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El Oro de la Hermandad Rota: Confesiones desde Villa de los Valles Gélidos
Por Lady Susurros, con abanico dorado y oído entrenado en las esquinas del secreto familiar
En las colinas brumosas del Reino de Costa Zafiro, donde la niebla no sólo oculta paisajes sino también pecados antiguos, se alza una villa de descanso digna de emperadores destituidos, me refiero, claro está, a la Villa de los Valles Gélidos, modesta como un trono de jade, discreta como un chisme antes del té, es allí donde el Rey Guarito I, el Acosador Repatriado, gusta de reposar su conciencia, cuando la tiene.
Aconteció en el Imperio Naranja del Norte que una de sus hermanas, noble dama del linaje Guarístico, pereció trágicamente en un accidente de carruaje de alta velocidad. A la madre de Guarito, los aseguradores del Cofre del Norte le entregaron un pergamino encantado con la suma de un millón en monedas de oro, como consuelo por la pérdida.
Hasta allí, todo drama legítimo, pero he aquí el giro que sólo el Reino puede ofrecer, pues poco después, el entonces burócrata del Cofre de los Prestamistas del Orbe, sí, ese mismo que enfrentaba rumores de deshonra y acoso, anunció entre lágrimas de cocodrilo que renunciaría para cuidar a su madre, cual si las demás hermanas no estuviesen o si no cuidaran a la madre, o hubiesen sido convertidas en floreros por arte de decreto.
Decían en la corte que fue en ese trance cuando el buen Guarito, con una pluma más rápida que la justicia y una firma más elástica que la moral, tomó posesión del oro asegurado, las hermanas, desconcertadas, descubrieron que lo único que heredaban era la noticia.
La Villa de los Valles Gélidos fue adquirida poco después, rodeada de sauces y de silencio. Mas las fuentes del Reino, es decir, la Confidente de los Cortinajes, una doncella bien ubicada en los secretos de la familia real, nos confió que las hermanas montaron en cólera, aunque no en caballo, y le cerraron la puerta al hermano coronado.
Pasaron unos meses, y cuando Guarito I ascendió al trono por voluntad popular, y un carruaje de alquiler muy bien aceitado, las hermanas acudieron nuevamente a la escena, sonrientes, abrazadas, vestidas para el cuadro al óleo familiar. Se pensó que el oro había sido perdonado o, quizás, devuelto en cuotas emocionales.
Pero no, queridos míos, la paz fue apenas una tregua de protocolo, dicen ahora los cronistas del chisme que el enfriamiento volvió a la familia, y no por el clima de la villa, sino porque el oro, como siempre, nunca fue del todo compartido.
A esta dama le consterna, además, cuando dicen que el oro de la villa fue malhabido del comercio del rapé, si bien no tenemos dudas de que la corona fue financiada por el Cártel del Nopal, la villa no fue adquirida con ese polvo, la villa fue comprada antes de la campaña por la corona, y pagada con bolsas de oro, en el sitio, no sabemos por qué tal intercambio no se hizo en alguna bóveda del Reino o del Reino del Norte Naranja, pero así quedó sellado.
Moraleja del Reino:
Cuando el oro cae del cielo, es de sabios mirar quién sostiene la botija,
y si el heredero repentino os promete cuidados, examinad el testamento antes del té.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Que los testamentos no os hallen dormidos, ni las botijas tan abiertas como los ojos de vuestras hermanas.


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