
Crónica de la Emergencia Fabricada y el Vizconde del Toqueteo
Por Lady Susurros, con abanico en ristre y sonrisa de daga
Decidme vos, oh lector de mirada aún encendida, ¿qué se siente descubrir que os vendieron una tormenta como si fuera diluvio bíblico, cuando apenas fue la Tormenta Bonita lanzando su pañuelo húmedo sobre los pastos resecos de la Pampa? Porque sí, la Pampa sufrió. La Libre se empapó. Las moradas humildes vieron el cielo desbordarse. Pero de allí a decir que la pista de carruajes alados de La Libre quedó en ruinas… por favor. Solo la pluma encantada de un decreto podría fabricar semejante catástrofe.
Y esa pluma no era otra que la de Mala Noche, la Marquesa del Salto Calculado, otrora ayudante del rey, firmando con el Rey Guarito I, el Acosador Repatriado, un edicto de calamidad que más parecía una carta de amor a PUÑO, los Ingenieros del Sobrecosto.
Así fue como nació la emergencia más rentable del Reino. La Cámara de las Calamidades, brazo extendido del trono, activó sus arcanas potestades para declarar que el suelo seco de la Pampa debía ser asfaltado con urgencia, sin licitaciones, sin oposición y con prisa digna de ladrones de medianoche.
Los informes falsos volaron más rápido que los carruajes alados. Y pese a que los sabios de la Cámara de los Carruajes Alados ya habían advertido que los daños no provenían de Bonita, sino del uso constante de la pista, Lord Picadillo, el Alquimista de la Calamidad, hizo caso omiso y orquestó el banquete contractual.
Y el Vizconde del momento, Narcisio de la Guerra, el Vizconde del Toqueteo, aprobó un cartel que era más que sospechoso. Dicen que fue hecho a medida, como chaleco de noble con cintura angosta: solo PUÑO calificaba. Y entonces, por veintiún millones de monedas de plata, equivalentes a casi cuarenta millones de oro, se adjudicó la obra. Sin apelaciones. Sin preguntas. Solo aplausos de la Corte Real.
Tanto que celebraron los habitantes del Reino cuando creyeron que PUÑO dejaría de robarnos, tanto que se aplaudió cuando se les cerraron algunas compuertas del erario… y aún así, la Corte Real continuó llenando sus cofres. Porque aunque los contratos los firmaba el reino, el beneficio goteaba también a los cálices privados del palacio. Que no os engañen, no era el sistema. Era la Corte.
Pero los días de vino y decreto no son eternos. Llegó entonces Ráñiga, el Sabueso de las Madrugadas, con su jauría de la Torre del Tribunal, a olfatear los papeles mojados en corrupción. Allanaron salones, despachos, la Cámara de las Calamidades, la de los Carruajes Alados, y hasta la morada de PUÑO. Se llevaron cofres, papiros, artefactos mágicos y hasta los candeleros, en busca de pruebas del engaño.
Cayeron cuatro con estrépito de cristales rotos. Entre ellos, el propio Vizconde del Toqueteo, el Alquimista del Decreto, el Guardián de la Pista y el Medidor del Cartel Encantado. Todos bajo sospecha de haber movido el aparato del reino para beneficiar a PUÑO en nombre de una calamidad que jamás existió.
Y mientras tanto, el Rey Guarito I niega, se sacude el polvo del faldón y dice que él no sabía. Que lo traicionaron. Que firmó con noble intención. Que si había errores fue de otros. Oh, qué extraño destino el de este monarca, que nunca sabe nada y siempre firma todo.
Pero como si eso no bastara, quiso además blindar su séquito con una póliza de oro, una suerte de encantamiento real que protegiera a ministros y cortesanos ante los embates de la justicia. Por suerte, la Contaduría de los Gastos alzó la ceja y dijo: «No, Majestad. El oro del pueblo no es para limpiar los zapatos de la impunidad.»
Y he aquí que la Corte Real empieza a quedarse sin fichas. Se le acaban los leales con currículo limpio. Se le escapan los ungidos en mitad de la noche. Ya solo falta que allanen al violinista real, aquel que sueña con ser monarca mientras afina sus cuerdas y peina su peluca frente al espejo.
Recordad esto, habitantes del Reino: no fue la lluvia quien trajo esta tormenta. Fue la ambición, la negligencia y el desprecio por la ley. Fue la Corte Real, no la naturaleza. Y si no abrimos los ojos, si no cuestionamos cada decreto y cada aplauso falso, seremos nosotros los próximos arrastrados por el lodazal del poder desbordado.
Vuestra siempre,
Lady Susurros
Que caiga la próxima tormenta donde debe caer: en los salones de quienes convirtieron la calamidad en negocio.
¡Oh, qué deleite me causa ese susurro inesperado al cierre del pergamino!
Postdata: Terminada esta crónica, me informan en confidencia que *Mala Noche, la Marquesa del Salto Calculado*, habría sido detenida por la jauría de la Torre del Tribunal. Aún no lo he podido confirmar, pero si fuese cierto… qué bella simetría tendría este relato. Os mantendré al tanto, pues los corredores del poder están hoy más resbalosos que la pista misma.

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