Guardia Mayor, Guarito II, sí ha suscrito algún entendimiento con los reinos oscuros del tráfico de rapé y rapenilo. Porque en esta corte, lo que no se negocia, se barre. Y lo que se barre, vuelve por la puerta trasera con uniforme y sonrisa servil.
En vez de liderazgo, Guario trajo papel. Y del papel nació el Edicto de Seguridad Plusilánime, un amasijo de palabras pomposas, calendarios rotos y frentes de acción que no frenan ni a un carterista. La seguridad se anunció en clave de pergamino, con bloques, operaciones, cruzadas y lo mejor de todo: comisiones intercámaras. Porque nada intimida más al sicariato que una comisión con café frío.
Guario habla de bajar homicidios con estadísticas que se evaporan, de frenar el rapenilo con discursos en plazas, de contener el crimen con anuncios en papel satinado. Pero cuando el Altar del Pueblo Desoído (Defensoría) le pidió cuentas, él se hizo el sordo. Y la Justa Sala del Cuarto tuvo que recordarle que el silencio no es transparencia.
Y mientras los crímenes florecen, los guardias se multiplican en calles sin estrategia, las mazmorras se llenan de plebeyos pobres sin juicio, y los caballeros de la bala prometida brindan desde sus mansiones en las colinas del reino, Guario soporta.
Soporta cada miércoles la humillación pública en la Plaza del Palacio, donde Guarito I lo manda a callar, lo interrumpe, lo exhibe, lo pisotea verbalmente como si fuese un felpudo con grado académico. Guario traga saliva, baja la mirada y asiente. Agradece cada desplante como si fuese medalla. Guarda todo: silencio, obediencia y vergüenza.
En los años del señor MMX – MMXIV, Laurencia, la exreina de la Trocha, lo tuvo en su Guardia, Guario nos mostró su verdadera faz: aquel que envió a golpear a campesinos que pedían centros de salud. Treinta y cuatro detenidos, ningún culpable, pero sí muchas cicatrices. Porque el uniforme se usa con honor… o con vergüenza.
Hoy, Guario podría bajarse del carruaje con caballos desbocados que lo arrastra al abismo. Pero no lo hará. Porque bajarse implica pensar por cuenta propia. Y Guario, el del currículum brillante, prefirió ser la sombra útil de un rey ruidoso.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Y que no se diga que fue cobarde por miedo, sino por costumbre. Porque hay quienes ya no saben vivir de pie, si no es detrás de otro.
PD: Permítanme aprovechar este espacio para enviar un saludo distinguido a varias de mis lectoras asiduas, comenzando por las hijas de la Dama de la Toga Honorable, esa que ha tenido el buen juicio de no pasar por el salón de té de la Gárgola, donde el perfume de whisky se funde con la obediencia y la bendición. Saludo también a Lady Karol, dama callada pero de noble corazón, cuya lealtad a estas letras no pasa desapercibida. Y, por supuesto, a todas aquellas lectoras y lectores que se adentran cada semana en estas crónicas zapotónicas con el ánimo despierto y la mirada crítica. Que no les falte nunca el té caliente ni la sospecha bien afilada.
