Apuntes, rayones y manchas de mi vida

Queridos y venerables lectores del Reino de Costa Zafiro,

Mientras aún resonaban los ecos de la fanfarria pomposa con que el monarca Guarito I, el Acosador Repatriado, hizo entrada en el Parlamento de los Suspiros para su tan esperado soliloquio anual, otro sonido se elevó entre los muros de la Torre del Tribunal: la voz, pausada pero firme, de Sir Orligue, el Guardián de la Corte Adormecida, alguacil supremo de sellos y togas, quien decidió no dejar pasar las insolencias regias como una simple brisa entre vitrales.

Tras los agrios improperios lanzados por Su Majestad Guarito I —quien, fiel a su estilo, esparció acusaciones como si fueran migajas arrojadas a las aves del patio—, Sir Orligue emergió de su letargo institucional para declarar con la solemnidad de un pergamino antiguo que la democracia no es teatro de un solo actor, sino un delicado equilibrio de poderes. Y válgame el oráculo de la Justa Sala del Cuarto, cuánta falta hacía que alguien recordara aquello.

Con palabras recias, aunque vestidas de seda institucional, el Guardián no solo condenó el uso de acusaciones sin sustento contra los sabuesos del tribunal y sus escribanos, sino que también advirtió que tales palabras son como pólvora regada en los jardines del Estado de Derecho. Sugerir redes de cuido ficticias, fiscales venales y jueces marionetas sin presentar prueba alguna, nos dijo, es más que una falta de decoro: es una amenaza al equilibrio mismo del Reino.

Sir Orligue, conocido por su tendencia al sopor más que a la confrontación, dejó claro que la Torre del Tribunal puede dormitar, sí, pero no es sorda. Y que si bien acepta sus propios retos —ineficiencias, demoras, pasillos que crujen con los ecos de siglos pasados—, estos no serán corregidos bajo gritos, insultos ni shows de plaza pública.

Más aún, exigió lo que en estos tiempos parece haberse extraviado entre decretos y populismos: respeto. Respeto por quienes, entre legajos y sellos, mantienen viva la llama de la legalidad. Respeto por una institución que, aunque imperfecta, no puede ser pisoteada para inflar egos regios ni alimentar campañas anticipadas.

Con gesto grave, el Guardián finalizó su proclama asegurando que la Torre no busca batalla, pero tampoco permitirá que su autonomía sea usada como alfombra roja para el desfile de la vanidad regia. No nos interesa entrar en confrontaciones, musitó, como quien lanza una daga envuelta en terciopelo.

Y así, mis queridos lectores, en esta danza entre poderosos, uno dormido despertó, y el otro —como suele hacer— gritó para tapar lo que no puede justificar. Pero Lady Susurros, vuestra leal cronista, seguirá narrando lo que otros quisieran sepultar bajo aplausos y arengas.

Vuestra siempre,
Lady Susurros

Glosario zapotónico

Guarito I El Acosador Repatriado, monarca del guaro y del narcisismo sin freno
Sir Orligue, Guardián de la Corte Adormecida, alguacil supremo de la Torre del Tribunal
Torre del Tribunal, La gran sede de la justicia del Reino, donde dormita pero vigila la legalidad
Sabuesos del Tribunal, Los agentes de la Orden Inmaculada Judicial, encargados de las pesquisas
Justa Sala del Cuarto, Cámara de interpretación de las leyes y guardianes de los derechos del vulgo
Parlamento de los Suspiros, Sede de las casas políticas, escenario de los discursos regios y de la oposición


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