Apuntes, rayones y manchas de mi vida

La Ternera del Estallido: Sobre la Conferencia Sediciosa y la Sombra del Rapé

Por Lady Susurros, con pluma severa, abanico alzado y mirada al norte

En un rincón cada vez más sombrío del Reino de Costa Zafiro, donde la luz del decoro ha sido reemplazada por candiles de populismo exaltado, se convocó un concilio real, cuya verdadera naturaleza no fue la deliberación sino la agitación cuidadosamente ensayada. El Rey Guarito I, el Acosador Repatriado, rodeado de su séquito de voceros, bufones y alabarderos, pronunció un discurso que más parecía proclama de guerra que administración del Reino.

No fue una reunión con los cronistas e impresores. Fue una cruzada.

Desde el Palacio de Zapotón, con las cortinas de terciopelo corridas y los vidrios empañados por los vapores de la demagogia, el monarca defendió con ímpetu su nuevo edicto laboral, el de las Jornadas del Castigo 4×3, bajo el pretexto de atraer comerciantes extranjeros deseosos de explotar a los vasallos y escribanos con turnos de doce horas. A los parlamentarios del Suspiro Eterno se les conminó a ser valientes, o lo que en lengua zapotónica moderna quiere decir: obedientes.

Pero no se detuvo allí. Como siguiente número en su opereta, el séquito del Palacio desplegó pergaminos en movimiento con cifras maquilladas, laureando una economía que, según ellos, florece, mientras en las plazas, el hambre hace danza con la desesperanza. Se celebraron tasas de ocupación y elogios de ligas financieras extranjeras, como si los panaderos de la campiña pudiesen costear su harina con las sonrisas complacientes de los Banqueros del Juicio Final.

Enseguida, el Conde de la Tijera, también conocido como Vomi Tivo Amargo, alzó su voz para denunciar evasiones fiscales y culpar a la Torre del Tribunal por su laxitud. Y aquí, lectores, se tensó el aire: el Poder Judicial fue atacado no con críticas, sino con armas cargadas de sarcasmo venenoso. Se presentó una pieza de escarnio, una farsa palaciega que buscaba incendiar la confianza ciudadana en los jueces del reino, mostrando casos aislados como si fueran ley común.

Más tarde, con rostro adusto, el monarca defendió el escándalo de la Pista Encantada de La Libre. Alegó que fue un acto técnico, de ingeniería virtuosa, y no un favor envuelto en decretos de calamidad. Nombró a Picadillo el Alquimista de la Calamidad, a Don Castillero, el Guardián de la Pista y la Capa, y hasta al Vizconde del Toqueteo, todos exonerados por el juicio inapelable de su augusta conveniencia. Y para rematar, el Sabueso Mayor, Negro Noche, fue comparado con actores de comedia bufa, acusado de filtrar secretos a un pergamino parlante controlado por la Voz de la Nobleza Descontenta.

El Rey vetó un proyecto que pretendía facilitar el acceso de los Sabuesos del Tribunal a las guaridas de los corruptos durante la noche y madrugada. Alegó derechos, pero lo hizo llamando animales ponzoñosos a los fiscales y sabuesos, como si con ello pudiera anular la gravedad de su desprecio por las instituciones.

La Defensoría del Pueblo Desoído, que osa aún levantar la voz por los pobres, fue acusada de falsificar cifras. Y el ataque contra la Contaduría de los Gastos por sus señalamientos hacia la Torre de los Rayos no fue menos virulento.

Y entonces, en pleno delirio de su arenga, Su Majestad Guarito I pronunció las palabras que helaron la sangre de los sensatos y encendieron las antorchas de los fanáticos:

“La ópera bufonesca, la bufonada que perpetraron Negro Noche y Ráñiga, con permiso de los titiriteros de la Torre, no amedrenta al monarca ni a sus heraldos. Os lo digo: en el año de gracia MCMXLVIII, el pueblo se alzó. No digo que lo haga ahora… pero no le jaléis el rabo a la ternera. No le jaléis el rabo a la ternera.”

¿Acaso es esta la voz de un soberano? ¿O la amenaza velada de quien sueña con repetir los fuegos de antaño, sin tener el alma ni la razón de los verdaderos patriotas de MCMXLVIII?

Sabed también que, tras su paso por el hospital de los nobles, donde se curan los que jamás pisan la Caja de las Almas Aseguradas, Su Majestad partió rumbo a la Campiña del Norte. Y no fue a sembrar flores. Fue a congregar a los más violentos de sus filas, donde ya se le ven escoltas con cara de sicario, de esos que andan al servicio de los traficantes de rapé, los mismos que antes le financiaron el carruaje a la corona.

¡Sedición! Esa es la palabra que los más prudentes temen pronunciar, pero que hoy esta Lady alza con convicción. Porque cuando un Rey incita al pueblo contra los jueces, contra la ley, contra quienes informan y escriben… ese Rey ya no gobierna: conspira.

Y desde este sillón de cronista os hablo, vos, devoto del Guaro, vos, trol del insulto fácil, vos, jinete digital de la Orden del Jaguar Borracho: no somos enemigos, somos vecinos. No somos parte del ochenta por ciento, ese porcentaje de incienso estadístico que solo el Palacio logra oler. No lo soy. Y no lo seré. Porque yo no sigo a quien arrastra al país al abismo con palabras de guerra.

Y vos, que alzáis carteles y lanzáis amenazas con furia de rapé, ¿podéis siquiera nombrar una sola obra de este reinado? ¿Dónde están los puentes terminados? ¿Dónde los hospitales nuevos? ¿Dónde las escuelas reparadas o los salarios dignos prometidos? No, no las hay. Porque vuestro rey no gobierna, entretiene.

Y a vos, lector tembloroso o indignado: resguardad vuestra pluma, pero no la escondáis. No calléis ante la sedición envuelta en metáforas ganaderas, porque el que hala el rabo al pueblo es el Rey. Alzad la voz, sí, pero con razón, no con furia.

Porque en este Reino de Costa Zafiro no queremos ver arder las moradas de nadie, ni que la sangre vuelva a manchar los tapices de la historia.

Vuestra siempre,

Lady Susurros

Y que el rabo de la ternera quede en paz. No por miedo. Por dignidad.

Porque cuando las plumas callan, las antorchas gritan.


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