Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Por Lady Susurros, con tinta de tiza

En los corredores de mármol cuarteado del Reino de Costa Zafiro, donde las promesas suelen escribirse en papiros invisibles y los sabios son remplazados por hechiceros de la improvisación, una figura ha dejado su huella como tizón en pergamino mojado. Me refiero, desde luego, a Katarina la Adivina, la Educadora del Tarot, quien otrora ostentara el cargo de Guardiana del Ministerio de las Promesas Didácticas.

Designada por el mismísimo Rey Guarito I, el Acosador Repatriado, en el verano del año MMXXII, su llegada al trono de la instrucción fue anunciada como si se tratase de una estrella fugaz caída de los cielos de La Cofradía de los Saberes Universales. Experta en pronunciar mantras internacionales, prometer planificaciones estratégicas y hablar idiomas que ni los escribanos de la corte descifraban, su reputación internacional fue usada como escudo hasta que se le pidió mostrar la espada.

Mucho se habló, susurró y se gritó sobre la famosa Ruta de la Instrucción. En el segundo mes del año MMXXIII, Katarina se atrevió a mostrar unas migajas de dicho sendero, pero jamás lo reveló completo.

En julio del año MMXXIV, el Parlamento de los Suspiros la declaró indeseable mediante el poco habitual voto de censura, siendo apenas la segunda dama del reino en sufrir tal deshonra. La acusaron de incumplir con los pagos a los escribanos de la tiza, de respaldar recortes a los cofres de la enseñanza y de esconder su famosa ruta como quien guarda un conjuro prohibido.

Aquel mismo mes acudió a un conciliábulo en la Orden de los Sabios del Claustro Supremo, donde discípulos de las altas torres, armados con conos sonoros y de rabia, la persiguieron por los pasillos como si fuese hereje en día de juicio. La Adivina, profundamente ofendida, juró no volver a pisar torre académica alguna. No es que faltara mucho: desde la Torre del Tambor del Pueblo ya habían pedido su cabeza por declaraciones insensibles sobre los mozalbetes acosados en las aulas.

Como si todo eso no bastara, comenzaron a desfilar en su séquito altos escribanos de confianza, todos originarios de la Torre del Lucro Académico, donde el conocimiento se mide en cofres y no en pergaminos. Los rumores sobre vínculos familiares y favoritismo danzaban por los salones como plumas al viento.

Finalmente, el primer día del mes segundo del año MMXXV, Katarina la Adivina dejó el ministerio en medio de murmullos. Algunos aseguran que parte de su alma ya reside en los corredores de la ambición monárquica, y que planea regresar no con tizas, sino con cetros. Sus aspiraciones hacia el trono mayor han comenzado a leerse en las cartas de los bufones de la pluma, aunque ella, fiel a su estilo, ni confirma ni desmiente. Solo sonríe como quien ya conoce el final de la historia.

Ya libre de toda toga ministerial, en mayo del año MMXXV, la Dama del Tarot dejó caer una de las frases más crudas jamás pronunciadas por boca real o noble:

“La ruta sí existe, solo que no me dio la gana publicarla, para que ellos la despedacen.”

Y eso nos lleva a recordar cuando fingía ser la Guardiana de la Instrucción:

“La Ruta de la Instrucción sí existe, solo que la Ruta me la inventé yo.”

Oh, cuánta fineza, cuánta diplomacia digna de un té con la Corneta Pillina.

Qué pena con la plebe sin instrucción, esa que aplaude con entusiasmo ciego un acto tan bochornoso como el de la exguardiana del saber. ¿Acaso no comprenden que un reino sin instrucción es un reino condenado al pantano? ¿O será, queridos míos, que ya estamos sumidos en el lodo hasta las enaguas y simplemente no lo sabemos?

Y aquí me respondo yo misma, con abanico tembloroso y la frente fruncida: no, no pueden comprender. Porque es esa misma plebe desinformada la que jamás conoció la instrucción verdadera. Esa que enseña a cuestionar, a observar, a denunciar los daños atroces que esta Corte Real improvisada ha infligido sobre nuestras aulas, nuestras pizarras y nuestras futuras generaciones.

Un reino que no educa es un reino que se pudre en su ignorancia. Y este, mis venerables lectores, no parece servir al pueblo, sino únicamente a su corte. A esa camarilla de nobles de bolsillo que miran desde sus balcones dorados cómo el conocimiento se desangra por los pasillos sin tiza del Reino de Costa Zafiro.

Vuestra siempre,
Lady Susurros

Y que nunca os falte una pluma, aunque el pergamino arda.


Glosario zapotónico

Katarina la Adivina La Educadora del Tarot, Guardiana caída del Ministerio de las Promesas Didácticas
Rey Guarito I El Acosador Repatriado, monarca del Reino de Costa Zafiro
Parlamento de los Suspiros Asamblea del Reino
Orden de los Sabios del Claustro Supremo Consejo de Sabios de las Torres Académicas
Torre del Tambor del Pueblo Torre del saber plebeyo, Universidad Nacional
Torre del Lucro Académico Torre de los usureros del conocimiento, donde el saber se vende en cofres
Corneta Pillina Dama de lengua veloz y eco de la Corte Real
Ruta de la Instrucción Sendero invisible que jamás se reveló a los plebeyos


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